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Pasión y Poder Capítulo 1

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Pasión y Poder Capítulo 1

En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, Isabella caminaba por los pasillos acristalados de su imperio corporativo. Era la reina indiscutible de Pasión y Poder, la empresa de cosméticos que había levantado de la nada con uñas y dientes. Alta, con curvas que desafiaban la gravedad y un vestido negro ceñido que susurraba promesas contra su piel morena, exudaba control. Pero esa tarde, algo nuevo la inquietaba: Alejandro, el nuevo director de marketing, un tipo de ojos verdes y sonrisa pícara que acababa de llegar de Guadalajara.

La junta de accionistas había sido un campo de minas. Isabella presidía la mesa de caoba, su voz firme cortando el aire cargado de café y colonia cara. ¿Quién se cree este wey que puede mirarme así?, pensó mientras Alejandro presentaba su propuesta. Sus manos grandes gesticulaban con confianza, y cada vez que sus ojos se cruzaban, un cosquilleo le subía por la espina dorsal. Olía a sándalo y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia. Al final de la reunión, él se acercó, su aliento cálido rozándole la oreja.

—Órale, jefa, tu visión es chingona. ¿Quieres que te mande los detalles a tu penthouse? —dijo con esa voz ronca que hacía vibrar el aire.

Isabella sintió un pulso acelerado entre las piernas. Pasión y poder, capítulo 1 de este jueguito, se dijo, asintiendo con una sonrisa felina. Horas después, en su ático con vistas al skyline, el timbre sonó. Abrió la puerta vestida solo con una bata de seda roja que apenas contenía sus pechos llenos. Alejandro entró, corbata aflojada, camisa entreabierta mostrando un pecho tatuado con un águila mexicana.

—Traje tequila reposado y mis ideas —anunció, sacando una botella de su maletín. El aroma del agave llenó la sala, mezclado con el perfume de jazmín de Isabella. Se sentaron en el sofá de piel italiana, las luces de la ciudad bailando en sus rostros. Charlaron de negocios, pero el aire se cargaba de electricidad. Cada roce accidental —su rodilla contra la de ella, sus dedos rozando al servir el trago— era una chispa.

Isabella lo miró fijo, saboreando el tequila que quemaba su garganta como deseo. Este pendejo sabe lo que hace. Él se inclinó, su mano subiendo por su muslo desnudo bajo la bata. —Jefa, neta que me tienes bien puesto desde la junta —murmuró, su aliento caliente contra su cuello. Ella no se apartó; al contrario, giró el rostro y lo besó con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a tequila y a hombre, salado y dulce.

Las manos de Alejandro exploraron, abriendo la bata con reverencia. Sus pechos se liberaron, pezones duros como balas bajo su mirada. —Qué chingonería, susurró, lamiendo uno con la lengua áspera. Isabella jadeó, el sonido ecoando en la sala amplia. Su piel ardía al toque de esos dedos callosos, que bajaban por su vientre plano hasta la humedad entre sus muslos. Pinche poder, me tiene empapada, pensó, arqueando la espalda.

Lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas. Desabrochó su pantalón con urgencia, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomó en su mano, sintiendo el calor y el pulso acelerado. —Muévete, carnal —ordenó ella, voz ronca de mando. Alejandro gruñó, obedeciendo mientras ella lo frotaba contra su panocha húmeda, el glande rozando su clítoris hinchado. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, almizclado y embriagador.

Se hundió en ella despacio, centímetro a centímetro, estirándola con placer doloroso. Isabella ahogó un gemido, uñas clavándose en sus hombros anchos. Esto es pasión y poder, puro y cabrón. Comenzaron a moverse, ritmos sincronizados como un tango prohibido. Sus caderas chocaban con palmadas húmedas, el sofá crujiendo bajo ellos. Sudor perlaba sus cuerpos, salado en la lengua cuando ella lo besó de nuevo, mordiendo su labio inferior.

Pero no era solo carne; había algo más profundo. Isabella, siempre la que mandaba en salas de juntas, se rendía un poco al poder de su deseo.

—Dame más, wey, hazme tuya —exigió, cabalgándolo con furia, pechos rebotando hipnóticos.
Alejandro la volteó sin esfuerzo, poniéndola de rodillas en la alfombra persa. Entró por detrás, profundo, sus bolas golpeando su culo redondo. El sonido era obsceno, chapoteos y jadeos mezclados con el zumbido lejano del tráfico abajo. Sus manos amasaban sus nalgas, un dedo rozando su ano en promesa futura.

La tensión crecía como una tormenta. Isabella sentía cada vena de su verga dentro, rozando puntos que la volvían loca. No aguanto, me voy a venir como nunca. Él aceleró, gruñendo en su oído: —Te sientes tan rica, jefa, apriétame con esa concha. El clímax la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo gritar, paredes internas convulsionando alrededor de él. Olas de éxtasis la recorrieron, piernas temblando, visión nublada por estrellas.

Alejandro la siguió segundos después, embistiéndola con fuerza animal antes de derramarse dentro, chorros calientes llenándola. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas. El aroma de sexo y tequila flotaba pesado, pieles enroquecidas rozándose en la quietud.

Se quedaron así un rato, él acariciando su espalda con ternura inesperada. Isabella giró, mirándolo con ojos somnolientos. —Eso fue pasión y poder, capítulo 1 —dijo riendo bajito, besando su pecho tatuado. Él sonrió, atrayéndola contra sí.

—Y hay más capítulos, mi reina. Neta que contigo quiero firmar contrato eterno.

En la afterglow, con la ciudad durmiendo a sus pies, Isabella sintió un poder nuevo: el de entregarse sin perderse. El corazón latiéndole fuerte, saboreó el beso lento que sellaba la noche. Mañana volvería a ser la jefa implacable, pero esta pasión la había cambiado para siempre.

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