Atlas La Otra Pasión
Entré al gimnasio Atlas en Guadalajara con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. El aire olía a sudor fresco mezclado con ese aroma metálico de las pesas y un toque de desinfectante que no lograba tapar la testosterona pura que flotaba en el ambiente. Tenía veintiocho años, curvas que ya no cabían en mis jeans favoritos, y una necesidad ardiente de cambiar eso. Órale, Sofía, échale ganas, me dije mientras firmaba la ficha de inscripción.
Ahí estaba él, Atlas, el entrenador estrella. No era su nombre real, güey, sino el apodo que le pusieron por cargar el mundo sobre sus hombros anchos como puertas de hacienda. Medía como dos metros, piel morena curtida por el sol jalisciense, músculos que se marcaban bajo una playera negra ajustada, y unos ojos negros que te taladraban hasta el alma. Pelo rapado, barba de tres días, y un tatuaje en el pecho que asomaba: un mapa estilizado del mundo.
¿Atlas la otra pasión? ¿Qué chingados será eso?Lo leí en un cartel viejo de la pared, como si fuera el lema del gym.
Me acerqué con mi colchoneta bajo el brazo, fingiendo seguridad. —Hola, soy Sofía, nueva aquí. Quiero tonificar, ¿me echas la mano? Mi voz salió más ronca de lo planeado. Él giró, me midió de pies a cabeza sin disimulo, y sonrió con dientes blancos perfectos.
—Claro, mamacita. Soy Atlas. Empecemos con squats. Tú pones el culo en pompa, yo te cuido la forma. Su voz grave retumbó en mi pecho, vibrando como el bajo de un corrido. Me puse en posición, sentí sus manos grandes posarse en mis caderas para corregirme. Calor. Piel contra lycra. Su aliento cálido en mi nuca, oliendo a menta y hombre. Neta, ya estoy mojadita, pensé mientras mis muslos temblaban no solo por el peso.
Las sesiones siguientes fueron puro fuego lento. Atlas me corregía cada movimiento: flexiones donde su torso rozaba mi espalda, deadlifts donde sus dedos rozaban mis glúteos. Sudor goteaba por su cuello, salado, tentador. Yo lo olía, lo probaba en el aire. Platicábamos entre series. —El boxeo es mi vida, Sofi. Puro golpe, puro control. Pero hay la otra pasión que no le cuento a nadie. Sus ojos se oscurecían, prometiendo secretos. Yo reía, coqueteando. —Ay, pendejo, no me dejes con la duda. ¿Fútbol? ¿Tequila?
Una noche, después de un entrenamiento brutal, mis piernas eran gelatina. —Atlas, neta no puedo ni caminar. ¿Me das un masaje? jugué, mordiéndome el labio. Él dudó, pero asintió. Cerró el gym, solo nosotros bajo luces fluorescentes que parpadeaban como estrellas chuecas. Me tumbó en la colchoneta, manos aceitadas deslizándose por mis pantorrillas. Firme, pero suave. Subió a muslos, pulgares presionando nudos que explotaban en placer. Gemí bajito. —Shh, relájate, reina. Su voz era ronca ahora, aliento caliente en mi piel.
El toque escaló. Dedos rozando el borde de mis shorts, enviando chispas a mi centro. Me volteé, lo miré. —¿Esta es la otra pasión, Atlas? Sus pupilas se dilataron. Se inclinó, labios rozando los míos. —Sí, carajo. Tú la despertaste. El beso fue hambre pura: lenguas enredándose, sabor a sal y deseo, manos enredadas en pelo. Lo jalé encima, sintiendo su dureza contra mi vientre. Dios, qué verga tan gruesa, pensé mientras la sentía palpitar.
Acto dos del infierno bendito. Me quitó la blusa con urgencia controlada, besando cada centímetro de piel expuesta. Pezones duros como piedras bajo su lengua áspera, succionando hasta que arqueé la espalda gimiendo ¡órale, sí!. Sus manos everywhere: amasando senos, bajando a mi panocha ya empapada. Dedos expertas abriendo labios, frotando clítoris en círculos perfectos. —Estás chingona mojada, Sofi. Para mí. Olía a sexo, a feromonas mexicanas crudas.
Lo desvestí, piel contra piel. Su pecho tatuado brillaba de sudor, músculos contrayéndose bajo mis uñas. Bajé, besando abdominales marcados como lavadero de piedra. Su verga saltó libre, venosa, cabeza morada goteando precum. La lamí, salada, musgosa, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía ¡puta madre, qué rica chupas!. Manos en mi cabeza guiando, pero suave, consensual puro.
Me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura. Espalda contra espejo frío del gym, contraste brutal con su calor. Me penetró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —Míranos, Sofi. Tú y yo, Atlas la otra pasión. Empujones profundos, pelvis chocando con slap slap húmedo. Sentía cada vena rozando paredes internas, clítoris frotando su pubis. Gemidos ecoando en el vacío del gimnasio, olor a sexo impregnando todo.
Cambié posiciones, instinto animal. A cuatro patas en la colchoneta, él detrás, jalando mi pelo como riendas. ¡Más fuerte, cabrón! grité, y obedeció, cachetadas suaves en nalgas que ardían placenteras. Dedos en clítoris mientras me taladraba, building tensión como volcán. Sudor chorreando, mezclado, resbaloso. Mi corazón retumbaba, pulso en oídos, piel erizada.
Interno:
Esto es más que gym. Es liberación. Su fuerza no solo corporal, también alma. La otra pasión que Atlas escondía, ahora mía.
El clímax llegó en olas. Primero yo, contrayéndome alrededor de su verga, gritando ¡me vengo, Atlas!, jugos chorreando por muslos. Él siguió, embistiendo salvaje, luego rugió liberándose dentro, caliente, llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, besos lentos post-orgasmo.
Acto final, afterglow perfecto. Acostados en colchoneta, su cabeza en mi pecho, dedo trazando mi curva. —Neta, Sofi, el boxeo es chido, pero esto... la otra pasión es contigo. Quédate. Reí suave, oliendo su pelo, sintiendo paz. Afuera, Guadalajara nocturna susurraba con cláxones lejanos, pero aquí, en Atlas, habíamos encontrado nuestro mundo.
Salimos tomados de la mano, cuerpos aún zumbando. Mañana otro entrenamiento, pero ahora con promesa de más. Atlas la otra pasión: no solo músculos, sino fuego compartido. Y yo, adicta para siempre.