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Pasión y Poder El Libro Prohibido

6504 palabras

Pasión y Poder El Libro Prohibido

En mi amplio departamento en Polanco, con vistas al skyline de la Ciudad de México brillando bajo las luces nocturnas, encontré el paquete envuelto en terciopelo negro. Mi tía Lupe, esa mujer misteriosa que siempre olía a jazmín y secretos, me lo había dejado en herencia. Pasión y poder libro, decía la inscripción dorada en la tapa de cuero gastado. Lo abrí con manos temblorosas, el aroma a papel antiguo y tinta desvaída invadiendo mis fosas nasales como un susurro prohibido.

Las páginas crujían bajo mis dedos, revelando ilustraciones sensuales de amantes entrelazados en juegos de dominio y entrega. Historias de mujeres que tomaban el control, de hombres que se rendían con placer, todo envuelto en rituales que prometían un éxtasis imparable. Leí en voz baja: "La pasión es el fuego, el poder el cetro que la dirige". Sentí un calor subir por mi vientre, mis pezones endureciéndose contra la seda de mi blusa. Neta, ¿qué chingados es esto?, pensé, mientras mi mente se llenaba de imágenes vívidas: piel sudorosa, gemidos ahogados, el sabor salado de la excitación.

El timbre sonó, sacándome del trance. Era Diego, mi vecino del piso de arriba, ese moreno alto con ojos café que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. "Oye, Ana, ¿todo bien? Te oí mover muebles", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Lo invité a pasar, mi pulso acelerado como tambores de mariachi en fiesta. Vestía jeans ajustados que marcaban su paquete generoso y una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar su pecho lampiño y musculoso.

—Pasa, wey, mira lo que encontré —le dije, señalando el libro sobre la mesa de mármol—. Es de mi tía. Pasión y poder libro. Léelo, a ver qué te parece.

Se acercó, su colonia amaderada mezclándose con mi perfume floral. Tomó el libro, sus dedos rozando los míos, enviando chispas eléctricas por mi brazo. Leyó un párrafo en voz alta, su aliento cálido cerca de mi oreja: "Deja que el poder fluya de tu mirada, y la pasión responderá con temblores incontrolables". Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de electricidad. ¿Será que él también lo siente? Este pinche libro me está poniendo caliente como infernal.

La tensión creció como tormenta en el desierto. Nos sentamos en el sofá de piel italiana, el libro entre nosotros. Diego pasó la página, revelando un ritual: "La dama ofrece su cetro de seda, el caballero lo besa con devoción". Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio.

Quiero que me toque, que me haga suya, pero con mi permiso, mi control, pensé, mientras mi coño se humedecía, el calor empapando mis panties de encaje.

—Ana, esto es puro fuego —murmuró, su voz ronca—. ¿Quieres probar?

—Sí, pero yo mando primero, ¿eh, cabrón? —respondí juguetona, usando ese tono mandón que siempre me sale natural. Lo empujé contra el respaldo, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos agarraron mis caderas, fuertes pero sumisas. Besé su cuello, saboreando el sudor salado mezclado con su piel morena. Gemí bajito al sentir su verga dura presionando contra mi entrepierna, palpitante como un corazón salvaje.

El beso fue feroz, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Mordí su labio inferior, tirando suave, y él gruñó: "¡Qué chingona eres, Ana!". Bajé su cremallera, liberando su polla gruesa, venosa, con el glande brillante de precum. La olí, almizclada y masculina, antes de lamerla desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salobre. Él jadeaba, sus dedos enredados en mi cabello negro largo.

Pero el libro llamaba. Lo tomé, leyéndolo mientras lo masturbaba lento. "El poder se afirma en la negación placentera". Detuve mi mano justo cuando sus caderas se arquearon.

—Pídemelo, Diego. Dime que lo quieres.

—Por favor, mami, no pares. Te necesito —suplicó, ojos vidriosos de deseo.

Me quité la blusa, dejando mis tetas firmes al aire, pezones oscuros erectos. Él las chupó ansioso, succionando con fuerza que me hacía arquear la espalda, el placer como rayos bajando directo a mi clítoris hinchado. Desabroché mi falda, quitándome las panties empapadas. Su nariz se hundió en mi monte de Venus, inhalando mi aroma dulce y almizclado de mujer en celo. "Hueles a paraíso, neta", dijo antes de lamer mi raja abierta, lengua plana recorriendo pliegues jugosos.

El middle de la noche se llenó de sonidos: mis gemidos agudos, sus gruñidos guturales, el chapoteo húmedo de su boca en mi panocha chorreante. Lo monté de nuevo, guiando su verga hacia mi entrada. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué rico! Su poder ahora es mío. Cabalgaba ritmada, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él empujaba arriba, pelotas golpeando mi culo redondo.

Intercambiamos roles como dictaba el libro. Ahora él arriba, misionero intenso. Sus embestidas profundas, el sonido de carne contra carne resonando en la sala. Sudor perlando su frente, goteando en mis labios. Lamí cada gota, salada y viva. Mi clítoris rozaba su pubis, ondas de placer acumulándose como volcán a punto de erupción.

—Más fuerte, cabrón, dame todo tu poder —jadeé, piernas enredadas en su cintura.

—Sí, jefa, todo para ti —respondió, acelerando, su verga hinchándose dentro de mí.

El clímax llegó como avalancha. Sentí las contracciones en mi útero, mi coño apretándolo en espasmos rítmicos, chorros de jugo empapando sus huevos. Grité su nombre, el mundo explotando en luces blancas tras mis párpados. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundando mi interior, su rugido primal vibrando contra mi piel.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas. El libro yacía abierto a un lado, como testigo silencioso.

—Ese pasión y poder libro es mágico, Ana. Nos cambió la noche —dijo Diego, acariciando mi mejilla.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. La pasión nos unió, el poder nos liberó. Mañana leeremos más, pensé, mientras el aroma a sexo impregnaba el aire, prometiendo noches infinitas de placer compartido. En Polanco, bajo las estrellas urbanas, habíamos descubierto nuestro propio ritual eterno.

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