Papa de Paloma Abismo de Pasion
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín abajo. Yo, Paloma, de veintiocho años, con mi piel morena brillando bajo la luz, me miré en el espejo del vestidor. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante impaciente, mis pechos firmes asomando juguetones, y mis caderas anchas listas para el meneo. Hacía semanas que no veía a Ricardo, mi papa de Paloma, ese hombre maduro de cuarenta y cinco que me había conquistado con su voz grave y sus manos expertas. Él no era mi padre, ¡ni de chiste! Era mi carnal, mi dueño en la cama, el que me hacía volar como la paloma de mi nombre.
El timbre sonó, un eco profundo que me erizó la piel. Abrí la puerta y ahí estaba, alto, con su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro de su pecho, olor a colonia cara y tabaco fino. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo. "Mi Palomita", murmuró con esa voz que me ponía los vellos de punta, "te extrañé, chula". Me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a tequila reposado y deseo crudo. Sus manos grandes me apretaron la cintura, y sentí su verga ya dura contra mi vientre. El corazón me latía como tamborazo en fiesta, y un calor húmedo se extendía entre mis piernas.
Nos tropezamos hasta la sala, riendo como pendejos enamorados. "¿Cómo has estado, mi vida?", preguntó mientras me sentaba en el sofá de terciopelo, sus dedos trazando la curva de mi cuello. Le conté de mi trabajo en la galería de arte, de las noches solas soñando con él, pero mi voz se quebraba porque lo único que quería era que me arrancara el vestido. Él se arrodilló frente a mí, sus manos subiendo por mis muslos, oliendo mi excitación que ya empapaba mis panties de encaje. "Eres mi abismo de pasión, Paloma", susurró, y esas palabras me prendieron como mecha. Papa de Paloma, abismo de pasion, pensé, repitiendo en mi mente como mantra mientras él besaba mi piel suave, dejando un rastro de saliva caliente.
La tensión crecía lenta, como el hervor de un mole en olla de barro. Me recargué en el sofá, mis pezones duros como piedras rozando la tela del vestido. Ricardo me miró con hambre, sus ojos brillando. "Quítatelo todo, mamacita", ordenó suave pero firme, y obedecí, deslizando el vestido por mis hombros. Mis tetas saltaron libres, grandes y redondas, y él gruñó de placer, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Se quitó la camisa, mostrando su torso musculoso, marcado por el gym y el sol de Acapulco donde veraneaba. El olor de su sudor fresco me mareó, y lamí sus pezones salados mientras él me masajeaba los senos, pellizcando suave hasta que gemí alto.
¡Dios, este hombre me vuelve loca! Cada toque es fuego, cada mirada un imán que me jala al borde.
Sus dedos bajaron a mi concha, resbaladizos por mis jugos. "Estás chorreando, Palomita", dijo riendo pícaro, y metió dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chuposo de mi humedad llenaba la sala, mezclado con mis jadeos y el tráfico lejano de Reforma. Me arqueé, clavando uñas en sus hombros, sintiendo el latido de su polla contra mi pierna. "Chíngame con la boca, papi", supliqué, y él no se hizo rogar. Bajó la cabeza, su lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando como si fuera el mango más dulce de Michoacán. Saboreé mi propio olor almizclado en su aliento cuando me besó después, y le devolví el favor, arrodillándome para sacar su verga gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum.
La chupé despacio al principio, saboreando la sal de su piel, el sabor terroso que me hacía salivar más. Él enredó sus dedos en mi cabello negro largo, guiándome sin forzar, "Así, mi reina, trágatela toda". La metí hasta la garganta, gimiendo con la vibración, mis labios estirados alrededor de su grosor. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y feromonas, y el sol poniente pintaba nuestras sombras danzantes en la pared. Pero no era solo físico; en mi cabeza giraban recuerdos de nuestras noches en su yate en Puerto Vallarta, donde me había confesado que yo era su abismo de pasión, el vacío que solo yo llenaba.
La intensidad subió como ola en太平洋. Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. Me tiró suave, abriéndome las piernas como alas de paloma. "Te voy a llenar, mi amor", prometió, frotando su verga contra mi entrada empapada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando dentro, el calor de su cuerpo cubriéndome, su peso reconfortante. Gemí largo, "¡Ay, papi, qué rica tu verga!", y él empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse profundo.
El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudábamos, el olor salado mezclándose con mi perfume de vainilla. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, y me dio nalgadas suaves que ardían placenteras. "Eres mía, Paloma, mi paloma en el abismo", gruñó, y yo respondí arqueándome más, empujando contra él. En mi mente, flashes de duda: ¿Y si esto es solo pasión fugaz? ¿Y si él se cansa? Pero sus palabras me disiparon el miedo: "Te amo, chula, para siempre". El clímax se acercaba, mi concha apretándolo como puño, mis paredes contrayéndose.
Explotamos juntos. Él se hundió una última vez, gritando mi nombre mientras su leche caliente me inundaba, chorro tras chorro. Yo me vine temblando, olas de placer desde el clítoris hasta la nuca, mordiendo la almohada para no gritar como loca. Colapsamos, jadeantes, su cuerpo sobre el mío, besos suaves en mi espalda sudada. El cuarto quieto salvo nuestros respiros, el sol ya oculto dejando una penumbra morada.
Después, en la afterglow, nos duchamos juntos bajo el agua caliente que olía a jabón de lavanda. Sus manos me enjabonaron tierno, lavando el sudor pero no el recuerdo. Secos, nos acostamos envueltos en toallas, él acariciando mi cabello. "Eres mi todo, Palomita. Mi papa de Paloma en este abismo de pasion", bromeó, y reímos. Sabía que volvería, que esto no era fin sino principio. En sus brazos, me sentía completa, empoderada, dueña de mi deseo. La noche caía sobre la ciudad, prometiendo más fuegos.