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Cuanto Dura La Pelicula La Pasion De Cristo En Nuestra Noche Prohibida

6782 palabras

Cuanto Dura La Pelicula La Pasion De Cristo En Nuestra Noche Prohibida

Estás sentada en el sillón mullido de tu departamento en la Condesa, con las luces bajas y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Es Viernes Santo, pero para ti y Marco, no hay nada santo en lo que planean esta noche. Afuera llueve a cántaros, el golpeteo constante en las ventanas crea un ritmo hipnótico que acelera tu pulso. Marco, ese moreno alto con ojos que queman como tequila puro, se acomoda a tu lado con la laptop en las manos.

—¿Y cuánto dura la película La Pasión de Cristo, wey? le preguntas con una sonrisa pícara, sabiendo que la respuesta no importa tanto como lo que pasará mientras la ven.

Él ríe bajito, ese sonido ronco que te eriza la piel. —Como dos horas, mi reina. Suficiente pa' que nos calentemos bien chido. Pulsa play y la pantalla se ilumina con las imágenes crudas, el latín gutural y los gemidos de sufrimiento llenan la habitación. Te recargas en su pecho, sientes el calor de su cuerpo a través de la playera delgada, su corazón latiendo fuerte contra tu oreja. El aroma de su colonia, mezclado con su sudor natural, te invade las fosas nasales, dulce y masculino, como tierra mojada después de la lluvia.

Al principio, solo miran. Las escenas de flagelación hacen que aprietes los muslos sin darte cuenta, un cosquilleo traicionero sube por tu vientre. Marco acaricia tu brazo distraídamente, sus dedos ásperos de tanto trabajar en el gym rozan tu piel suave, enviando chispas directas a tu centro.

¿Por qué esta película tan brutal me pone así de cachonda? Neta, soy una pervertida.
Piensas, mordiéndote el labio mientras el látigo virtual azota la pantalla.

Pasan quince minutos y su mano baja a tu muslo, apretando con gentileza. Tú giras la cara, buscas su boca. El beso empieza suave, labios rozando labios, sabor a chicle de menta y algo más profundo, salado. Pero pronto se vuelve hambriento, lenguas enredándose como serpientes en éxtasis. El sonido de la película se pierde en tus jadeos, el crack de los azotes ahora eco en tu imaginación, transformado en promesas de placer doloroso.

Marco te jala sobre su regazo sin pausar el video, tus rodillas a los lados de sus caderas. Sientes su verga dura presionando contra tu entrepierna a través de los jeans, gruesa y pulsante. —Estás mojada ya, ¿verdad, preciosa? murmura contra tu cuello, su aliento caliente humedeciendo tu piel. Asientes, gimiendo bajito mientras frotas contra él, el roce áspero de la tela contra tu clítoris hinchado te hace arquear la espalda.

Acto dos de la noche: las manos exploran. La tuya se cuela bajo su playera, palpas los abdominales marcados, duros como piedra tallada, bajando hasta el botón de su pantalón. Él desabrocha tu blusa con dedos temblorosos, libera tus tetas que rebotan libres, pezones erectos rogando atención. Los chupa uno a uno, succionando con fuerza, el pop húmedo al soltarlos resuena en tus oídos. Saben a sal y deseo, su lengua girando círculos que te hacen retorcerte.

—Ay, Marco, no pares... me traes loca, pendejo. Le dices entre risas ahogadas, tirando de su cabello negro revuelto. Él gruñe, un sonido animal que vibra en tu pecho, y te baja los shorts junto con las tangas. El aire fresco besa tu coño expuesto, empapado y brillante. Sus dedos se deslizan entre tus labios hinchados, separándolos con delicadeza, rozando el clítoris en círculos lentos. Joder, qué resbaloso estás, dice, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que te hace ver estrellas.

La película sigue de fondo, ahora las clavadas en la cruz, pero tú ya no ves nada. Solo sientes: el estiramiento delicioso de sus dedos bombeando, el jugo chorreando por tus muslos, el olor almizclado de tu excitación mezclándose con el suyo. Tus caderas se mueven solas, cabalgando su mano, el sonido obsceno de chapoteo ahogando los gritos del Cristo en pantalla.

Esto dura más que la pinche película, neta. Quiero que no pare nunca.

Marco te voltea con facilidad, te pone a cuatro patas en el sillón, el cuero pegajoso contra tus rodillas. Baja su zipper y su verga salta libre, venosa y roja, goteando precum. La frotas contra tu culo, sintiendo cada vena pulsando, el calor irradiando. —Dime si quieres que te coja, mi amor, pide, siempre tan cabrón pero respetuoso. —Sí, métemela ya, no seas mamón. Respondes, empujando hacia atrás.

Entra despacio, centímetro a centímetro, el glande abriéndote como una promesa cumplida. Gritas de placer, el estiramiento quema rico, llenándote hasta el fondo. Empieza a bombear, lento al principio, cada embestida profunda tocando tu cervix con un golpe sordo. Sientes cada vena arrastrando tus paredes internas, el sudor goteando de su frente a tu espalda, salado en tu lengua cuando lo pruebas.

La intensidad sube. Agarra tus caderas con fuerza, uñas clavándose levemente, dejando marcas rojas que mañana recordarán esta noche. Tú arqueas más, ofreciéndote, el clítoris rozando el sillón con cada thrust. Fóllame más duro, wey, suplicas, y él obedece, acelerando, piel contra piel en palmadas rítmicas, plaf plaf plaf. El olor a sexo impregna todo, espeso y embriagador, tu boca sabe a él porque te voltea para besarte mientras te penetra.

Inner struggle: por un segundo, dudas, el peso de la Semana Santa en tu católica upbringing, pero el placer lo borra.

Que se joda la culpa, esto es mi pasión, mi cristo personal.
Piensas, mientras sus bolas golpean tu clítoris, empujándote al borde.

El clímax llega como una crucifixión de gozo. Tus paredes se aprietan alrededor de su verga, ordeñándola, un orgasmo que te sacude entera, piernas temblando, visión borrosa. Gritas su nombre, ¡Marco, ay Dios! Él sigue unas embestidas más, gruñendo como bestia, y explota dentro, chorros calientes pintando tus entrañas, el pulso de su corrida sincronizado con tu corazón desbocado.

Caen juntos, exhaustos, la película terminando sola en pausa. Su verga se ablanda adentro, un río de semen escurriendo por tus muslos. Te abraza por detrás, besos suaves en la nuca, el aroma de ambos calmándose en sudor compartido. —Cuánto duró eso, más que la película, ¿no? Bromea él, riendo contra tu piel.

Tú sonríes, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual.

Duró lo justo para redimirnos a los dos.
Piensas, mientras la lluvia afuera amaina, dejando un silencio bendito. Mañana será otro día, pero esta noche, la pasión fue eterna.

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