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Pasiones Ardientes en Arte y Pasión Dance Company

5748 palabras

Pasiones Ardientes en Arte y Pasión Dance Company

Entré al estudio de Arte y Pasión Dance Company con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire estaba cargado de ese olor a madera pulida y sudor fresco, mezclado con el perfume dulce de las chicas que ya ensayaban. México City bullía afuera, pero aquí adentro, en este rincón de Polanco, todo era ritmo y fuego. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y acababa de unirme a la compañía después de audicionar como loca. Mi cuerpo, tonificado por años de salsa y bachata, se sentía vivo, listo para sudar.

Javier estaba en el centro del salón, liderando el calentamiento. Alto, moreno, con esos ojos negros que te desnudan sin tocarte. Era el alma de Arte y Pasión Dance Company, el que hacía que las coreografías cobraran vida. Órale, qué chulo, pensé mientras lo veía estirar esos músculos que se marcaban bajo la camiseta ajustada. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la piel, como si ya estuviéramos bailando algo prohibido.

El ensayo empezó con una salsa candente. Javier me tomó de la cintura para guiarme en la pareja principal. Sus manos, callosas pero firmes, se posaron en mis caderas. Relájate, Ana, siente el ritmo, me dijo al oído, su aliento cálido rozándome el cuello. Olía a colonia masculina y a hombre que sabe lo que quiere. Mi piel se erizó, y no era por el aire acondicionado. Cada giro, cada paso, nuestros cuerpos se rozaban: mi pecho contra el suyo, mis muslos contra los suyos. El sonido de los tacones en el piso de madera retumbaba como latidos acelerados.

Al final del ensayo, todos aplaudimos exhaustos. Pero Javier me retuvo. Quédate un rato, practiquemos la levantada. Tienes potencial, pero hay que pulirlo. Los demás se fueron, dejando el estudio en penumbras, solo iluminado por las luces tenues de emergencia. El silencio era espeso, roto solo por nuestra respiración agitada.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es trabajo, no un antro. Pero su toque... ay, Dios, me prende como yesca.

Empezamos la coreo de nuevo. Salsa con toques de tango, pasión pura. Javier me levantó con facilidad, mis piernas envolviéndolo mientras girábamos. Sentí su dureza presionando contra mí, no era mi imaginación. Así, justo así, murmuró, su voz ronca. Bajé despacio, mis pechos rozando su torso. Nuestros ojos se clavaron. El sudor perlaba su frente, goteaba salado si lo lamiera. Olía a deseo crudo, a piel caliente.

Ana, no puedo más, dijo de repente, soltándome pero sin alejarse. Desde que te vi entrar, me traes loco. ¿Quieres esto tanto como yo? Mi corazón tronó. Asentí, mordiéndome el labio. Sí, Javier. Quiero sentirte todo. Nos besamos como hambrientos. Sus labios carnosos devoraban los míos, lengua explorando, sabor a menta y sal. Sus manos bajaron a mi culo, apretando con fuerza juguetona. Eres una diosa, pinche rica, gruñó entre besos.

Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis senos al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. Mírate, perfectos. Los lamió, succionó un pezón mientras yo gemía bajito. El sonido de mi propia voz me avergonzaba y excitaba. Mis dedos se enredaron en su pelo negro, tirando suave. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra. ¡No mames, qué grande! reí nerviosa, pero él solo sonrió pícaro.

Lo desvestí, admirando su cuerpo esculpido por el baile. Abdominales marcados, vello oscuro bajando al ombligo. Lo empujé al piso, montándome encima. El suelo estaba tibio por el día de ensayo. Rozaba mi clítoris contra su erección a través de la tela, gimiendo por el roce. Despacio, carnala, que exploto, jadeó. Le bajé el bóxer, liberándola. La tomé en la mano, piel suave y venosa, latiendo caliente. La lamí desde la base, saboreando su esencia salada y almizclada. Javier arqueó la espalda, ¡Ay, qué chido, Ana!

No aguanté más. Me quité el legging, quedando desnuda. Me posicioné sobre él, guiándolo dentro. Lento, centímetro a centímetro, lo sentí llenarme. Es enorme, me parte en dos de placer. Empecé a moverme, cabalgándolo al ritmo de una salsa imaginaria. Nuestras pieles chocaban con palmadas húmedas, sudor mezclándose. Él me agarraba las nalgas, guiando más profundo. Más rápido, sí, así, ordenaba yo, perdida en el vaivén.

Cambié de posición. Javier me puso a cuatro patas, el espejo frente a nosotros reflejando todo. Vi mi cara de puta en éxtasis, sus caderas embistiéndome. Tocó mi clítoris con dedos expertos, círculos precisos como en un paso de baile. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y embriagador. Gemí fuerte, ¡No pares, pendejo, me vengo! Él aceleró, gruñendo Yo también, jefa. El orgasmo me sacudió como terremoto, paredes contrayéndose alrededor de él. Javier se corrió dentro, caliente, pulsando, un río de placer compartido.

Caímos exhaustos, cuerpos entrelazados en el piso. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones sincronizados. Me besó la frente, suave ahora. Eso fue arte puro, Ana. Pasión de verdad. Reí bajito, oliendo su cuello. En Arte y Pasión Dance Company, ¿eh? Quién lo diría.

Nos vestimos despacio, robándonos besos. Afuera, la ciudad nocturna cantaba con cláxones lejanos. Salimos tomados de la mano, prometiéndonos más ensayos privados. Esa noche, en mi depa, reviví cada roce en la ducha caliente. Javier ya era más que un compañero; era mi ritmo, mi fuego. Y sabía que en la compañía, cada paso bailado sería un preludio a más noches así, llenas de sudor, gemidos y esa conexión que solo el baile erótico forja.

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