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Daniela En Pasión Y Poder

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Daniela En Pasión Y Poder

Daniela caminaba por el lobby del hotel en Polanco con esa seguridad que solo las mujeres que han conquistado el mundo poseen. Su vestido negro ajustado realzaba cada curva de su cuerpo, el escote profundo invitando miradas que ella ignoraba con una sonrisa altiva. El aire olía a jazmín y champagne caro, y el murmullo de conversaciones elegantes llenaba el espacio. Hacía años que Daniela dirigía su propia empresa de moda, un imperio construido con uñas y dientes, pero esta noche, en la gala anual de empresarios, sentía un vacío que ni el éxito podía llenar.

¿Cuándo fue la última vez que me permití sentir algo de verdad? pensó mientras tomaba una copa de brut. Sus ojos oscuros escanearon la sala, deteniéndose en un hombre alto, de hombros anchos y sonrisa pícara. Él la miró de vuelta, sin disimulo, y Daniela sintió un cosquilleo en la piel, como si el vestido se hubiera vuelto eléctrico contra sus pechos.

Se llamaba Rodrigo, un arquitecto exitoso que acababa de ganar un premio por un rascacielos en Reforma. Cuando se acercó, su colonia amaderada invadió sus sentidos, mezclándose con el aroma sutil de su perfume a vainilla.

Qué chida gala, ¿no? dijo él, su voz grave como un ronroneo. —Pero tú luces como la verdadera estrella aquí.

Daniela rio, un sonido suave y juguetón. —Órale, qué galante. ¿Siempre conquistas así tan fácil?

Charlaron durante horas, sus palabras fluyendo como tequila reposado. Rodrigo contaba anécdotas de sus viajes por Yucatán, describiendo playas donde el sol besa la arena, y Daniela compartía cómo había peleado contra inversionistas machistas para llegar donde estaba. La tensión crecía con cada roce accidental: su mano en su espalda baja al pasar por la multitud, el calor de su aliento cerca de su oreja. Ella sentía su pulso acelerarse, el calor subiendo por sus muslos.

Al final de la noche, cuando la orquesta tocaba un bolero suave, él la invitó a bailar. Sus cuerpos se pegaron en la pista, el traje de él rozando su piel expuesta. Daniela inhaló su esencia masculina, un olor a sudor limpio y deseo contenido. Esto es lo que necesitaba, alguien que me vea como mujer, no solo como la jefa invencible, pensó mientras su mano bajaba por su espina dorsal.

¿Sabes? Me recuerdas a esa novela que leí, Daniela en pasión y poder, murmuró él contra su cabello. —La protagonista que todo lo tiene, pero busca algo más salvaje.

Ella se apartó un poco, mirándolo con ojos brillantes. —Neta, ¿la has leído? Esa soy yo en mis días libres.

La invitación a su suite fue natural, como si el destino los empujara. Subieron en el elevador, solos, el silencio cargado de promesas. Daniela sentía el latido en su centro, húmeda ya por la anticipación.

La habitación era un oasis de lujo: sábanas de hilo egipcio, vistas a las luces de la ciudad, una botella de mezcal esperándolos. Rodrigo la besó apenas cerraron la puerta, sus labios firmes y hambrientos, saboreando a sal y vino. Daniela respondió con fuego, sus uñas clavándose en su nuca, tirando de su camisa para sentir el calor de su pecho desnudo.

Sí, esto es poder de verdad, entregarme sin miedos, se dijo mientras él la cargaba hacia la cama. Sus manos expertas desabrocharon el vestido, dejando que cayera como una cascada negra. Él jadeó al ver sus senos llenos, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada ardiente.

Eres una diosa, Daniela, gruñó, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando su boca capturó un pezón, succionando con una presión que envió chispas directo a su clítoris palpitante.

Las manos de ella exploraron su cuerpo, bajando hasta el bulto duro en sus pantalones. Lo liberó con impaciencia, admirando la verga erecta, venosa y gruesa, coronada de una gota perlada. Qué chingona, justo lo que imaginaba. La acarició con dedos suaves, sintiendo su pulso bajo la piel aterciopelada, y él gimió, un sonido animal que la empapó más.

Rodrigo la tumbó con gentileza, besando un camino por su vientre hasta llegar a su monte de Venus. El olor de su arousal lo envolvió, almizclado y dulce como miel de maguey. Separó sus muslos con reverencia, inhalando profundo antes de lamer su concha hinchada. Daniela gritó de placer, sus caderas elevándose contra su lengua hábil que danzaba sobre su clítoris, chupando y mordisqueando con cuidado.

¡Ay, wey, qué rico! No pares, suplicó, enredando sus dedos en su cabello oscuro. Él introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto sensible dentro, mientras su boca no cejaba. El sonido húmedo de su sexo siendo devorado llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados y el zumbido distante de la ciudad.

El orgasmo la golpeó como una ola en la playa de Cancún, su cuerpo convulsionando, jugos calientes brotando sobre su barbilla. Rodrigo la miró triunfante, lamiéndose los labios. —Estás deliciosa, nena.

Pero Daniela no era de las que se quedaban atrás. Lo empujó sobre la cama, montándolo con la ferocidad de una reina reclamando su trono. Guio su verga a su entrada resbaladiza, hundiéndose despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. Pura pasión y poder, esto es mío, pensó mientras comenzaba a cabalgar, sus tetas rebotando con cada embestida.

Él agarró sus caderas, ayudándola a moverse, sus ojos fijos en la unión de sus cuerpos, donde su clítoris rozaba su pubis con cada bajada. El slap slap de piel contra piel era hipnótico, sudor perlando sus frentes, el aire espeso con olor a sexo crudo. Daniela aceleró, girando las caderas en círculos que lo volvían loco, sus paredes internas apretándolo como un puño de terciopelo.

¡Métemela más duro, cabrón! exigió ella, y él obedeció, volteándola para ponérsela por atrás. De rodillas, Daniela sintió su peso sobre ella, su verga embistiéndola profundo, golpeando su cervix con precisión. Sus bolas chocaban contra su clítoris, y él alcanzó alrededor para frotarlo con el pulgar, mientras besaba su espalda sudada.

El clímax los alcanzó juntos. Daniela se deshizo primero, gritando su nombre, su coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban su polla. Rodrigo rugió, llenándola de chorros calientes, su semen mezclándose con sus jugos, goteando por sus muslos temblorosos.

Colapsaron enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Él la abrazó por detrás, su mano descansando posesiva en su vientre. El cuarto olía a ellos, a pasión consumada, y las luces de México brillaban como estrellas caídas.

Daniela sonrió en la oscuridad, satisfecha.

Daniela en pasión y poder, al fin encontré el equilibrio. No solo mando en las juntas, también en la cama. Y esto apenas empieza.
Mañana volvería a ser la ejecutiva implacable, pero esta noche, era solo una mujer poderosa en todos los sentidos.

Se durmió con su calor envolviéndola, soñando con más noches como esta, donde el deseo y el dominio se fundían en uno solo.

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