Pasión Capítulo 22 Fuego en las Venas
Ana sentía el calor del sol poniente en su piel morena mientras caminaba por la playa de Puerto Vallarta. El mar Caribe lamía la arena con un chuuup rítmico, como un beso interminable, y el aroma salado se mezclaba con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las palapas cercanas. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas con la brisa juguetona, y cada paso hacía que sus caderas se mecieran con esa gracia natural que volvía locos a los chavos del lugar. Pero hoy, su mente no estaba en los mirones; estaba en él. Javier. Su carnal secreto, el que le aceleraba el pulso con solo pensarlo.
Habían quedado en el hotel boutique al final de la playa, uno de esos con vistas al Pacífico y jacuzzis privados. Ana se mordió el labio inferior, recordando la última vez. Órale, neta que me prende como nadie, pensó, mientras el viento le revolvía el cabello negro y largo. Javier era alto, con esa barba incipiente que raspaba delicioso y ojos cafés que prometían travesuras. Trabajaba en la ciudad como ingeniero, pero aquí, en la costa, se convertía en su amante perfecto, sin compromisos, solo pura pasión.
Al llegar al lobby, lo vio esperándola en la barra, con una cerveza fría en la mano. Su sonrisa pícara la golpeó como una ola. "¡Ey, morra! ¿Lista pa'l desmadre?" le dijo en voz baja, acercándose para rozarle la cintura con los dedos. Ana sintió un cosquilleo eléctrico subirle por la espina, y el olor de su colonia, esa mezcla de sándalo y mar, la invadió. "Siempre lista, pendejo", respondió ella juguetona, guiñándole un ojo. Subieron al elevador en silencio, pero la tensión crepitaba como chispas. Sus manos se rozaron, y ya era suficiente para que el corazón de Ana latiera ta-tan, ta-tan.
En la suite, las luces tenues pintaban todo de dorado. Javier cerró la puerta con un clic suave y se volteó hacia ella. "Este es nuestro Pasión Capítulo 22, ¿no? Como en esa novela que vemos, pero en la vida real, con más calor." Ana rio bajito, el sonido ronco y sensual. "Sí, carnal, pero aquí no hay comerciales. Solo nosotros." Se acercó, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su pecho bajo la camisa desabotonada. El beso empezó lento, labios suaves explorando, lenguas que se enredaban con sabor a tequila y sal. Javier olía a sol y esfuerzo, y Ana inhaló profundo, embriagada.
¿Por qué me hace esto? Cada roce es como fuego líquido en mis venas. Neta, lo quiero todo de él, ya.
Las manos de Javier bajaron por su espalda, desatando el vestido con maestría. La tela cayó al piso con un susurro, dejando a Ana en lencería negra que contrastaba con su piel canela. Él gruñó de aprobación, sus ojos devorándola. "Estás chida, Ana. Como diosa azteca." Ella sonrió, tirando de su camisa para quitársela. Tocó sus abdominales firmes, duros como piedra tallada, y bajó más, sintiendo el bulto creciente en sus jeans. El aire se llenó de su aroma compartido, ese almizcle de deseo que hacía el cuarto más pequeño, más íntimo.
La llevó a la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que crujían bajo su peso. Se tumbaron, cuerpos entrelazados, piel contra piel. Javier besó su cuello, mordisqueando suave, y Ana arqueó la espalda con un gemido ahogado. ¡Qué rico! Sus labios bajaron, trazando un camino de fuego por su clavícula, pechos, vientre. Cuando llegó a sus muslos, Ana temblaba. "Despacio, amor", murmuró ella, pero sus caderas se alzaban solas, pidiendo más. Él separó sus piernas con gentileza, inhalando su esencia femenina, dulce y embriagadora como tequila añejo.
La lengua de Javier era un instrumento de tortura placentera. Lamía lento, círculos precisos alrededor de su clítoris hinchado, succionando con justo la presión. Ana clavó las uñas en las sábanas, el sonido de su propia respiración jadeante llenando la habitación. Slurp, slurp, el ruido húmedo era obsceno y excitante. "¡Ay, Javier! ¡No pares, wey!" gritó, y él obedeció, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El orgasmo la golpeó como una ola gigante, contracciones pulsantes que la dejaron temblando, gritando su nombre al techo.
Pero no era el fin. Ana, empoderada y hambrienta, lo volteó boca arriba. "Ahora mírame", dijo con voz ronca. Se subió a horcajadas, frotando su humedad contra su verga dura como hierro, aún envuelta en bóxers. El roce era eléctrico, piel resbaladiza contra tela. Javier jadeaba, manos en sus caderas. "Quítamelos, morra. Te necesito adentro." Ella lo hizo, liberando su miembro grueso, venoso, con gota perlada en la punta. Lo probó con la lengua, salado y masculino, chupando la cabeza con avidez. Javier gimió profundo, "¡Qué mamada, Ana! Eres la mejor."
Se posicionó sobre él, bajando lento, centímetro a centímetro. La sensación de plenitud la llenó, estirándola delicioso. "¡Órale, qué grande estás!", exclamó, empezando a moverse. Arriba y abajo, círculos lentos que hacían que sus pechos rebotaran. Javier la sujetaba, embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con gemidos y el olor sudoroso de sus cuerpos en llamas. Ana sentía cada vena, cada pulso dentro de ella, el roce en su interior construyendo otra ola.
Esto es puro fuego en las venas. Su calor me quema, me consume. No quiero que acabe nunca.
La intensidad creció. Javier se sentó, abrazándola fuerte, besos fieros mientras ella cabalgaba más rápido. Sus pezones rozaban su pecho, duros y sensibles. "Me vengo, Ana. ¡Juntos!" gruñó él. Ella asintió, apretándolo con sus músculos internos. El clímax los alcanzó simultáneo: Ana convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos; Javier llenándola con pulsos calientes, rugiendo como león. Colapsaron, sudorosos, entrelazados, el corazón de ambos latiendo al unísono.
En el afterglow, yacían en silencio, solo el rumor del mar lejano y sus respiraciones calmándose. Javier le acarició el cabello, besándole la frente. "Eres mi pasión eterna, Ana. Capítulo 22 y contando." Ella sonrió contra su piel, saboreando el salado de su cuello. Neta, esto es lo que necesitaba. Puro, real, nuestro. El cuarto olía a sexo y satisfacción, las sábanas revueltas testigos de su unión. Fuera, la noche jalisco envolvía todo en misterio, prometiendo más capítulos de este fuego que no se apagaba.
Ana se acurrucó más, sintiendo su calor envolvente. Mañana volverían a la rutina, pero esta noche era suya. Completamente. El deseo satisfecho dejaba un eco dulce, un anhelo suave por el próximo encuentro. Pasión Capítulo 22: fuego en las venas, grabado en el alma.