Jesús Eres Dulce Paz Mi Pasión
En las calles empedradas de Puerto Vallarta, donde el sol besa la piel como un amante impaciente, lo vi por primera vez. El aire olía a sal marina mezclada con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes coloridas. Yo, Ana, acababa de llegar de la CDMX buscando un respiro de la jungla de concreto. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas con la brisa del Pacífico, y mis sandalias resonaban contra el suelo cálido.
Él estaba en la terraza de un bar frente al malecón, con una cerveza en la mano y una sonrisa que iluminaba más que las luces de los barcos pesqueros. Jesús, se llamaba. Alto, moreno, con ojos negros como el café de olla que mi abuelita preparaba los domingos. Su camisa blanca abierta dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y cuando se acercó a pedirme un cigarro, su voz grave me erizó la piel. "Órale, güerita, ¿vienes a conquistar el mar o qué?" dijo, con ese acento jaliciense que suena como miel caliente.
Sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te hacen apretar las piernas sin querer. Charlamos de tonterías: del tamaño de las olas, de cómo el tequila sabe mejor con limón fresco, de lo pendejo que es el tráfico en Guadalajara. Pero sus ojos no mentían; me devoraban despacio, como si ya supiera cómo iba a probarme. Le ofrecí mi cerveza y nuestros dedos se rozaron. Electricidad. Calor subiendo por mis muslos. ¿Por qué carajos me siento así con un desconocido? pensé, mientras el mariachi del fondo cantaba rancheras que hablaban de amores prohibidos.
La noche avanzaba con el ritmo de las olas rompiendo en la playa. Bailamos salsa en la arena, sus manos firmes en mi cintura, guiándome con una maestría que me hacía jadear bajito. Sudor mezclado con su colonia de sándalo y mar, su aliento cálido en mi cuello cuando me susurraba: "Neta, Ana, eres un chingón de mujer. Me traes loco." Yo reía, pero por dentro ardía. Cada giro, cada roce de su cadera contra la mía, avivaba el fuego. Sentía mi chucha humedecerse, traicionera, rogando por más.
Él es como una oración que nunca recé, pero que ahora no puedo dejar de repetir en mi mente: Jesús eres dulce paz mi pasión.
Subimos a su camioneta, una ranchera vieja pero impecable, con olor a cuero y aventura. Aparcó en una cala escondida, donde la luna pintaba el agua de plata. Nos besamos con hambre, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando como si quisiera memorizar cada rincón de mi boca. Sabía a tequila y a promesas. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo gemí contra su boca. "Sí, carnal, tócalo todo", le supliqué, arqueando la espalda.
Me quitó el vestido con reverencia, como si fuera un regalo. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de mar, y él los lamió con devoción, succionando hasta que vi estrellas. El sonido de su boca chupando, húmedo y obsceno, se mezclaba con el chapoteo de las olas. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que enloquece a cualquier hombre. Desabroché su pantalón y saqué su verga, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. "Ay, wey, qué chulada", murmuré, acariciándola desde la base hasta la punta, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada.
Se recostó en la arena tibia, y yo me subí encima, frotándome contra él como una gata en celo. Su prepucio se deslizaba con mi humedad, lubricándonos mutuamente. Quiero que me llene, que me rompa en dos, pensé, mientras él me amasaba el culo con fuerza, dejando marcas rojas que dolían rico. Entró en mí de un solo empujón, estirándome deliciosamente. Grité su nombre, Jesús, y él gruñó, embistiéndome profundo, el sonido de carne contra carne retumbando en la noche.
El ritmo era frenético al principio, salvaje como una tormenta en el mar. Sudor resbalando por su pecho, goteando en mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, golpeando ese punto que me hacía ver chispas. "Más duro, pendejo, dame todo", le exigí, clavando las uñas en su espalda. Él obedecía, volteándome para ponerme a cuatro patas, el olor a arena mojada y sexo invadiendo mis sentidos.
Pero entonces aminoró, volviéndose tierno. Me besaba la nuca, susurrando: "Eres mi paz, Ana, mi todo." Yo respondí en un jadeo: "Jesús eres dulce paz mi pasión". Las palabras salieron solas, como un rezo pagano, mientras él me penetraba lento, profundo, haciendo que cada centímetro se sintiera eterno. El clímax se construyó como una ola gigante: pulsos acelerados, piel erizada, mi clítoris hinchado rozando su pubis. Gemí largo, temblando, cuando exploté, chorros de placer mojando sus bolas. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo mi nombre.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados bajo las estrellas. Su corazón latía contra mi pecho, un tambor compartido. El aire fresco secaba nuestro sudor, y el mar susurraba aprobación. Me acurruqué en su brazo, inhalando su esencia masculina ahora mezclada con la mía. Esto no es solo un polvo; es algo que me cambia por dentro, reflexioné, mientras él me besaba la frente.
Al amanecer, caminamos por la playa, descalzos, recogiendo conchas. Hablamos de sueños: él quería abrir un restaurante de mariscos, yo de escribir sobre estos momentos que queman el alma. No prometimos nada eterno, pero en sus ojos vi la dulce paz que tanto anhelaba. Y en mi pasión, él era el centro.
Nos despedimos con un beso salado, sabiendo que Puerto Vallarta guarda secretos como este. Regresé a mi hotel con el cuerpo dolorido y el corazón lleno, oliendo aún a él. Jesús eres dulce paz mi pasión, repetí en silencio, sonriendo al espejo empañado de la regadera.