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Tierra de Pasiones

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Tierra de Pasiones

El sol del mediodía caía como un beso ardiente sobre la Tierra de Pasiones, ese rincón olvidado de Veracruz donde la selva se fundía con los cafetales y el aire olía a tierra húmeda y flores salvajes. Ana respiraba hondo mientras el camión la dejaba en la entrada de la hacienda familiar, el motor rugiendo antes de alejarse en una nube de polvo rojo. Hacía años que no pisaba este lugar, desde que se fue a la ciudad a estudiar, pero el calor la envolvía como un amante impaciente, pegajoso y prometedor.

Sus sandalias crujían sobre la grava mientras caminaba hacia la casa grande, con el vestido ligero ondeando contra sus muslos. ¿Por qué regresé? se preguntaba, sintiendo el pulso acelerado. Su abuela había muerto, dejando la hacienda en sus manos, pero era más que eso. Era el llamado de la sangre, de esta tierra que siempre había sido sinónimo de deseos desatados. Los rumores corrían como el viento: en la Tierra de Pasiones, los cuerpos se buscaban sin pudor, las noches terminaban en gemidos bajo las estrellas.

Pinche nostalgia, güey. O tal vez solo extraño sentirme viva de verdad.
Ana sonrió para sí, sacudiendo la cabeza. Entonces lo vio: Javier, el capataz, saliendo del establo con la camisa abierta, el sudor delineando sus pectorales morenos. Alto, con ojos negros como el petróleo y una sonrisa que prometía pecados. Chingao, sigue igual de bueno, pensó, recordando las miradas robadas en su juventud.

¡Órale, morra! ¿Ya volviste? gritó él, acercándose con paso felino. Su voz grave vibraba en el aire caliente, y Ana sintió un cosquilleo en la nuca.

—Sí, carnal. La abuela me dejó todo este desmadre —respondió ella, abrazándolo. Su cuerpo duro chocó contra el de ella, el olor a hombre, a cuero y sudor fresco invadiéndola. Se separaron lento, demasiado lento, y sus ojos se engancharon.

La tarde se deslizó perezosa. Javier le mostró los cambios en la hacienda: los cafetalales más verdes, el río que cantaba bajito. Caminaban cerca, rozando brazos, y cada roce era una chispa. ¿Se da cuenta de lo que me provoca? se decía Ana, notando cómo su piel se erizaba bajo la brisa. El sol se ponía tiñendo todo de rojo pasión cuando él la invitó a la fiesta del pueblo esa noche.

—No te vas a arrepentir, Ana. Aquí en la Tierra de Pasiones, las fiestas son pa' soltar el alma... y lo demás.

El salón comunal bullía de risas y sones de mariachi. El tequila fluía como miel, y el aire estaba cargado de humo de tabaco y perfume de mujeres. Ana bailaba con Javier, sus caderas pegadas al ritmo del son jarocho. Sus manos en la cintura de ella, fuertes, guiándola. Siento su verga dura contra mí, neta, pensó ella, mordiéndose el labio. El sudor les unía, salado en la piel, y el zapateo del piso retumbaba en sus pechos.

—Estás más chula que nunca, pendeja —le susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta—. Me tienes loco desde que bajaste del camión.

¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer al respecto, vaquero? lo retó ella, girando para presionar su trasero contra él. La música los mecía, pero el deseo era un tambor propio, latiendo más fuerte.

Salieron tambaleantes, riendo, hacia la noche estrellada. Caminaron por el sendero al río, la luna plateando la selva. El agua murmuraba invitadora, fresca contra el bochorno. Javier la besó ahí, de repente, tomándola por la nuca. Sus labios eran firmes, hambrientos, saboreando a tequila y a ella. Ana gimió suave, abriendo la boca para su lengua, que danzaba juguetona, explorando.

Qué chingón besarlo. Su boca sabe a todo lo que he extrañado: fuego, tierra, libertad.

Las manos de él subieron por su espalda, desatando el vestido. Cayeron al césped suave junto al río, la hierba fresca humedeciendo su piel. Javier la miró, ojos brillantes. —Dime si quieres parar, mi reina.

