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Pasión de Gavilanes Cast en Llamas Sensuales

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Pasión de Gavilanes Cast en Llamas Sensuales

Ana se recostó en el sillón de su departamento en la Condesa, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en el buró. La pantalla del tele proyectaba las escenas clásicas de Pasión de Gavilanes, esa telenovela que la tenía clavada desde chica. Los hermanos Reyes, con sus camisas ajustadas y miradas de fuego, y las hermanas Elizondo, elegantes pero con un volcán adentro. Neta, el pasión de gavilanes cast era lo máximo: Danna García con su piel morena y curvas perfectas, Mario Cimarro con ese torso que quitaba el hipo. Ana suspiró, sintiendo un calorcillo entre las piernas mientras imaginaba ser una de ellas, envuelta en brazos rudos y apasionados.

El timbre sonó de repente, sacándola de su trance. Era Marco, su vecino del piso de arriba, un wey alto y moreno que trabajaba de bartender en un antro de Polanco. Siempre andaba con esa sonrisa pícara y un olor a colonia barata mezclado con sudor fresco que la ponía loca. "Órale, Ana, ¿qué onda? Traje unas birrias para picar y vi que tenías la novela prendida", dijo él al entrar, cargando una charola humeante. El aroma de la carne especiada invadió el aire, carnoso y picante, como un preludio a algo más prohibido.

Ana lo miró de arriba abajo. Marco se parecía un chingo a Juan Reyes, con el pelo negro revuelto y ojos que prometían problemas. "Entra, pendejo, justo estaba viendo Pasión de Gavilanes. El cast de esa novela me tiene bien prendida", respondió ella, riendo mientras le hacía espacio en el sillón. Sus muslos se rozaron al sentarse, y Ana sintió un cosquilleo eléctrico subir por su piel. Él oliía a tequila y hombre, un perfume que le aceleraba el pulso.

Comieron birria, chupando los dedos grasientos, lamiendo el caldo que goteaba. La tele seguía con una escena caliente: los amantes besándose bajo la lluvia, ropa pegada al cuerpo revelando formas. Marco se acercó más. "¿Sabes? Yo siempre quise ser como los Reyes, libres y con pasión de a madre", murmuró, su aliento cálido contra la oreja de Ana. Ella giró la cara, sus labios a centímetros. El deseo latía en su vientre, un pulso húmedo que la hacía apretar las piernas.

¿Y si lo beso? Este wey me trae loca desde hace meses. Neta, parece sacado del pasión de gavilanes cast, pensó Ana, mordiéndose el labio.

Acto seguido, sus bocas se encontraron. Fue un beso suave al principio, explorador, con sabor a birria y cerveza. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las manos de Marco subían por la espalda de Ana, desabrochando el sostén con maestría. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en su garganta. La piel de él era áspera, curtida por el sol, contrastando con la suavidad de sus senos cuando los liberó. Los pezones se endurecieron al aire fresco de la noche, y Marco los rozó con los pulgares, enviando chispas de placer directo a su centro.

Se levantaron sin decir palabra, tropezando hacia la recámara. La cama king size los esperaba con sábanas revueltas de la noche anterior. Ana lo empujó sobre el colchón, quitándole la playera con hambre. El torso de Marco era un mapa de músculos tensos, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Lo besó ahí, lamiendo el sudor salado, inhalando su aroma almizclado de macho excitado. "Qué rico hueles, cabrón", susurró ella, mientras sus manos bajaban al cinturón.

Él la volteó, quedando encima, su peso delicioso oprimiéndola contra el colchón. Las luces de la ciudad se colaban por la ventana, pintando sus cuerpos en dorado y sombras. Marco besó su cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que enfriaban al secarse. Bajó a los senos, chupando un pezón con succiones lentas, la lengua girando como un remolino. Ana arqueó la espalda, clavando las uñas en su espalda. "¡Ay, wey, no pares!" jadeó, su voz entrecortada por gemidos.

