Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Cartas de Amor Pasión y Deseo Cartas de Amor Pasión y Deseo

Cartas de Amor Pasión y Deseo

7490 palabras

Cartas de Amor Pasión y Deseo

Todo empezó con esa primera carta que llegó a mi buzón en la colonia Roma, aquí en la Ciudad de México. El sobre era simple, de papel cremoso, con mi nombre escrito en una letra elegante y temblorosa. Mi reina, decía al principio, y de ahí en adelante, un torrente de palabras que me erizaban la piel. Hablaba de amor, de pasión y de un deseo que ardía como el sol de mediodía en el Zócalo. No firmaba con nombre, solo un corazón dibujado con tinta roja. Me quedé ahí parada en la banqueta, con el corazón latiéndome a mil, oliendo el perfume leve de jazmín que traía el papel. ¿Quién carajos sería?

Los días siguientes fueron una agonía dulce. Cada mañana, antes de irme a la oficina en Polanco, revisaba el buzón como si fuera un ritual sagrado. Otra carta: Tu piel debe saber a miel y chile, quiero lamer cada curva hasta que grites mi nombre. Ay, güey, leí eso sentada en mi cama deshecha, con las sábanas revueltas aún oliendo a mi soledad nocturna. Mis dedos temblaban mientras imaginaba unas manos fuertes recorriéndome, el roce áspero de una barba en mi cuello. Me mordí el labio, sintiendo ese calor húmedo entre las piernas que me hacía apretar los muslos. ¿Y si es él? Ese moreno de ojos negros que conocí en una fiesta en Coyoacán hace meses, el que me besó hasta dejarme sin aliento?

Empecé a responderle. Compré papel perfumado en la Sanborns de Madero y escribí mis propias cartas de amor y pasión y deseo. Ven por mí, cabrón, mi cuerpo te extraña como el desierto la lluvia. Quiero sentir tu verga dura contra mí, empujando hasta el fondo. Las dejaba en el buzón con el corazón en la garganta, imaginando sus ojos devorando mis palabras. El aire de la ciudad se sentía más espeso, cargado de promesas. Caminaba por las calles empedradas de la Condesa, oliendo los tacos al pastor en las esquinas, pero mi mente estaba en otro lado: en fantasías donde él me tomaba contra la pared, su aliento caliente en mi oreja, susurrando órale, qué chula estás.

La tercera carta fue la que lo cambió todo.

Anoche soñé contigo, mi amor. Tus tetas perfectas en mis manos, tu concha mojada apretándome mientras te cogía despacio, saboreando cada gemido. Mañana a las ocho en el Parque México, bajo el reloj floral. No falles, o me muero de ganas.
Me quedé sin aire. Era él, neta. Alejandro, el tipo que me había dejado con las piernas temblando después de un beso robado en una terraza con vista al skyline. Me duché con agua hirviendo, el vapor llenando el baño con olor a jabón de lavanda, frotándome el cuerpo como si quisiera grabar su toque antes de tiempo. Me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, sin bra, solo tanguita roja. Que se vuelva loco el pendejo, pensé, mirándome al espejo, con los pezones endurecidos rozando la tela.

Llegué al parque con el sol poniéndose, tiñendo todo de naranja y rosa. El olor a tierra húmeda y flores silvestres me envolvió, mezclado con el humo de las antojerías ambulantes. Ahí estaba, recargado en un árbol, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes y morenos. Sus ojos me encontraron de inmediato, oscuros como el mole poblano, y sonrió con esa picardía mexicana que me deshacía. —Hola, mi reina de las cartas, dijo con voz grave, acercándose hasta que sentí su calor corporal como una promesa.

Nos sentamos en una banca apartada, las manos entrelazadas ya sudando de anticipación. Hablamos poco; las palabras sobraban después de tantas cartas de amor y pasión y deseo. Su dedo trazó mi muslo por debajo del vestido, subiendo lento, enviando chispas por mi espina. —Te he deseado tanto, carnala, murmuró, su aliento con sabor a cerveza artesanal rozando mi boca. Lo besé primero, feroz, lengua invadiendo su boca cálida y húmeda, saboreando el leve dulzor de chicle de tamarindo. Sus manos subieron a mis chichis, amasándolas con fuerza justa, pellizcando pezones hasta que jadeé contra sus labios.

El parque se vaciaba, pero nosotros ardíamos. Me llevó a su depa en la Narvarte, un loft chido con ventanales enormes mirando las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, su cuerpo duro presionándome. Olía a él: sudor limpio, colonia barata y deseo puro. —Quítate eso, déjame verte, gruñó, y obedecí, el vestido cayendo al piso con un susurro. Desnuda salvo la tanga, sentí su mirada quemándome, recorriendo mis caderas anchas, mi vientre suave, mis piernas largas.

Me cargó a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que crujieron bajo nosotros. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, mordisqueando hasta dejar marcas rojas.

Esto es lo que soñé, tu piel suave como petal de cempasúchil, oliendo a mujer en celo
, susurró mientras chupaba un pezón, la lengua girando en círculos que me arquearon la espalda. Gemí alto, ¡ay, qué rico, no pares!, mis uñas clavándose en su espalda morena. Bajó más, besos húmedos por mi ombligo, hasta llegar a la tanga empapada. La arrancó con dientes, el sonido rasposo acelerando mi pulso.

Separó mis piernas con manos firmes, su aliento caliente en mi concha hinchada. —Mira cómo brillas, toda mojada por mí. Lamida primero, lenta, desde el ano hasta el clítoris, saboreándome como si fuera el mejor pozole de la vida. Grité, el placer eléctrico subiendo por mis nervios, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. ¡Sí, cabrón, así! Más fuerte, jadeaba, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo. El orgasmo me golpeó como un camión en Insurgentes, ondas de fuego desde el centro hacia afuera, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando en su barbilla.

Pero no paró. Se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre: gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, palpitando en mi palma. —Ven, métemela ya, supliqué, guiándolo a mi entrada. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. ¡Qué chingón se siente! Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación como tambores aztecas. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust.

Cambié de posición, montándolo como reina, mis tetas rebotando ante sus ojos hambrientos. Cabalgaba fuerte, sintiendo su verga golpear mi fondo, mis paredes apretándolo como guante. Él gemía, ¡órale, muévete así, mi amor!, manos en mis nalgas abriéndome más. El clímax nos alcanzó juntos: yo primero, gritando su nombre mientras me deshacía, él después, corriéndose dentro con un rugido gutural, chorros calientes inundándome. Colapsamos, jadeantes, su semen goteando entre mis muslos.

Después, en la penumbra, con la ciudad zumbando afuera, me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón desacelerarse. —Esas cartas... fueron lo mejor que me pasó, dije, besando su piel salada. Él rio bajito, —Y vendrán más, mi pasión. Esto apenas empieza. El aire olía a sexo y promesas, y supe que las cartas de amor y pasión y deseo habían sido solo el preludio de algo eterno, aquí en esta jungla de concreto que llamamos hogar.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.