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Lencería para Noche de Pasión (1)

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Lencería para Noche de Pasión

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en tu departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que olía a jazmín del jardín abajo. Habías planeado esto toda la semana, lencería para noche de pasión, repetías en tu mente mientras desempacabas la caja negra que llegó esa mañana. Era un conjunto de encaje rojo sangre, con ligueros que se ceñían perfectos a tus curvas, copa push-up que realzaba tus pechos como si fueran fruta madura lista para morder. Te miraste en el espejo de cuerpo entero, girando despacio, sintiendo el roce sedoso contra tu piel recién afeitada, suave como el pétalo de una rosa. Órale, qué chingona te ves, pensaste, un cosquilleo de anticipación subiendo por tu espina dorsal.

Alejandro llegaría en una hora, después de su junta en la oficina de Reforma. Lo conocías desde la uni, ese wey alto con ojos café que te hacía reír con sus chistes pendejos sobre el tráfico eterno de la CDMX. Habían estado saliendo un par de meses, pero esta noche sería diferente. Querías que fuera épica, una noche de pasión que lo dejara con la boca abierta, rogando por más. Te pusiste el conjunto, ajustando las tiras, el tanga apenas cubriendo lo justo, y encima un kimono de seda negro que caía como cascada. El aroma de tu perfume, vainilla y canela mexicana, se mezclaba con el leve sudor de excitación que ya perlaba tu cuello.

El sonido de la llave en la cerradura te puso el corazón a mil. "¡Ya llegué, mi reina!", gritó él desde la entrada, su voz grave como un ronroneo. Tiraste el kimono al sofá y te recargaste en la puerta del cuarto, posando con una mano en la cadera. Cuando lo viste, con su camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, el traje gris que le quedaba como guante, se quedó congelado. Sus ojos se abrieron como platos, bajando despacio por tu cuerpo, deteniéndose en la lencería que brillaba bajo la luz de las velas que habías encendido.

"¿Qué carajos es esto?" murmuró, dejando caer su maletín con un thud sordo. "Estás... neta, estás para comerte viva."

Te acercaste contoneando las caderas, el roce del encaje contra tus muslos enviando chispas directas a tu centro. "Es para ti, amor. Lencería noche de pasión, ¿no es lo que querías?", susurraste, tu aliento cálido rozando su oreja. Él te atrapó por la cintura, sus manos grandes y callosas –de tanto gym en el Virgin Active– apretando tu carne, el calor de sus palmas traspasando la tela fina. Olías su colonia, madera y cítricos, mezclada con el leve sudor del día, un olor que te ponía cachonda al instante.

Lo empujaste hacia la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Te subiste a horcajadas sobre él, sintiendo su verga ya dura presionando contra el tanga. "Despacio, wey", le dijiste juguetona, mordiendo tu labio mientras desabotonabas su camisa. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire, y los lamiste despacio, saboreando la sal de su piel, un gemido escapando de su garganta como un rugido bajo. Tus uñas arañaron su pecho, dejando surcos rojos que lo hicieron arquear la espalda.

Pero no querías ir tan rápido. Esta noche era para saborear, para construir esa tensión que te tenía los pezones duros como piedras contra el encaje. Bajaste besando su abdomen marcado, desabrochando su cinturón con dientes, el sonido metálico del zipper resonando en la habitación. Él te miró con ojos nublados de deseo, su mano enredándose en tu pelo negro largo. "Chíngame ya, por favor", suplicó, pero negaste con la cabeza, sonriendo maliciosa.

Te incorporaste, girando para que viera tu culo redondo enmarcado por los ligueros. "Mírame bien", le ordenaste, y él obedeció, sus dedos trazando las líneas del encaje, bajando hasta el tanga empapado. Tocó tu humedad a través de la tela, un dedo presionando tu clítoris hinchado, y gritaste bajito, el placer como electricidad pura. Esto es lo que necesitaba, neta, pensaste, mientras te mecías contra su mano, el aroma almizclado de tu excitación llenando el aire.

Acto dos: la escalada. Lo volteaste boca abajo, besando su espalda ancha, lamiendo el sudor que perlaba su espinazo. Sacaste el aceite de masaje de coco que tenías escondido, calentándolo en tus manos antes de derramarlo sobre él. El olor tropical invadió la habitación, mezclado con el de las velas de lavanda. Tus manos resbalaban por sus músculos, amasando sus hombros tensos del estrés laboral, bajando a sus nalgas firmas. Él gemía, empujando contra el colchón, su verga atrapada y palpitante.

"Ahora tú", gruñó volteándose, y en un movimiento fluido te tendió boca arriba. Sus labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta de su chicle y tu gloss de fresa. Bajó por tu cuello, mordisqueando, dejando marcas que mañana dolerían rico. Cuando llegó a la lencería, no la quitó de golpe; la besó por encima, succionando tus pezones a través del encaje, la fricción áspera volviéndote loca. ¡Ay, cabrón! gritaste internamente, tus caderas elevándose solas.

Deslizó el tanga a un lado, sin quitártelo, y su lengua encontró tu coño depilado, lamiendo despacio desde la entrada hasta el clítoris. Saboreó tus jugos como si fueran el mejor tequila reposado, chupando con hambre, dos dedos curvándose dentro de ti rozando ese punto que te hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su boca, tus jadeos entrecortados, el slap de su mano en tu muslo –todo era sinfonía erótica. "Estás deliciosa, mi amor, tan mojada por mí", murmuró contra tu piel, vibraciones que te llevaron al borde.

Pero te contuviste, queriendo más. Lo jalaste arriba, guiando su verga gruesa, venosa, a tu entrada. "Entra despacio", pediste, y él obedeció, el glande abriéndose paso centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena pulsando, llenándote hasta el fondo, tus paredes contrayéndose alrededor. Comenzaron a moverse, lento al principio, mirándose a los ojos, sus manos en tus tetas apretando el encaje. "Te quiero tanto, wey", confesaste en un susurro, y él aceleró, embistiéndote profundo, el cabecero golpeando la pared con ritmo constante.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Cambiaron posiciones: tú de perrito, él jalando tus ligueros como riendas, azotando tu culo con palmadas que resonaban y ardían. El olor a sexo crudo, sudor y aceite, impregnaba todo. Tus pechos rebotaban, el encaje rozando pezones sensibles. "¡Más fuerte, pendejo!", exigiste, y él te dio, follándote como animal, su saco chocando contra tu clítoris. Internamente, luchabas: no te vengas aún, aguanta, hazlo eterno.

Lo montaste después, cowgirl reversa, tus nalgas bailando sobre él, sintiendo cómo llegaba a tu cervix. Giraste para verlo, su cara de éxtasis puro, manos en tus caderas guiándote. El clímax se acercaba, inevitable, tus músculos temblando, respiración agitada como runner en Viv_ttori.

Acto tres: la liberación. "Me vengo, amor", avisó él, voz ronca. "Yo también, ¡juntos!". Aceleraste, moliendo contra él, y explotó primero, chorros calientes inundándote, su gemido gutural como grito de toro. Eso te empujó: olas de placer te barrieron, coño apretando su verga ordeñándola, grito ahogado saliendo de tu garganta. Colapsaste sobre él, cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono, el aire espeso de nuestros fluides mezclados.

Se quedaron así, enredados, su mano acariciando tu espalda bajo la lencería sudada. "Fue la mejor noche de mi vida", murmuró besando tu frente. Tú sonreíste, satisfecha, el afterglow envolviéndote como manta tibia. Esto es lo que merecemos, pura pasión mexicana, pensaste, mientras el sueño los reclamaba, prometiendo más noches así en su futuro juntos.

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