El calor entre sus piernas era insoportable ahora, un fuego líquido que empapaba sus calzones. Marco deslizó la mano ahí, frotando sobre la tela con círculos firmos. "Estás chingón de mojada, mi reina", gruñó él, voz grave como trueno lejano. Ana levantó las caderas, rogando sin palabras. Él le quitó la falda y las bragas de un jalón, exponiéndola al aire. Sus dedos exploraron los pliegues resbalosos, hundiendo uno adentro con lentitud tortuosa. Ella se convulsionó, el sonido de su humedad chasqueando en el silencio de la habitación.

Siento su dedo grueso abriéndome, rozando ese punto que me hace ver estrellas. Neta, este pendejo sabe cómo tocar, pensó Ana, mientras su mente flotaba en niebla de placer.

Marco se arrodilló entre sus piernas, el colchón hundiéndose. Su boca descendió, lengua plana lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su esencia salada y dulce. Ana gritó, agarrando su pelo, empujándolo más profundo. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, succiones, sus propios jadeos resonando contra las paredes. El olor de su arousal llenaba el aire, mezclado con el perfume de su piel. Él metió dos dedos, curvándolos, bombeando rítmicamente mientras la lengua azotaba el botón hinchado.

El orgasmo la golpeó como ola gigante, cuerpo temblando, visión nublada. "¡Sí, cabrón, ahí!" chilló, piernas cerrándose alrededor de su cabeza. Marco no paró, prolongando las contracciones hasta que ella lo jaló arriba, besándolo con furia, probando su propio sabor en su lengua.

Ahora era su turno. Ana lo volteó, gateando sobre él como gata en celo. Desabrochó los jeans, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, piel aterciopelada sobre acero, goteando precúm transparente. La lamió desde la base, saboreando el almizcle salado, hasta la punta, chupando como lolipop. Marco gruñó, caderas alzándose. "Qué chida boca tienes, Ana", masculló, voz ronca de necesidad.

Ella lo montó despacio, guiándolo a su entrada empapada. La cabeza gruesa la estiró, delicioso ardor. Bajó centímetro a centímetro, llenándose hasta el fondo, un gemido largo escapando de ambos. Se quedaron quietos un segundo, sintiendo los latidos mutuos, su calor envolviéndolo. Luego empezó a moverse, subiendo y bajando, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Marco agarró sus caderas, guiándola, pulgares hundiéndose en la carne suave.

El ritmo aceleró, sudor perlando sus cuerpos, resbaloso y brillante. Ana se inclinó adelante, senos balanceándose contra su pecho, pezones rozando vello áspero. Él mordió su hombro, manos bajando a apretar sus nalgas, un dedo rozando el ano en provocación juguetona. "Más fuerte, pendejo, rómpeme", exigió ella, voz quebrada. Marco embistió desde abajo, verga golpeando profundo, rozando el cervix con cada thrust.

Los sonidos llenaban la habitación: piel contra piel, jadeos sincronizados, la cama crujiendo en protesta. El olor era puro sexo: sudor, fluidos, pasión cruda. Ana sintió el segundo clímax construyéndose, una espiral tensa en el bajo vientre. Marco se tensó debajo, gruñendo "Me vengo, mi amor". Ella aceleró, clítoris frotando su pubis, y explotaron juntos. Su coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros calientes llenándola mientras ondas de éxtasis la sacudían.

Colapsaron enredados, pechos agitados, piel pegajosa. Marco la besó la frente, suave ahora. "Eres mejor que cualquier pasión de gavilanes cast, neta", murmuró riendo bajito. Ana sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. El afterglow los envolvía como manta tibia, pulsos calmándose, el mundo afuera olvidado.

Se quedaron así horas, hablando pendejadas sobre la novela, planeando ver episodios juntos. Pero en el fondo, Ana sabía que esto era el inicio de su propia historia ardiente, sin guion ni productores, solo ellos dos y un fuego que no se apagaría fácil.

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