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Pasión por Enseñar el Placer

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Pasión por Enseñar el Placer

Yo soy Ana, profesora de literatura en la UNAM, y desde que pisé un aula por primera vez, sentí esa pasión por enseñar que me quema por dentro. No es solo transmitir palabras de poetas olvidados o analizar rimas; es algo más profundo, carnal. Me encanta ver cómo los ojos de mis alumnos se iluminan cuando captan una idea, cómo sus cuerpos se inclinan hacia adelante, ansiosos por más. Pero con Alejandro, mi alumno estrella de posgrado, todo cambió. Él no era un chamaco cualquiera; a sus veintiocho años, con esa barba recortada y esos ojos cafés que te desnudan sin piedad, era un hombre hecho y derecho.

Era una tarde calurosa en México City, de esas donde el sol pega como plomo derretido y el aire huele a tacos de la esquina y escape de micros. Lo cité en mi oficina después de clases, pretextando una tutoría extra sobre Los detectives salvajes de Bolaño. "Ven solo, carnal", le dije por WhatsApp, con un emoji de guiño que ya era demasiado obvio. Cuando entró, el ventilador zumbaba perezoso, revolviendo el aroma de mi perfume de jazmín mezclado con el sudor fresco de su camisa ajustada. Se sentó frente a mi escritorio, sus muslos fuertes rozando la madera, y yo sentí un cosquilleo en el estómago.

"Mira, profe, este pinche libro me tiene loco. ¿Cómo carajos Bolaño mete tanto deseo en unas páginas?"
me soltó con esa voz grave, ronca, como si estuviera confesando un pecado. Yo crucé las piernas bajo la falda lápiz, sintiendo el roce de la tela en mis muslos suaves, ya húmedos de anticipación. Le sonreí, ladeando la cabeza.

—Es el lenguaje del cuerpo, Alejandro. La literatura no es solo palabras; es piel, es aliento caliente en la nuca, es el pulso acelerado cuando sabes que vas a cruzar la línea.

Él tragó saliva, y vi cómo su nuez de Adán subía y bajaba. El silencio se espesó, roto solo por el zumbido del ventilador y el lejano claxon de un Vocho en Insurgentes. Me levanté despacio, rodeando el escritorio, mis tacones cliqueando contra el piso de loseta. Me paré detrás de él, mis manos rozando apenas sus hombros anchos. Olía a jabón y a hombre, a esa esencia masculina que me ponía la piel de gallina.

Acto primero: la chispa. Le masajeé los hombros con dedos expertos, sintiendo los nudos de tensión deshacerse bajo mis yemas. Qué delicia, este pendejo está hecho para mis manos, pensé mientras su cabeza caía hacia atrás, rozando mi vientre. —Déjame enseñarte algo mejor que un libro —susurré, mi aliento cálido en su oreja. Él giró la silla, sus ojos clavados en mis tetas que asomaban generosas por la blusa entreabierta. No pidió permiso; solo extendió la mano y la posó en mi cadera, apretando con esa fuerza que me hizo gemir bajito.

La tensión creció como una tormenta en el DF. Nos besamos allí mismo, sus labios carnosos devorando los míos con hambre de lobo. Sabía a café de olla y a menta, su lengua invadiendo mi boca como un verso prohibido. Lo jalé hacia mí, sintiendo su verga dura presionando contra mi monte de Venus a través de la tela. Mi pasión por enseñar ardía ahora por otro lado: quería mostrarle cómo una mujer como yo podía hacerlo volar.

Lo empujé contra el escritorio, desabrochando su camisa con urgencia. Sus pectorales duros, cubiertos de vello negro, brillaban con un sudor ligero que olía a sal y deseo. Lamí su cuello, mordisqueando la piel salada, mientras mis uñas arañaban su espalda. —Quítame la falda, güey —le ordené, y él obedeció como un alumno aplicado, sus dedos temblorosos bajando la cremallera. La tela cayó, revelando mis tangas de encaje negro empapadas. Él jadeó, arrodillándose ante mí como si fuera una diosa azteca.

En el medio del acto, la escalada fue brutal. Sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con gentileza pero firmeza. Sentí su aliento caliente en mi concha, el roce de su barba raspando la piel sensible. —Profe, estás chingona —murmuró antes de hundir la lengua. Dios, qué placer: succionaba mi clítoris como si fuera un dulce de tamarindo, lamiendo mis jugos con gemidos guturales. Yo me aferré a su pelo, mis caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca llenando la oficina.

"No pares, cabrón, enséñame tú a gozar así"
, pensé en gritar, pero solo escaparon ahogos roncos.

Lo subí, besándolo para probarme en su boca, salada y dulce a la vez. Le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante como un corazón desbocado. La envolví con mi mano, sintiendo el calor irradiar, el pulso bajo la piel aterciopelada. —Ven, déjame enseñarte cómo se hace —le dije, guiándolo a la mesa. Me recosté, abriendo las piernas, invitándolo con la mirada. Él se colocó entre ellas, la punta rozando mi entrada húmeda, lubricada por sus besos previos.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada latido, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus brazos. Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, como un son jarocho que acelera. El escritorio crujía bajo nosotros, papeles volando, el ventilador azotando el aire caliente. Sudor goteaba de su frente al valle de mis tetas, que rebotaban con cada embestida. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, mi crema íntima de vainilla mezclada con sus fluidos.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como una amazona en Xochimilco. Sus manos amasaban mis nalgas, azotándolas suave, el chasquido resonando erótico. Esta es mi pasión por enseñar: el placer sin límites, el cuerpo como pizarrón vivo. Él gruñía, "¡Ana, estás cañón, me vas a matar!", y yo aceleré, sintiendo el orgasmo acercarse como un metro en hora pico.

Lo volteé a perrito, él detrás, embistiéndome profundo. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, un slap-slap rítmico que me volvía loca. Alcancé mi clímax primero: un estallido de fuego líquido, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre mientras oleadas de placer me sacudían. Él no tardó; con un rugido animal, se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeantes, pieles pegajosas unidas.

En el final, el afterglow fue puro éxtasis. Nos quedamos abrazados en el piso, el fresco de la loseta calmando nuestros cuerpos ardientes. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a nosotros, a semen y sudor dulce, el jazmín persistente. Le acaricié el pelo húmedo, besando su frente.

—Eso fue mejor que cualquier clase, profe —dijo riendo bajito, su voz perezosa.

—Es solo el principio, mi amor. Mi pasión por enseñar no tiene fin. Mañana, más lecciones.

Nos vestimos entre besos robados, el sol poniéndose tiñendo la ventana de naranja. Salimos juntos, tomados de la mano, listos para más aventuras en esta ciudad que nunca duerme. Y yo, Ana, supe que había encontrado al alumno perfecto para mi fuego eterno.

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