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Pasion Movil en la Carretera

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Pasion Movil en la Carretera

La noche en la carretera federal se extendía como un río negro interminable, salpicado por las luces intermitentes de los tráilers que rugían a lo lejos. Yo, Ana, acababa de subirme al coche de Diego después de una larga semana de mensajes calientes por el celular. Pasion movil, le decía yo en cada texto, y él respondía con emojis de fuego que me ponían la piel de gallina. Éramos amantes desde hace meses, pero esta noche todo se sentía diferente, más urgente, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas.

Diego manejaba con esa calma chida que lo caracterizaba, su mano derecha descansando en la palanca de cambios, la izquierda en el volante. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y olía a esa colonia amaderada que me volvía loca, mezclada con el leve aroma a tabaco de su último cigarro. Yo iba en el asiento del copiloto, con una falda corta de mezclilla que subía un poco cada vez que movía las piernas, y una blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de mi brasier. Mis pezones ya se endurecían solo con mirarlo de reojo.

¿Por qué carajos me pongo así con él? Es como si cada kilómetro que avanzamos avivara el fuego dentro de mí. Neta, quiero que pare ya y me coma a besos.

—Órale, nena, ¿ya te cansaste de tanto camino? —me dijo con esa voz ronca, girando la cabeza un segundo para clavar sus ojos cafés en los míos. Su sonrisa pícara me derritió.

—No es el camino, pendejo. Es que no aguanto más tus mensajes de pasión móvil. Quiero la versión en vivo —le contesté, mordiéndome el labio inferior mientras deslizaba mi mano por su muslo. Sentí el calor de su piel a través del pantalón de mezclilla, y cómo su músculo se tensaba bajo mi toque.

Él rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho como el motor del coche. Aceleró un poco, y el viento entraba por la ventanilla entreabierta, revolviéndome el cabello y trayendo el olor a tierra húmeda de los campos cercanos. Íbamos rumbo a una cabaña en las afueras de Cuernavaca, un lugar chido que él conocía, rodeado de magueyes y silencio. Pero antes de llegar, la tensión entre nosotros era como una tormenta a punto de estallar.

Mi mano subió más, rozando el bulto que ya se formaba en su entrepierna. Diego soltó un gemido suave, ajustando el espejo retrovisor como excusa para no perder el control del volante. —Chin... Ana, vas a hacer que nos estrellamos, wey. Pero qué rico se siente.

El pulso me latía en las sienes, y un calor líquido se acumulaba entre mis piernas. Incliné la cabeza hacia él, besando su cuello salado, lamiendo la gota de sudor que perlaba su piel. Sabía a sal y a hombre, a deseo puro. Él giró la cabeza y nuestras bocas se encontraron en un beso torpe pero hambriento, con el coche zigzagueando levemente. Frenó en seco en un área de descanso desierta, apagando las luces frontales. La carretera seguía rugiendo a lo lejos, pero aquí solo estábamos nosotros, envueltos en la penumbra estrellada.

Acto primero cerrado, la escena estaba lista para escalar. Bajamos del coche, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia inesperada. Diego me jaló hacia el capó aún caliente, su cuerpo presionando el mío contra el metal tibio. Sentí el aroma de gasolina y goma quemada mezclándose con nuestro sudor incipiente. Sus manos grandes exploraron mi cintura, subiendo por mis costados hasta apretar mis senos con firmeza. Gemí contra su boca, arqueándome para sentir más de él.

—Te he extrañado tanto, mi chava —murmuró, mordisqueando mi oreja. Su aliento caliente me erizó la piel.

Esto es lo que necesitaba. Su fuerza, su olor, el roce áspero de su barba en mi cuello. No hay nada como esta conexión, pura pasión móvil que nos lleva de un lado a otro.

Acto dos: la escalada. Lo empujé hacia el asiento trasero, trepando sobre él con las rodillas hincadas en el cuero gastado. La falda se arremangó hasta mi cintura, revelando mis panties de encaje húmedos. Diego gruñó de aprobación, sus dedos hundiéndose en mis nalgas mientras yo desabrochaba su cinturón con dedos temblorosos. Saqué su verga dura, palpitante, gruesa en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y el olor almizclado de su excitación me inundó las fosas nasales. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal pre-seminal, mientras él enredaba los dedos en mi pelo.

—Qué chido, Ana... chúpamela así, neta eres la mejor —jadeó, su voz entrecortada por el placer. El sonido de mi boca succionando, húmeda y obscena, se mezclaba con el zumbido lejano de los coches y el crujir del asiento. Yo alternaba lamidas lentas con chupadas profundas, sintiendo cómo se hinchaba más en mi garganta. Mis jugos corrían por mis muslos, y metí una mano en mis panties para tocarme, frotando mi clítoris hinchado en círculos desesperados.

Él no se quedó atrás. Me levantó como si no pesara nada, quitándome la blusa y el brasier en un movimiento fluido. Sus labios capturaron un pezón, succionándolo con fuerza mientras sus dedos invadían mi coño empapado. Dos dedos gruesos entraron y salieron, curvándose para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. —Estás chorreando, nena. Todo por mí —dijo, y yo solo pude gemir, montándome en su mano.

La tensión crecía como una ola imparable. Nuestros cuerpos se movían en ritmo frenético, piel contra piel resbaladiza de sudor. El calor del coche nos envolvía como una sauna, el olor a sexo impregnando el aire. Diego me volteó, poniéndome de rodillas en el asiento, mi culo en pompa hacia él. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. —¿Me quieres adentro? Dime —preguntó, su voz un ronroneo dominante pero juguetón.

—¡Sí, cabrón! Métemela ya —supliqué, empujando hacia atrás.

Entró de un solo embiste, llenándome por completo. El estiramiento delicioso me arrancó un grito, y él tapó mi boca con una mano mientras empezaba a bombear, duro y profundo. Cada choque de sus caderas contra mis nalgas producía un plaf húmedo, sincronizado con mis gemidos ahogados. Sus bolas golpeaban mi clítoris, enviando chispas de placer por mi espina. El sudor goteaba de su pecho al mío, y yo giraba la cabeza para besarlo, nuestras lenguas enredándose salvajemente.

Siento su verga pulsando dentro de mí, cada vena, cada latido. Esto es éxtasis puro, pasión móvil que no para.

Cambiábamos posiciones como en una coreografía instintiva: yo encima, cabalgándolo con las tetas rebotando, él debajo gruñendo; luego de lado, su mano en mi garganta en un agarre posesivo pero consensuado que me volvía loca. El clímax se acercaba, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. —Me vengo, Diego... ¡órale! —grité, y el orgasmo me sacudió como un rayo, jugos salpicando sus muslos.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí deslizarse dentro. Rugió mi nombre, colapsando sobre mí, nuestros cuerpos temblando en la afterglow.

Acto tres: el cierre. Nos quedamos así un rato, jadeantes, el coche oliendo a sexo y satisfacción. Diego me besó la frente, suave ahora, tierno. —Te amo, mi reina. Esta pasión móvil nuestra no tiene fin.

Salimos a estirarnos bajo las estrellas, el viento secando nuestro sudor. La carretera seguía viva, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio ritmo. Regresamos al coche, rumbo a la cabaña, con promesas de más noches así. En mi mente, el eco de su toque perduraba, un calor que me hacía sonreír. Esto era nosotros: fuego en movimiento, eterno.

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