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Secretos Ardientes del Elenco de la Telenovela Pasión

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Secretos Ardientes del Elenco de la Telenovela Pasión

El set de grabación de la telenovela Pasión bullía de esa energía eléctrica que solo se siente cuando el elenco está en su mejor momento. Yo, Ana López, la protagonista que interpretaba a la villana seductora, caminaba por los pasillos iluminados con luces de neón, oliendo a café recién hecho y el perfume dulzón de las maquilladoras. El elenco de la telenovela Pasión era un hervidero de chismes y miradas robadas, pero nada se comparaba con la tensión que Diego Ramos, el galán principal, me provocaba cada vez que ensayábamos una escena de celos apasionados.

Su piel morena brillaba bajo los reflectores, y yo no podía evitar fijarme en cómo sus músculos se tensaban cuando me tomaba de la cintura para el beso falso de la toma. ¿Y si fuera real? me preguntaba en silencio mientras el director gritaba "¡Corte!". Esa noche, después de una jornada eterna, el elenco se dispersó, pero Diego y yo nos quedamos rezagados en el camerino principal. El aire estaba cargado del aroma a sudor limpio y loción aftershave que él usaba, un olor que me erizaba la piel.

"Ana, güey, ¿vienes a la fiesta del productor o qué?", me dijo con esa sonrisa pícara, quitándose la camisa del traje de época. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de mi vestido rojo ceñido. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando. "Nah, carnal, estoy muerta de cansancio. Mejor me voy a mi hotel", respondí, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Él se acercó, su aliento cálido rozando mi oreja. "No mames, quédate un rato. El elenco de la telenovela Pasión sabe que tú y yo tenemos química de a de veras".

Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal. Lo miré, y ahí estaba esa chispa, el deseo crudo que no se finge en cámara. Sin decir más, cerré la puerta del camerino con llave. El clic resonó como una promesa. Sus manos grandes y callosas por tanto ensayo me tomaron de la nuca, atrayéndome. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel y el dulzor de mi gloss de fresa.

Esto es lo que necesitaba, joder, sentirlo de verdad
, pensé mientras su lengua exploraba mi boca con urgencia.

Acto seguido, sus dedos bajaron la cremallera de mi vestido, que cayó al piso como una cascada de seda roja. Quedé en lencería negra, mi piel olivácea expuesta al aire fresco del ventilador del techo. Él gruñó de aprobación, su voz grave vibrando contra mi cuello. "Estás chingona, Ana, como para comerte viva". Me levantó en brazos con facilidad, sentándome en la mesa de maquillaje. El mármol frío contrastaba con el calor de sus palmas en mis muslos, abriéndolos despacio. Olía a su excitación, ese almizcle masculino que me hacía mojarme al instante.

Le arranqué la camisa restante, arañando su pecho firme, sintiendo los latidos acelerados bajo mi tacto. Besé sus pezones oscuros, lamiéndolos con la lengua plana, saboreando el sudor salobre. Él jadeaba, "Ay, wey, me vas a volver loco", mientras sus manos masajeaban mis senos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa presionando contra la tela. La liberé con un tirón, admirando su grosor venoso, palpitante en mi palma. Era caliente, suave como terciopelo sobre acero.

Nos besamos de nuevo, más salvaje, mordiéndonos los labios hasta saborear un hilillo de sangre dulce. Me recostó sobre la mesa, el maquillaje viejo crujiendo bajo mi espalda. Sus besos bajaron por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo para lamerlo con devoción. Llegó a mis bragas, que quitó con los dientes, el roce áspero enviando chispas a mi clítoris. Por favor, Diego, no pares, supliqué en mi mente. Su aliento caliente sobre mi coño depilado me hizo arquear la cadera. Lamidas lentas, circulares, saboreando mis jugos que sabía a miel salada. Gemí alto, mis uñas clavadas en su cabello negro revuelto.

"Rico, pinche rico", murmuró contra mi carne sensible, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí. Se movían con maestría, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mis fluidos llenaba el camerino, mezclado con mis quejidos y su respiración agitada. El olor a sexo impregnaba todo, embriagador, como tequila añejo. Yo lo masturbaba con furia, sintiendo cómo su prepucio se deslizaba sobre la cabeza hinchada, pre-semen untándose en mi mano.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Quería más, lo necesitaba adentro. "Cógeme ya, cabrón", le exigí, tirando de él. Se posicionó entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gritamos juntos al sentirnos completos. Sus embestidas empezaron suaves, profundas, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos en foro. Olía a nuestro sudor mezclado, a deseo puro mexicano.

Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando tacones en su culo prieto para empujarlo más hondo. Él me follaba con ritmo creciente, sus bolas golpeando mi ano con cada thrust. "¡Sí, así, no pares, pendejo!", chillaba yo, perdida en el placer. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi entrada trasera, prometiendo más. El clímax se acercaba, mi coño contrayéndose alrededor de su polla como puño caliente. Él gruñía, "Me vengo, Ana, chingada madre", pero aguantaba por mí.

Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas sobre la mesa, mi culo en pompa invitándolo. Entró de nuevo, esta vez brutal, sus caderas chocando con fuerza. El espejo frente a nosotros reflejaba todo: mis tetas rebotando, su cara de éxtasis, el brillo de fluidos en nuestras uniones. Sudábamos a chorros, el piso resbaloso. Alcancé mi orgasmo primero, un tsunami que me hizo temblar entera, chorros calientes escapando mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros espesos y calientes, su verga pulsando dentro.

Colapsamos en el sofá del camerino, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mis jugos en el cuero gastado. Me besó la frente, suave ahora, como amantes de verdad. "Eso fue mejor que cualquier escena del elenco de la telenovela Pasión", susurró, riendo bajito. Yo asentí, mi cuerpo flotando en afterglow, el corazón lleno. Afuera, la ciudad de México ronroneaba con sus luces y cláxones, pero adentro, solo existíamos nosotros, satisfechos, conectados.

Al día siguiente, en el set, las miradas del elenco nos delataban todo. Pero era nuestro secreto, una pasión real nacida de la ficción. Y yo sabía que habría más noches así, porque en el mundo de Pasión, el deseo nunca se apaga.

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