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La Muerte de la Actriz de Pasion Prohibida Despierta Mi Deseo Prohibido

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La Muerte de la Actriz de Pasion Prohibida Despierta Mi Deseo Prohibido

La noticia me cayó como balde de agua fría esa mañana de sábado en mi depa del centro de la CDMX. Muerte de la actriz de Pasion Prohibida, gritaban los titulares en mi cel. Marisol Vargas, la reina de las telenovelas, la que me había robado el aliento en el set de Pasión Prohibida, había chocado su coche en la carretera a Cuernavaca. Neta, el mundo se me vino abajo. Yo, Alejandro, el guionista pendejo que se enamoró de su musa mientras escribía diálogos cargados de deseo prohibido.

Recordé su risa ronca, ese perfume a jazmín y vainilla que me envolvía cuando se acercaba a susurrarme cambios en el libreto. Éramos amantes en secreto, chingándonos en los trailers entre tomas, con el corazón latiéndonos a mil por hora por miedo a que nos cacharan. Ella, casada con un productor cabrón pero en papel, y yo, soltero pero con el wey del director pisándome los talones. Cada roce era fuego puro, sus tetas firmes contra mi pecho, el sabor salado de su cuello cuando la besaba a escondidas.

Me serví un tequila en el balcón, mirando el skyline humeante de la ciudad.

¿Y ahora qué, Marisol? ¿Quién va a encender mi verga como tú?
pensé, con la polla ya medio parada solo de recordarla. La tele escupía repeticiones de la novela, su imagen congelada en un vestido rojo ceñido, ojos negros prometiendo pecados. No podía creer que se hubiera ido así, de golpe.

Acto primero de mi propia telenovela personal: la negación. Llamé a mis cuates del set, pero todos andaban en shock, platicando de su legado. Me metí a bañar, el agua caliente cayendo como lluvia sobre mi piel, imaginándola ahí conmigo, sus manos jabonosas resbalando por mi espalda, bajando hasta mi culo. ¡Órale, Alejandro, contrólate, pendejo! Me salí hecho un mar de dudas, pero algo en mí ardía más fuerte que el duelo.

Pasaron los días, y el deseo se me acumulaba como presión en una olla exprés. Soñaba con ella todas las noches: Marisol apareciendo en mi cama, su concha húmeda rozándome el muslo, gimiendo mi nombre mientras me montaba. Despertaba empapado en sudor, con la verga dura como piedra, pajeándome furiosamente al ritmo de sus jadeos imaginarios. Olía a ella en mis sábanas, o al menos eso creía, ese aroma dulzón de su sudor mezclado con crema corporal.

Una noche, mi cel vibró con un número desconocido. "Ven al motel La Luna, salida 23 de la México-Cuernavaca. No preguntes. M." El corazón me dio un brinco. ¿Marisol? Imposible. Pero neta, arranqué mi vocho sin pensarlo dos veces, el viento nocturno azotándome la cara por la ventana abierta, radio sintonizando corridos de pasión y traición.

Llegué al motel, un lugar chido con neones rosas y palmeras susurrantes. La habitación 13 olía a incienso y algo más, familiar. Ahí estaba ella, viva, radiante, en un baby doll negro transparente que dejaba ver sus pezones oscuros endurecidos. La muerte de la actriz de Pasion Prohibida había sido un montaje perfecto para escapar de su vida falsa, de contratos y esposos de mentiras. "Te extrañé, mi guionista caliente", murmuró, su voz como terciopelo rasposo.

Nos fundimos en un beso que sabía a tequila y lágrimas. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua danzando con urgencia. La levanté en brazos, sintiendo su peso suave, sus muslos envolviéndome la cintura. La tiré en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo nosotros con un quejido.

Esto es real, cabrón. Tócala, huele su piel, lame su esencia.

Acto dos, la escalada: mis manos explorando su cuerpo como si fuera la primera vez. Le arranqué el baby doll, exponiendo sus chichis perfectos, redondos, con areolas grandes que inviteaban a morder. Lamí un pezón, chupándolo fuerte mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, Alejandro, sí, así!". Su piel sabía a sal y miel, tibia bajo mi lengua. Bajé por su vientre plano, besando el ombligo, hasta llegar a su monte de Venus depilado, brillando de humedad.

"Chúpame, mi amor", suplicó, abriendo las piernas. Hundí la cara en su panocha, inhalando ese olor almizclado a excitación pura, tan mexicano, tan ella. Mi lengua trazó círculos en su clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces y espesos. Ella se retorcía, clavándome las uñas en el pelo, gritando "¡Qué rico, pendejo, no pares!". Metí dos dedos en su calor resbaloso, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar, el sonido de su coño chorreando música para mis oídos.

Pero no era solo físico; en su mirada había confesiones. "Finjé mi muerte por nosotros, por esta pasión que no cabe en guiones", jadeó entre espasmos. Yo me quité la ropa a la verga, mi polla saltando libre, venosa y palpitante. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento, el prepucio deslizándose con lubricante natural. "Te voy a cabalgar hasta el amanecer", prometió, ojos llameantes.

Me recostó y se montó encima, guiando mi verga a su entrada. El momento de penetración fue éxtasis: su concha apretándome como guante caliente, paredes vaginales pulsando. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que nuestros pubes se rozaron, pelos enredándose. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor perlando su frente, gotas cayendo en mi pecho.

Empezó a moverse, tetas rebotando al ritmo, caderas girando como en un baile de salsa prohibida. Yo la empuñaba por las nalgas, carne firme y redonda, azotándola suave para oír su gemido ronco. "¡Chíngame más duro, cabrón!", exigía, y yo obedecía, embistiéndola desde abajo, huevos golpeando su culo con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, chapoteos y piel contra piel, su respiración acelerada mezclada con mis gruñidos animales.

Internamente, la tensión explotaba:

Esto es nuestro, Marisol. Ningún productor, ningún escándalo nos lo quita. Siente mi verga hinchándose dentro de ti, lista para llenarte.
Cambiamos posiciones, ella de perrito, culo en pompa invitándome. Entré de un jalón, profundo, tocando su cervix. La cogí salvaje, tirando de su pelo negro largo, mientras ella se tocaba el clítoris, masturbándose al borde del abismo.

El clímax se acercaba como tormenta. Sus paredes se contrajeron, ordeñándome, y gritó "¡Me vengo, Alejandro, me vengo en tu verga!". Su orgasmo me arrastró, eyaculando chorros calientes dentro de ella, semen mezclándose con sus jugos, goteando por sus muslos. Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso de nuestro aroma compartido.

Acto tres, el afterglow: yacimos en silencio, caricias perezosas en la piel enrojecida. El sol se colaba por las cortinas, pintando oro su silueta. "Ahora somos libres, mi vida", susurró, besándome la sien. Hablamos de futuro, de huir a la playa en Puerto Vallarta, de una vida sin cámaras. Pero en el fondo, sabíamos que nuestra pasión era como Pasión Prohibida: eterna, imposible de apagar.

Salimos del motel tomados de la mano, el mundo ajeno a nuestro secreto renacido. La muerte de la actriz de Pasion Prohibida fue el catalizador perfecto para nuestra liberación. Y mientras conducíamos de vuelta, su mano en mi entrepierna prometiendo más, supe que esto apenas empezaba.

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