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Tierra de Pasiones Reparto Ardiente

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Tierra de Pasiones Reparto Ardiente

La hacienda en las afueras de Guadalajara brillaba bajo el sol del mediodía, con sus paredes de adobe rojo y buganvillas trepando como lenguas de fuego. Yo, Ana, acababa de llegar al set de Tierra de Pasiones, esa telenovela que prometía ser el escándalo del año. El reparto estaba completo: actores guapos, actrices despampanantes y un guion lleno de traiciones, amores imposibles y pasiones desbordadas. Pero lo que nadie sabía era que detrás de las cámaras, el calor se ponía de verdad intenso.

Me acomodé en mi camerino, oliendo a jazmín fresco del jardín. El maquillaje me picaba un poco la piel, pero valía la pena. Hoy tocaba la escena clave: mi personaje, la hacendada ardiente, seduciendo al capataz. Y ese capataz era Luis, el wey más chulo del reparto de Tierra de Pasiones. Alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin decir palabra. Cada vez que ensayábamos, sentía un cosquilleo en el estómago, como si el aire se cargara de electricidad.

¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? Es solo trabajo, Ana, contrólate
, me dije mientras me ponía el vestido escotado de encaje blanco. Pero neta, su voz grave cuando decía "mi reina" en los ensayos me ponía la piel de gallina.

El director gritó "¡Acción!" y ahí estábamos, frente a frente en el patio principal. El sol calentaba las piedras, el aroma a tierra húmeda y caballos se mezclaba con su colonia masculina. Luis me tomó de la cintura, sus manos grandes y callosas rozando mi piel a través de la tela fina. Qué delicia, pensé, mientras él susurraba la línea: "En esta tierra de pasiones, tú eres mi dueña". Su aliento cálido en mi cuello me erizó todo el cuerpo. La cámara capturaba el beso falso, pero para mí no lo era. Sus labios carnosos presionaron los míos con una fuerza que me dejó jadeando cuando cortaron la toma.

¡Corte! Perfecto, muchachos —dijo el director, ajeno a la tensión real que vibraba entre nosotros.

Luis no me soltó de inmediato. Sus ojos negros me clavaron en el sitio. Quiere más, supe en ese instante. Yo también. El corazón me latía como tambor en fiesta patronal.

Después del almuerzo, el reparto se dispersó. Yo me fui a mi camerino a refrescarme. El sudor perlaba mi escote, y el ventilador zumbaba perezoso. De repente, la puerta se abrió sin tocar. Era él, Luis, con la camisa entreabierta mostrando el pecho moreno y velludo.

—Ana, hermana, ¿podemos platicar de la escena? —dijo con esa sonrisa pícara que lo hacía irresistible.

—Pasa, wey. Pero cierra la puerta, que no quiero chismes del reparto.

Entró y el espacio se achicó. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo crudo. Se sentó en el sofácito, yo en la silla frente a él. Hablamos del guion, pero las palabras se volvían densas, cargadas. Sus rodillas rozaron las mías, y sentí un calor subiendo por mis muslos.

Neta, Ana, invítalo. ¿Qué esperas? Esto es Tierra de Pasiones en vivo
.

—Luis, la escena... ¿sentiste lo mismo que yo? —pregunté, mi voz ronca.

Él se levantó, se acercó despacio. —Sí, reina. Y no solo en la escena.

Sus manos volvieron a mi cintura, esta vez sin cámaras. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron en un beso verdadero, hambriento. Sabía a café y a menta, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito cuando me levantó en brazos y me sentó en el tocador, derribando frascos de crema que rodaron con ruido sordo.

Acto dos de nuestra propia telenovela. Sus dedos desabrocharon mi vestido, exponiendo mis pechos al aire fresco. Los besó, lamió mis pezones duros como piedras de obsidiana, chupándolos hasta que arqueé la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! El placer me recorrió como corriente eléctrica, bajando hasta mi entrepierna húmeda.

Estás mojada para mí, ¿verdad? —murmuró contra mi piel, su voz vibrando en mi carne.

Sí, pendejo, hazme tuya —respondí, clavando uñas en su espalda musculosa.

Me bajó las bragas de un tirón, sus dedos gruesos abriéndose paso en mi calor. Jadeé al sentirlo deslizarse dentro, frotando ese punto que me volvía loca. El sonido húmedo de mis jugos mezclados con sus caricias llenaba el camerino, junto a nuestros jadeos ahogados. Olía a sexo, a piel sudada y a la promesa de más.

Pero quería más. Lo empujé al sofá y me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. Chingón, pensé, lamiendo la punta salada. La tragué despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, sus gemidos roncos animándome. "¡Ana, qué chida chupas, wey!" Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro placer mutuo.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me levantó, me volteó contra el espejo. Vi nuestros reflejos: yo con el pelo revuelto, él detrás, ojos fieros de deseo. Entró en mí de un embiste suave pero profundo, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío, qué grande! Empezó a moverse, lento al principio, cada roce enviando ondas de placer por mi espina. El espejo temblaba con cada choque de caderas, mis tetas rebotando, su sudor goteando en mi espalda.

—Más fuerte, Luis, ¡córrele! —supliqué, empujando contra él.

Aceleró, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos en teatro. Mi clítoris rozaba su base, el orgasmo construyéndose como volcán. Sentí sus bolas apretadas contra mí, su respiración agitada en mi oreja.

Vamos a explotar juntos, en esta tierra de pasiones del reparto
.

El clímax llegó como avalancha. Grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él gruñó, embistiendo una última vez, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos de éxtasis compartido. Nos quedamos pegados, temblando, el aire espeso con olor a corrida y satisfacción.

Caímos al sofá, enredados. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones galopando al unísono. Me besó la frente, suave ahora.

Qué chingonería, Ana. Esto no fue solo un ensayo.

—Neta, Luis. En el reparto de Tierra de Pasiones, encontramos la nuestra propia.

Nos vestimos despacio, robándonos besos robados. Afuera, el sol bajaba, tiñendo el cielo de rojos apasionados. Salimos por separado, pero con una promesa en los ojos. El set seguía zumbando, ajeno a nuestro secreto. Pero en mi mente, el afterglow perduraba: el sabor de su piel en mi lengua, el eco de sus gemidos, la calidez de su semen aún dentro de mí.

Esa noche, en mi depa en Zapopan, me toqué recordándolo, pero nada como lo real. Tierra de Pasiones no era solo ficción; en el reparto, ardíamos de verdad. Y esto era solo el principio.

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