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Levanta Su Pasion

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Levanta Su Pasion

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un viaje de negocios en Guadalajara, y necesitaba desconectar. La arena tibia se colaba entre mis dedos de los pies, y el sonido rítmico de las olas rompiendo contra la orilla me invitaba a soltar tensiones. Ahí la vi por primera vez: Sofía, con su vestido ligero de algodón blanco ondeando al viento, el cabello negro suelto cayendo en ondas salvajes hasta su cintura. Estaba sola, mirando el mar, con una cerveza fría en la mano. Neta, era como si el universo me la hubiera puesto enfrente para recordarme lo chingón que es vivir.

Me acerqué con paso casual, sintiendo el pulso acelerarse un poquito. Órale, carnal, no la cagues, me dije a mí mismo. "Buenas tardes, preciosa. ¿Permiso para unirme a tu atardecer privado?" le dije con una sonrisa pícara. Ella volteó, sus ojos cafés profundos me escanearon de arriba abajo, y una chispa de curiosidad brilló en ellos. "Claro, güey. Si no te espantan las olas caprichosas", respondió con esa voz ronca que ya me ponía la piel chinita. Nos sentamos en la arena, platicando de la vida, de cómo el mar siempre levanta el ánimo. Sofía era de aquí, trabajaba en un hotel de lujo como gerente de eventos, y confesó que llevaba meses sin sentir nada emocionante. "La rutina me tiene hasta la madre", dijo, y su risa fue como música tropical, fresca y juguetona.

La tensión empezó a crecer mientras el sol se iba y las luces de los restaurantes de la playa se encendían. Compartimos tacos de mariscos de un puesto cercano, el limón chorreando jugo ácido en mi lengua, el cilantro fresco explotando en el paladar. Su perfume, una mezcla de coco y vainilla, se mezclaba con el olor salino del mar, y cada vez que su brazo rozaba el mío accidentalmente, sentía un cosquilleo eléctrico subir por mi espina. Esta morra me prende cañón, pensé, notando cómo sus pezones se marcaban sutilmente bajo la tela delgada cuando una ráfaga de viento la tocó. Hablamos de deseos reprimidos, de cómo la vida en México a veces nos obliga a ponernos máscaras. "A veces solo hace falta alguien que levanta su pasion, ¿no crees?", le solté, mirándola fijo a los ojos. Ella se mordió el labio inferior, un gesto que me dejó seco la garganta. "Tal vez sí, Alejandro. Tal vez sí."

La noche avanzaba, y la playa se llenaba de gente bailando al ritmo de cumbia rebajada que salía de un bar cercano. La invité a bailar, y cuando su cuerpo se pegó al mío, sentí el calor de su piel a través de la ropa. Sus caderas se movían con una sensualidad natural, como si el mar mismo las guiara. Mis manos en su cintura, bajando un poco más, explorando la curva de sus glúteos firmes. Ella no se apartó; al contrario, arqueó la espalda, presionando su pecho contra el mío. El sudor empezaba a perlar su cuello, y lo lamí disimuladamente, saboreando la sal y su esencia dulce. "Estás juguetona, Sofía", murmuré en su oído, mi aliento caliente contra su lóbulo. "Tú me provocas, pendejo", contestó ella riendo bajito, pero su mano se coló bajo mi camisa, arañando suavemente mi abdomen con las uñas pintadas de rojo.

El deseo nos consumía. Caminamos hasta mi suite en el resort, el camino iluminado por antorchas tiki que parpadeaban como estrellas caídas. Dentro, el aire acondicionado era un alivio contra el bochorno de la noche, pero el fuego entre nosotros lo hacía inservible. Nos besamos en la puerta, sus labios suaves y húmedos sabiendo a tequila y maracuyá. La desvestí despacio, deslizando el vestido por sus hombros, revelando senos perfectos, redondos, con areolas oscuras que se endurecían al aire.

¡Qué chingona es esta mujer! Su cuerpo es puro fuego, listo para arder.
Ella me quitó la camisa con urgencia, sus dedos temblorosos desabrochando botones, y gemí cuando su boca trazó un camino de besos por mi pecho, mordisqueando un pezón hasta que dolió rico.

La llevé a la cama king size, las sábanas de hilo egipcio crujiendo bajo nuestro peso. Mis manos exploraron cada centímetro: el valle entre sus senos, el ombligo piercing que brillaba, bajando hasta el triángulo de vello recortado que enmarcaba su sexo húmedo. Olía a excitación pura, almizcle femenino mezclado con su loción. Lamí su clítoris despacio, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, sus muslos apretándome la cabeza. "¡Ay, cabrón, no pares!", jadeó ella, enredando los dedos en mi pelo. Su sabor era adictivo, salado y dulce, como el jugo de una tuna madura. La penetré con la lengua, luego con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse y gritar. Sus jugos corrían por mi barbilla, y el sonido de sus gemidos ahogados se mezclaba con el lejano romper de olas.

Pero quería más, quería que explotara. La puse de rodillas, mi verga dura como piedra rozando su entrada resbaladiza. "Dime que lo quieres, Sofía", le pedí, torturándola con la punta. "¡Sí, métemela ya, Alejandro! ¡Levanta mi pasión de una puta vez!", suplicó ella, empujando hacia atrás. Entré en ella de un solo movimiento fluido, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome, apretándome como un guante de terciopelo. Embestí lento al principio, saboreando cada centímetro, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sus nalgas rebotaban contra mi pelvis, y le di una nalgada juguetona que la hizo gemir más fuerte. "¡Más duro, pendejito! ¡Hazme tuya!" Aceleré, el sudor chorreando por mi espalda, goteando en su espinazo. Sus pechos se mecían con cada embestida, y alcancé uno para pellizcar el pezón, tirando hasta que ella chilló de placer.

La volteé boca arriba para mirarla a los ojos mientras la follaba profundo. Sus pupilas dilatadas, la boca entreabierta expulsando jadeos entrecortados. "Estás tan mojada, tan rica", le gruñí, besándola con hambre. Ella clavó las uñas en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso. El clímax se acercaba; sentía sus contracciones internas ordeñándome, mi verga hinchándose más. "¡Me vengo, carnal! ¡No pares!", gritó ella, su cuerpo convulsionando, las piernas temblando alrededor de mi cintura. Ese apretón me llevó al límite; me corrí dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras el mundo se volvía blanco. Colapsamos juntos, jadeantes, el olor a sexo impregnando el aire, nuestros corazones latiendo al unísono como tambores de una fiesta huichol.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados bajo las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Neta, Alejandro, levantaste mi pasión como nadie", murmuró ella, trazando círculos perezosos en mi piel con la yema del dedo. Reí bajito, besando su frente húmeda de sudor. "Y tú la mía, Sofía. Esto apenas empieza." Afuera, el mar susurraba promesas de más noches así, y supe que México, con su calor eterno, nos había unido para siempre en este fuego compartido.

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