Ni madres, Javier. Te quiero adentro, ya —jadeó ella, tirando de su camisa.

Acto dos: la escalada. Sus cuerpos se desnudaron mutuamente con urgencia reverente. La piel de Ana, suave como cacao, contrastaba con el torso curtido de él, marcado por el sol. Él besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus pechos. Sus pezones endurecidos bajo la lengua áspera, un placer eléctrico que la hacía arquearse. Su boca... ay, cabrón, me va a matar.

Javier gruñía bajito, sus manos grandes amasando sus nalgas, separándolas. Bajó más, besando su vientre tembloroso, hasta llegar a su sexo húmedo. El aroma almizclado de su excitación lo enloqueció. Lamida lenta, saboreándola, la lengua hundiéndose en sus pliegues calientes. Ana gritó, clavando uñas en su cabello negro. —¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso!

El río susurraba cómplice, las hojas crujían con la brisa. Ella lo volteó, montándolo. Su verga erecta, gruesa, venosa, palpitaba contra su muslo. La tomó en mano, guiándola a su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento exquisito. Llena, tan llena... esta tierra me había prometido esto.

Cabalgó con ritmo creciente, sus caderas girando, el choque de piel húmeda sonando obsceno en la noche. Javier la sujetaba, embistiendo arriba, profundo. Sudor goteaba, mezclándose; el olor a sexo crudo, a tierra fértil, los envolvía. Sus pechos rebotaban, él los chupaba, mordisqueando. Ana sentía el orgasmo building, una ola desde el estómago, apretando sus bolas contra él.

Vente conmigo, amor —suplicó él, voz ronca.

El clímax los golpeó juntos: ella convulsionando, chorros calientes mojando su unión; él rugiendo, llenándola con semen espeso, pulsos interminables. Colapsaron, jadeantes, el corazón tronando como tambores de fiesta.

Acto tres: el resplandor. Yacían abrazados, el río lamiendo la orilla, estrellas testigos. Javier acariciaba su cabello, besando su frente. —Eres la dueña de esta tierra, Ana. Y de mi corazón.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

En la Tierra de Pasiones, no hay arrepentimientos. Solo más hambre.
El amanecer los encontró así, entrelazados, prometiendo noches infinitas. La hacienda despertaba con cantos de gallos, pero ellos sabían: esta tierra guardaba más secretos, más fuegos por encender.

Semanas después, la rutina se tiñó de pasión. Mañanas en el cafetal, donde él la tomaba contra un árbol, su falda arremangada, el café fresco perfumando el aire mientras gemían. Tardes de siestas en la hamaca, explorando con dedos lentos, sabores íntimos. Es mío, neta. Esta pasión es nuestra herencia.

Una noche de lluvia torrencial, bajo el tejado de zinc que retumbaba, se amaron de nuevo. Agua chorreando por las canaletas, relámpagos iluminando sus cuerpos unidos. Javier la penetró por detrás, lento al principio, luego feroz, sus nalgas chocando contra su pubis. Ella gritaba con cada embestida, el placer rayando en dolor dulce. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!

Él obedecía, una mano en su clítoris, frotando en círculos. El orgasmo la dobló, piernas temblando; él se vació dentro, gruñendo su nombre. Después, envueltos en cobijas, escuchaban la tormenta amainar. —Quédate conmigo, Ana. Hagamos de esta tierra nuestro paraíso.

Sí, mi amor. Aquí, en la Tierra de Pasiones, encontré mi hogar... y mi fuego.

La vida fluía como el río: trabajo duro, risas compartidas, cuerpos que no se cansaban. Ana dirigía la hacienda con mano firme, Javier a su lado. Los peones murmuraban sonrientes: La patrona y el capataz... pura pasión mexicana. Y en las noches, bajo la luna llena, se perdían en éxtasis renovado, saboreando cada toque, cada suspiro, cada unión que los unía más a esta tierra bendita de deseos.

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