Abismo de Pasión Capítulo 4
La noche en Polanco caía como un manto de terciopelo negro salpicado de luces neón que parpadeaban desde los rascacielos. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaba en la terraza del rooftop bar. Me acomodé en la barra, mi vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, sintiendo cómo la brisa jugaba con el borde de la tela en mis muslos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? pensé, mientras el hielo tintineaba en mi margarita de tamarindo.
Marco apareció como un fantasma del pasado, alto, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos, negros como el abismo, me barrieron de arriba abajo. Neta, wey, me dijo con esa sonrisa pícara que siempre me ponía la piel de gallina. Abismo de pasión capítulo 4, murmuré para mí misma, recordando cómo habíamos bautizado nuestra historia secreta en mensajes de WhatsApp. Cada encuentro era un capítulo más profundo, más adictivo.
Nos sentamos en una mesa apartada, las velas parpadeando entre nosotros. Hablamos de tonterías al principio: el pinche tráfico de Reforma, la nueva taquería en la Roma que estaba cañón. Pero el aire se cargaba de electricidad. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque casual que no lo era. Sentí el calor subir por mi pierna, el pulso acelerándose en mi cuello.
¿Quieres que te cuente un secreto? —susurró, su aliento cálido con sabor a tequila—. Desde que te vi entrar, no pienso en nada más que en tenerte debajo de mí.
Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Un cosquilleo entre las piernas, la boca seca. Órale, carnal, vas directo al grano, le contesté riendo bajito, pero mi mano ya se deslizaba por su muslo firme bajo los pantalones de lino. La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense: lenta, inevitable. Terminamos las copas y salimos de ahí, sus dedos entrelazados con los míos, caminando hacia su departamento en una torre reluciente. El ascensor era un mundo aparte, espejos por todos lados reflejando nuestra urgencia. Me empujó contra la pared, su boca devorando la mía. Sabía a sal y deseo, su lengua explorando con hambre contenida.
Adentro, el lugar olía a sándalo y cuero nuevo. Me quitó el vestido con manos temblorosas de anticipación, dejando que cayera al piso como una ofrenda. Sus ojos me comían viva, pensé, mientras él se arrodillaba frente a mí, besando mi ombligo, bajando despacio. Sus labios rozaron la piel sensible de mi vientre, el vello púbico que él adoraba lamer. Gemí cuando su lengua encontró mi clítoris, hinchado y ansioso. El sonido de mi propia respiración era ronco, entrecortado, mientras él chupaba con devoción, sus dedos abriéndose paso dentro de mí, curvándose justo ahí, en ese punto que me hacía arquear la espalda.
¡Qué rico, Marco! No pares, pinche cabrón, jadeé, agarrando su cabello oscuro. Él levantó la vista, ojos brillando con picardía. Eres mi adicción, Ana. Este abismo de pasión no tiene fondo, gruñó contra mi piel húmeda. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Caímos juntos, cuerpos enredados. Le arranqué la camisa, mordiendo su hombro salado, lamiendo el sudor que ya perlaba su pecho. Su verga dura presionaba contra mi muslo, gruesa y pulsante, pidiendo atención.
Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El roce era exquisito, su pubis frotando mi clítoris con cada movimiento. Él gemía bajito, ¡Ay, wey, estás tan mojada! Tan chingona, sus manos amasando mis nalgas, guiándome más rápido. El cuarto se llenaba de nuestros sonidos: piel contra piel, slap slap slap, jadeos que rebotaban en las paredes insonorizadas. Sudor goteaba de mi frente al suyo, mezclándose en un río salado. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición.
Pero no era solo físico. En mi mente, flashbacks de capítulos anteriores: la primera vez en la playa de Puerto Vallarta, olas rompiendo mientras él me penetraba por detrás; el coche en Insurgentes, con el claxon pitando afuera; el hotel en Guadalajara, esposas de seda y juegos de poder juguetones. Cada recuerdo avivaba el fuego. Esto es capítulo 4, y duele lo delicioso que es caer más hondo, pensé, mientras él me volteaba, poniéndome de rodillas. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Entró de nuevo, profundo, su aliento en mi oreja:
Te amo así, salvaje, mía. Déjate ir, mi reina.
La intensidad subía como el volumen de un corrido en pachanga. Sus embestidas eran rítmicas, feroces, pero siempre chequeando: ¿Está chido? ¿Quieres más? Asentí, perdida en el placer, mis uñas clavándose en las sábanas. El orgasmo me golpeó como un terremoto en la CDMX: olas desde el centro de mi ser, contracciones que lo ordeñaban, grito ahogado en la almohada. Él siguió, gruñendo, hasta que explotó dentro de mí, caliente y abundante, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, el corazón latiendo al unísono. El aire acondicionado zumbaba suave, enfriando nuestra piel febril. Besos perezosos en el cuello, risas compartidas. Pinche abismo de pasión capítulo 4, susurré contra su pecho, trazando círculos en su piel con la uña. Él rio, apretándome más.
El mejor hasta ahora, carnala. ¿Lista para el 5?
La luna se colaba por las cortinas, bañándonos en plata. En ese momento, no había pasado ni futuro, solo nosotros, saciados, conectados en lo más hondo. El deseo no se apagaba; se transformaba en algo más grande, un lazo que nos ataba al borde del precipicio. Mañana volvería a mi vida de ejecutiva en el SAT, él a sus reuniones en el WTC. Pero esta noche, en este nido de placer, éramos eternos. El olor a sexo persistía, un recordatorio tangible de nuestra caída voluntaria. Cerré los ojos, sonriendo, sabiendo que el abismo nos llamaba de nuevo.