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Pasión de Gavilanes Capítulo 81 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 81 Fuego en la Sangre

La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aroma a jazmín trepando por las paredes de adobe y el eco lejano de un mariachi en la radio. Yo, Jimena, me acurrucaba en el sillón de cuero desgastado pero chulo, con las piernas sobre las de mi hombre, Franco. Habíamos cenado tacos al pastor recién hechos, con esa salsita que pica rico y deja la boca ardiendo como preludio a lo que vendría. La tele estaba prendida en el canal de las novelas, y justo empezaba Pasión de Gavilanes capítulo 81. "Órale, wey, este capítulo es el bueno", le dije a Franco, guiñándole el ojo mientras me acomodaba más cerca, sintiendo el calor de su muslo contra mi piel desnuda bajo la falda corta.

Franco, con su camisa a medio desabotonar que dejaba ver ese pecho moreno y fuerte de tanto trabajar en el rancho, me sonrió con esa picardía que me derretía. "Sí, mami, el de la reconciliación ardiente. Apuesto que te va a poner caliente". Su voz grave, con ese acento jalisciense que ronronea como un motor viejo, me erizó la piel. Yo reí, dándole un pellizco juguetón en el brazo. Pero neta, desde que empezamos a ver esta novela juntos, cada episodio se siente como un juego entre nosotros. La pantalla cobraba vida con las pasiones de los Reyes y las Elizondo, el drama de traiciones y amores imposibles que siempre terminaba en besos que queman.

En la pantalla, la tensión subía. Los amantes se miraban con ojos de fuego, el aire cargado de promesas no dichas. Yo sentía mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo. Franco deslizó su mano por mi pierna, subiendo despacito, rozando la suavidad de mi piel con las yemas callosas de sus dedos. Qué chingón se siente eso, pensé, mordiéndome el labio. El olor de su colonia barata mezclada con sudor fresco me invadía las fosas nasales, embriagador como tequila reposado. "Míralos, Jimena, igual que nosotros la primera vez", murmuró él, su aliento cálido en mi oreja, haciendo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.

¿Y si esta noche hacemos nuestro propio capítulo 81? ¿Si dejamos que la pasión nos gane como a ellos?

Acto seguido, en la novela, los cuerpos se acercaban, las bocas se fundían en un beso que parecía eterno. Yo no aguanté más. Me volteé hacia Franco, trepándome a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo la dureza de su excitación presionando contra mí a través de la tela del pantalón. "No seas pendejo, Franco, bésame ya", le exigí, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto. Nuestros labios chocaron con hambre, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y chile, un beso salvaje que me dejó jadeante. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna, mientras yo gemía bajito contra su cuello.

La televisión seguía zumbando de fondo, pero ya no importaba. El calor entre nosotros crecía como tormenta de verano. Franco me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche que entraba por la ventana abierta. Sus ojos se oscurecieron de deseo al verlos, los pezones endurecidos como piedras preciosas. "Estás de infarto, mi reina", gruñó, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con una lentitud tortuosa que me arqueó la espalda. El roce de su barba incipiente contra mi piel sensible era eléctrico, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna. Yo enredé las piernas alrededor de su cintura, frotándome contra él, sintiendo cómo mi humedad empapaba mis bragas de encaje.

Nos levantamos del sillón en un enredo de miembros, tropezando un poco con la mesita donde quedaban las botellas de Corona medio vacías. Reímos como chavos, pero la risa se convirtió en jadeos cuando él me cargó hasta la recámara, sus brazos fuertes sin esfuerzo. El colchón king size nos recibió con un crujido suave, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Franco se quitó la camisa de un jalón, revelando ese torso esculpido por el sol y el trabajo, músculos que se contraían con cada movimiento. Yo lo jalé hacia mí, arañando su espalda con las uñas, dejando marcas rojas que él adoraba. "Te quiero adentro, cabrón, no me hagas esperar", le susurré al oído, mi voz ronca de necesidad.

Pero él, pícaro como siempre, quiso jugar. Sus dedos bajaron por mi vientre, desabrochando la falda y quitándome las bragas con dientes. El aire rozó mi sexo expuesto, húmedo y palpitante, y gemí fuerte cuando su boca se posó allí. Su lengua era un torbellino, lamiendo mi clítoris con expertise, chupando mis labios hinchados. Olía a mí, a esa esencia almizclada de mujer en celo mezclada con su saliva. "¡Ay, Franco, qué rico! ¡No pares, wey!", grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara, el sonido húmedo de succión llenando la habitación como música prohibida. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, bombeando lento al principio, luego más rápido, mientras su pulgar frotaba mi botón con círculos precisos.

La tensión subía como olla exprés, mi cuerpo temblando al borde del abismo. En mi mente, flashes de Pasión de Gavilanes capítulo 81: los amantes entregándose sin reservas, igual que nosotros ahora. Esto era nuestro, puro y ardiente, sin dramas de novela pero con la misma intensidad. "Ven, mi amor, fóllame ya", le rogué, jalándolo arriba. Franco se desabrochó el cinturón con prisa, liberando su verga dura como hierro, venosa y gruesa, la punta brillando de precúm. La frotó contra mi entrada, lubricándonos mutuamente, torturándome con roces que me hacían suplicar.

Finalmente, se hundió en mí de un solo empujón profundo, llenándome hasta el fondo. "¡Chingado, qué prieta estás!", rugió él, sus ojos clavados en los míos mientras empezaba a moverse. El ritmo era feroz, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo impregnando el aire. Yo clavaba las uñas en sus hombros, mis tetas rebotando con cada estocada, el placer construyéndose en olas que me nublaban la vista. Él me besaba el cuello, mordisqueando, dejando chupetones que mañana serían medallas. Cambiamos de posición: yo arriba, cabalgándolo como amazona, mis caderas girando en círculos mientras él me apretaba la cintura, guiándome. "¡Sí, así, mami, muévete rico!", animaba, su voz entrecortada.

El clímax nos golpeó como rayo. Sentí el orgasmo explotar desde mi centro, contracciones que ordeñaban su polla, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras el mundo se volvía blanco. Franco me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente inundándome en chorros potentes. Nos quedamos unidos, temblando, sudorosos, el pecho de él subiendo y bajando contra el mío. El silencio solo roto por nuestras respiraciones agitadas y el zumbido lejano de la tele, que seguramente ya había pasado el capítulo.

Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, yo trazaba círculos en su pecho con el dedo. "Ese Pasión de Gavilanes capítulo 81 nos prendió chido, ¿verdad?", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos, el cuerpo lánguido y pleno.

Esto era mejor que cualquier novela: nuestra pasión real, mexicana, de a de veras
. Afuera, la luna bañaba la hacienda en plata, prometiendo más noches así, eternas como nuestro fuego.

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