Arrastrada por la Marea de Pasión
El sol se hundía en el horizonte de Puerto Vallarta como una bola de fuego perezosa, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Yo, Ana, había llegado hace dos días a este paraíso para desconectar del pinche estrés de la ciudad. Caminaba descalza por la arena tibia, el vestido ligero ondeando con la brisa salada que olía a mar y a libertad. Mis pies se hundían en esa textura suave, casi como una caricia, y el sonido rítmico de las olas me hipnotizaba.
Ahí lo vi. Diego, con su piel bronceada por el sol, el cabello negro revuelto por el viento y esa sonrisa que parecía prometer travesuras. Estaba recogiendo su tabla de surf, los músculos de sus brazos flexionándose con cada movimiento. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Nuestras miradas se cruzaron y él se acercó, con esa confianza natural de los vallartenses.
—
¿Qué onda, morra? ¿Primera vez por acá?me dijo, su voz grave como el rumor del mar.
—
Neta, pero ya me encanta. Tú pareces de por aquí, ¿no?respondí, coqueteando sin pensarlo dos veces.
Charlamos un rato, riéndonos de tonterías. Me contó de las mejores olas, de las fiestas en la playa y de cómo el mar siempre te arrastra si no le pones atención. Su risa era contagiosa, y el olor de su piel, mezcla de sal y protector solar, me envolvía. Sentí esa chispa inicial, esa tensión que empieza en el pecho y baja despacito hasta el vientre. Caminamos juntos por la orilla, las olas lamiendo nuestros pies, y con cada roce accidental de su mano contra la mía, el deseo crecía como una ola lejana.
La noche cayó rápida, como siempre en la costa. Una fogata improvisada en la playa reunía a un grupo de locales y turistas. Diego me jaló de la mano.
—
Vamos a bailar, Ana. No seas fresa.
La música cumbia rebajada retumbaba desde un bocina vieja, el humo de la leña subiendo en espirales que picaban un poquito en la nariz. Bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, el sudor empezando a perlar su cuello. Sentía su calor a través de la tela fina de mi vestido, sus manos en mi cintura guiándome con firmeza pero sin presionar. Este wey me va a volver loca, pensé, mientras mi corazón latía al ritmo de los tambores. Cada giro, cada roce de su cadera contra la mía, avivaba esa hambre interna. Olía a mar, a humo y a él, un aroma que me hacía salivar.
—
Estás rica, Ana. Me traes bien puesto, murmuró en mi oído, su aliento cálido erizándome la piel.
—
Tú tampoco estás tan pendejo, guapo, le contesté, mordiéndome el labio.
La tensión escalaba. Nos alejamos de la fogata, caminando hacia un rincón más apartado de la playa, donde las palmeras susurraban con la brisa. Nos sentamos en la arena aún tibia, las estrellas brillando como diamantes sobre nosotros. Hablamos de todo y nada: de sueños rotos en la ciudad, de cómo el mar cura lo que duele. Sus ojos oscuros me devoraban, y yo no podía dejar de mirar sus labios carnosos. La mano de Diego subió por mi muslo, despacio, preguntando permiso con la mirada. Asentí, el pulso acelerado en mis sienes.
Nos besamos entonces, un beso que empezó suave, exploratorio, saboreando el salitre en su boca, el leve dulzor de la cerveza que había tomado. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, y pronto el beso se volvió voraz. Gemí bajito cuando su mano se coló bajo mi vestido, rozando la piel sensible de mi interior de muslo. Esto es lo que necesitaba, carajo, pensé, mientras el mundo se reducía a su tacto, a su olor embriagador.
La marea subía, y con ella, esa marea de pasión que me arrastraba sin remedio. Diego me recostó en la arena, su cuerpo cubriendo el mío como una ola protectora. Quitó mi vestido con delicadeza, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, chupando suave, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. Olía mi excitación en el aire, ese aroma almizclado que nos volvía locos a los dos.
—
Qué chingona estás, Ana. Déjame probarte, dijo con voz ronca, bajando por mi cuerpo.
Su boca encontró mis pechos, lamiendo los pezones endurecidos, mordisqueando lo justo para hacerme arquear la espalda. El sonido de mi propio jadeo mezclándose con las olas, el tacto áspero de la arena en mi espalda contrastando con la suavidad de su lengua. Bajó más, besando mi vientre, mis caderas, hasta llegar a mi panochita ya húmeda y palpitante. Lamidas lentas, círculos en mi clítoris que me hacían retorcer. Sí, así, no pares, pendejo delicioso, gritaba en mi mente, mientras mis manos se enredaban en su pelo.
Lo jalé hacia arriba, queriendo sentirlo todo. Le arranqué la playera, palpando esos abdominales marcados, bajando hasta desabrochar sus shorts. Su verga saltó libre, dura, venosa, latiendo en mi mano. La acaricié despacio, sintiendo su calor, su grosor que prometía llenarme. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi piel.
—
Te quiero adentro, Diego. Chingame ya, le supliqué, las piernas abriéndose por instinto.
Se colocó entre mis muslos, frotando la punta contra mi entrada resbaladiza, torturándome un segundo eterno. Luego empujó, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer fue inmediato, intenso, como si el mar mismo me invadiera. Empezó a moverse, lento al principio, profundizando cada embestida, el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose al coro de la noche. Sudor goteando de su frente al mío, salado en mis labios cuando lo besé.
La intensidad creció. Sus manos en mis caderas, clavándose lo justo para marcar territorio sin doler. Yo clavaba las uñas en su espalda, arañando, urgiéndolo a ir más rápido. La marea de pasión me arrastra, me ahoga en éxtasis, pensaba, mientras el orgasmo se acumulaba como una ola gigante. Él aceleró, gruñendo mi nombre, su verga golpeando ese punto perfecto adentro.
—
Vente conmigo, morra. Déjate llevar, jadeó.
Exploté entonces, un grito ahogado escapando de mi garganta mientras contracciones poderosas me sacudían. Lo apreté fuerte, ordeñándolo, y él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que prolongaron mi placer. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos temblando en la arena.
Nos quedamos así un rato, el mar lamiendo cerca de nuestros pies, el aire fresco secando nuestro sudor. Diego me besó la frente, suave, tierno.
—
Eso fue la neta, Ana. Como una marea que no para.
Sonreí, sintiendo el afterglow extenderse por mis venas como miel tibia. La marea de pasión había pasado, dejándome en calma, satisfecha, con el alma ligera. Mañana quién sabe, pero esa noche, en sus brazos, el mundo era perfecto. El Pacífico susurraba promesas, y yo, por fin, me sentía completa.