Diario de una Pasión Inglesa
Querido diario de una pasión ingles, hoy todo cambió. Estoy aquí en la playa de Cancún, con el sol quemándome la piel como si quisiera recordarme que estoy viva. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y trabajo en un hotel chido para gringos. Neta, la rutina me tenía hasta la madre, sirviendo margaritas y sonriendo como pendeja a turistas que no se bañan. Pero él llegó como un huracán rubio.
Se llama Jack, un inglesito de Manchester, alto como torre, con ojos azules que perforan el alma y una sonrisa torcida que me hace mojarme sin tocarme. Lo vi en el lobby, pidiendo una cerveza fría, con esa piel pálida que el sol mexicano ya le estaba tostando. "Hola guapa, ¿me recomendás un lugar pa' nadar sin ahogarme?", me dijo con ese acento que suena como lluvia en Londres, sexy a morir. Le contesté en mi inglés culero, pero él se rio y dijo que mi voz era como tequila: ardiente y adictiva.
El mar olía a sal y algas, el viento me revolvía el pelo mientras caminábamos por la arena. Sus pasos pesados contrastaban con los míos, ligeros. Tocó mi mano accidentalmente, y sentí un chispazo, como si su piel fría contra la mía encendiera un fuego. ¿Por qué este wey me pone así? ¿Es el exotismo o qué? Pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta. Me contó de su ciudad gris, del fútbol y la lluvia eterna. Yo le hablé de tacos al pastor y noches de reggaetón. La tensión crecía, sus ojos bajaban a mis chichis bajo el bikini, y yo no pude evitar mirarle el bulto en el short. Órale, qué verga tan prometedora.
Al atardecer, en un cenote escondido, nos besamos por primera vez. Su boca sabía a cerveza y menta, fresca como brisa inglesa. Sus manos grandes me apretaron la cintura, y yo le clavé las uñas en la espalda, sintiendo sus músculos duros bajo la camisa. "Eres fuego, Ana", murmuró contra mi cuello, y su aliento caliente me erizó la piel. Nos detuvimos porque el guía del tour carraspeó, pero la promesa estaba ahí, colgando en el aire húmedo como el vapor del agua.
Jack, mi pasión ingles, me haces querer todo. No sé si es tu acento o cómo me miras, pero neta, quiero cogerte ya.
Acto dos de esta locura. Mañana libre, lo invité a mi depa en la zona hotelera. El aire olía a coco y flores tropicales, mi cuarto chiquito pero con vista al mar turquesa. Llegó con una botella de vino tinto, "de mi tierra", dijo, y esa forma de pronunciar "tierra" me derritió. Nos sentamos en el balcón, el sol poniéndose como bola de fuego, pintando su cara de naranja.
Charlamos horas, riéndonos de diferencias. Él no entiende el picante, yo no capto su humor sarcástico. Pero cuando sus dedos rozaron mi muslo, el mundo se calló. ¡No mames, Ana, ve por él! me dije. Lo jalé de la camisa, besándolo con hambre. Su lengua exploraba mi boca, saboreando mis labios hinchados, mientras sus manos subían por mi blusa, pellizcando mis pezones duros como piedras.
Caímos en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Olía a sábanas limpias y su colonia amaderada, mezclada con sudor fresco. Le quité la ropa, admirando su cuerpo atlético, velludo en el pecho, con esa verga tiesa apuntándome como flecha. "Qué chingona eres", gemí cuando me chupó los senos, su boca caliente succionando, lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. Mi panocha palpitaba, mojada como tormenta, rogando atención.
Le bajé el short, tomándola en mi mano, dura, venosa, latiendo contra mi palma. "Fóllame con eso, gringo", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, ese sonido gutural inglés que vibra en el pecho, y me abrió las piernas. Sus dedos juguetearon mi clítoris, resbalosos de mis jugos, frotando lento al principio, luego rápido, haciendo que mis caderas bailaran solas. Gemí fuerte, el cuarto lleno de mis "¡ay wey!" y sus respiraciones jadeantes.
Pero no solté todo aún. Lo empujé boca arriba, montándome como reina. Su cara de sorpresa, ojos muy abiertos, me excitó más. Bajé despacio sobre su verga, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era eléctrico, oleadas calientes subiendo por mi espina. Cabalgué fuerte, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas, pechos rebotando. Él me agarraba las caderas, guiándome, gimiendo "Ana, fuck, you're amazing". El olor a sexo nos envolvía, almizcle y sal, sudor goteando entre nosotros.
En mi diario de una pasión ingles, escribo esto con el cuerpo aún temblando. Su sabor en mi boca, su semen en mi piel. ¿Volverá mañana?
La intensidad subió cuando me volteó, poniéndome a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba todo: mi cara de puta en celo, su culo firme embistiéndome. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. "Más duro, Jack, ¡rompe mi panocha!", grité, y él obedeció, jalándome el pelo suave, sin dolor, solo dominio consensuado que nos volvía locos. Sentía su pulso dentro de mí, sincronizado con mi corazón desbocado. El clímax llegó como tsunami: mis paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas, mis gritos ahogando el rugido del mar lejano.
Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, su cuerpo colapsando sobre el mío, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando sobre nosotros, aire fresco secando el sudor. Besos lentos, post-sexo, saboreando el afterglow. "Vuelve pronto, mi inglesito", le dije, acariciando su barba incipiente.
Ahora, sola en la cama revuelta que aún huele a nosotros, reflexiono. Esta pasión ingles no fue solo cogida; fue conexión, risas en idioma mixto, cuerpos chocando culturas. ¿Será pasajero como turista o se queda? No sé, pero por primera vez en años, me siento viva, empoderada, deseada. Jack despertó algo en mí, y este diario guarda el secreto de cómo una mexicana domó a un londinense.
El sol sale, pintando el cielo de rosa. Mañana lo veo en el lobby. ¿Repetimos? Neta, que sí. Mi cuerpo ya late anticipando su toque, su acento susurrando guarradas en mi oído. Gracias, diario de una pasión ingles, por ser testigo de esta locura ardiente.