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Pasion Prohibida Capitulo 79 El Susurro del Pecado

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Pasion Prohibida Capitulo 79 El Susurro del Pecado

La noche en la hacienda de mi familia en las afueras de Guadalajara olía a jazmín y a tierra mojada después de la lluvia. Yo, Sofia, de treinta y dos años, con mi piel morena brillando bajo la luz de la luna llena, no podía dejar de mirar a Diego, mi cuñado. Él era el hermano menor de mi esposo, pero desde hace años, esa pasion prohibida ardía en mi pecho como un volcán a punto de estallar. Esta era la Pasion Prohibida Capitulo 79 de mi vida secreta, el momento en que el deseo se volvía insoportable.

Estábamos en la fiesta familiar por el cumpleaños de mi suegra. El mariachi tocaba rancheras que hacían vibrar el aire con trompetas alegres y guitarras roncas. Mi esposo, Ramón, charlaba con los tíos en la terraza, ajeno a todo, con una cerveza en la mano. Diego, alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, se acercó a mí en el jardín, donde las luces de colores parpadeaban como estrellas caídas.

¿Por qué carajos me mira así? Su olor a colonia fresca y sudor masculino me revuelve las tripas. Neta, Sofia, contrólate, es tu cuñado, pendeja.

"¿Todo bien, cuñada?", me dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Sus ojos cafés me recorrían el escote de mi vestido rojo ajustado, el que me ponía solo para provocarlo en secreto. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mi corazón latía como tambor en una conga.

La tensión empezó cuando bailamos un son. Sus manos grandes en mi cintura, firmes pero tiernas, me apretaron contra su pecho duro. Sentí su verga semi-dura rozando mi muslo a través de la tela. Órale, qué chingón se siente, pensé, mientras el aroma de su piel salada me invadía las fosas nasales. El roce de su aliento en mi cuello era como fuego líquido.

Acto primero: el juego de miradas y toques casuales. Nos separamos cuando Ramón se acercó, pero Diego me guiñó un ojo, prometiendo más. Me escapé al baño de la hacienda, un cuarto amplio con azulejos coloniales y un espejo enorme. Me miré: pezones duros marcando el vestido, cachetes sonrojados. Me toqué entre las piernas por encima de la tanga, ya empapada. Esto es una locura, pero lo quiero tanto...

Regresé y lo encontré esperándome en el pasillo oscuro, lejos de la fiesta. "Sofi, no aguanto más", murmuró, jalándome hacia un cuarto vacío lleno de muebles viejos cubiertos de sábanas. Cerró la puerta con llave. El aire estaba cargado de polvo y deseo.

Sus labios cayeron sobre los míos como una tormenta. Beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a tequila y menta. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido. "Eres tan rica, cuñada", gruñó, mordisqueando mi oreja. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

Acto segundo: la escalada. Me empujó contra la pared, fría contra mi espalda caliente. Bajó la boca a mi cuello, lamiendo, chupando, dejando marcas que mañana tendría que esconder.

¡Qué delicia! Su lengua es como terciopelo mojado, me hace temblar entera.
Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que olía a hombre puro. La apreté, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado como el mío.

"Te quiero dentro, Diego, neta, fóllame ya", le supliqué, voz ronca. Él sonrió pícaro, ese carnal prohibido que me volvía loca. Me quitó la tanga de un jalón, tirándola al piso. Sus dedos exploraron mi panocha húmeda, resbaladiza, metiéndose dos de golpe. Jadeé, arqueándome, el sonido de mis jugos chorreando era obsceno y delicioso. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, mamacita?", dijo, mientras me masturbaba lento, torturándome.

Lo empujé al sillón viejo, me subí encima a horcajadas. Su verga rozó mi clítoris, enviando chispas por mi espina. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! Tan grueso, tan perfecto, me estira delicioso. Empecé a mover las caderas, cabalgándolo con ritmo de cumbia, pechos rebotando. Él los atrapó, chupando un pezón, mordiendo suave, mientras sus manos amasaban mi culo redondo.

El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el slap-slap de piel contra piel, el olor almizclado de sexo flotando pesado. Sudábamos, cuerpos pegajosos, resbalosos. "Más rápido, Sofia, ¡chinga más duro!", ordenó, y obedecí, acelerando, sintiendo el orgasmo construyéndose como ola gigante. Sus dedos en mi clítoris, frotando en círculos, me llevaron al borde.

Pero paramos un segundo, mirándonos a los ojos. "Esto es pasion prohibida, carnal, pero lo necesitamos", susurró. Asentí, besándolo profundo. Volvimos al frenesí. Él me volteó, de perrito contra el sillón. Entró de nuevo, embistiendo fuerte, bolas golpeando mi culo. Cada thrust era un trueno, mi goma gritando placer. "¡Sí, así, pendejo, dame todo!", grité, perdida en la lujuria.

La intensidad subió: sus manos en mi pelo, jalando suave, dominándome sin forzar. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo. El clímax llegó como terremoto. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo, olas de placer me sacudieron, piernas temblando, visión borrosa. Él gruñó, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome, goteando por mis muslos.

Acto tercero: el afterglow. Colapsamos en el sillón, jadeantes, abrazados. Su semen escurría tibio, mezclándose con mis jugos. Besos suaves ahora, caricias perezosas. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana entreabierta. "Eres mi vicio, Sofi", murmuró, acariciando mi pelo revuelto.

En este capitulo 79 de nuestra pasion prohibida, encontré paz en sus brazos. ¿Y ahora qué? Ramón duerme ajeno, pero este fuego no se apaga.

Nos vestimos rápido, riendo bajito como chavos traviesos. Salimos por separado, yo primero, arreglándome el maquillaje en el espejo. La fiesta seguía, mariachi sonando "Cielito Lindo". Ramón me abrazó: "¿Dónde estabas, mi reina?". "En el baño, amor", mentí con sonrisa inocente.

Diego me miró desde lejos, promesa en los ojos. Esta pasion prohibida no termina aquí. Mañana, en la hacienda sola, capitulo 80. Mi piel aún hormigueaba, coño sensible recordándome cada embestida. Caminé con piernas flojas, saboreando el secreto dulce en mi boca.

La noche terminó con estrellas testigos, y yo, Sofia, más viva que nunca en este torbellino de deseo culpable pero glorioso.

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