Pasión Misión Profesión Vocación
Desde que era morrita, supe que mi profesión sería maestra. No era solo un jale, era mi vocación, esa llamada que te quema por dentro como chile en nogada bien picoso. Mi pasión por el conocimiento me hacía vibrar, y mi misión era encender esa misma flama en mis alumnos. En la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde daba clases de literatura mexicana, cada día era una aventura. Pero nada me preparó para Diego.
Era el primer día del semestre de primavera. El sol tapajaba el patio central, y el aroma a jacarandas flotaba en el aire húmedo. Entré al salón con mi falda plisada hasta las rodillas y una blusa blanca que se pegaba un poquito al cuerpo por el calor. Ahí estaba él, recargado en el marco de la puerta, con una camisa azul ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. ¿Nuevo profesor de historia? pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tamborazo zacatecano.
—Hola, soy Diego —me dijo, extendiendo la mano. Su voz grave me erizó la piel, y cuando toqué su palma cálida y áspera, sentí un chispazo que me bajó directo al ombligo.
—Laura, un gusto —respondí, sonriendo más de lo necesario. Nuestros ojos se clavaron, y olí su colonia, una mezcla de madera y cítricos que me mareó.
Durante la clase, no pude concentrarme. Lo veía platicar con los alumnos, gesticulando con pasión, y me imaginaba esas manos en mi cintura.
¿Qué carajos me pasa? Es mi colega, pendeja, me regañé, pero mi cuerpo no escuchaba. Al final del día, nos topamos en la sala de profesores. El café humeaba en las tazas, y el ventilador zumbaba perezoso.
—Oye, Laura, ¿me echas la mano con el plan de estudios? Tengo una misión para un proyecto interdisciplinario —dijo, guiñándome un ojo.
—Claro, güey. Mi pasión son estas colaboraciones —mentí un poco, porque lo que me apasionaba en ese momento era acercarme más.
Quedamos de vernos en su oficina después de clases. El campus se vaciaba, el sol se ponía tiñendo todo de naranja, y el ruido de los coches en la avenida López Mateos se oía lejano. Entré, cerré la puerta, y el aire se cargó de electricidad. Diego estaba sentado en su escritorio, con pilas de libros y su laptop abierta.
Nos sentamos lado a lado, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. Cada vez que se inclinaba para señalar algo en la pantalla, su brazo rozaba el mío, y sentía el calor de su piel a través de la tela. Hablamos de Octavio Paz, de la pasión en la poesía erótica, y de pronto, su mano se posó en mi muslo.
—Sabes, Laura, tu profesión te queda perfecta. Se nota tu vocación en cada clase —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
Me giré, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso suave al principio, explorando, saboreando el café en su lengua. Luego se volvió feroz, como tormenta en el lago de Chapala. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos, el latido acelerado bajo mis dedos. Él me jaló a su regazo, y gemí al sentir su dureza presionando contra mí.
—Diego, esto es una locura —jadeé, pero mis caderas se movían solas, frotándose contra él.
—Es nuestra misión compartida —rió bajito, mordisqueándome el cuello. Su olor a sudor limpio y deseo me inundaba, y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas llenaba la habitación.
Me paré un segundo para quitarme la blusa, revelando mi sostén de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron, y me devoró con la mirada mientras se sacaba la camisa. Su piel morena, suave como chocolate, con vellos que invitaban a tocar. Lo besé por todo el torso, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el botón de sus jeans.
Lo desabroché con dientes, y saqué su verga dura, palpitante. Era gruesa, venosa, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso sincronizándose con el mío. —Qué chingona —susurré, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y musgosa.
—Carajo, Laura, me vas a volver loco —gruñó, enredando los dedos en mi cabello.
Me chupó con ganas, metiéndola hasta la garganta mientras yo gemía alrededor. El sonido húmedo, los jadeos, el crujir de la silla... todo subía la temperatura. Luego me levantó, me puso sobre el escritorio, y levantó mi falda. Mis panties estaban empapadas, y él las olió antes de arrancarlas.
—Hueles a miel y pecado —dijo, enterrando la cara entre mis piernas. Su lengua mágica lamió mi clítoris, chupando con succión perfecta, mientras dos dedos entraban y salían, curvándose justo ahí. Grité, mis uñas clavándose en su cabeza, el placer como olas en la playa de Puerto Vallarta.
—No pares, pendejo sexy —supliqué, mis caderas empujando contra su boca. El orgasmo me dobló, un estallido de luces y temblores, mi jugo cubriéndole la barbilla.
Pero no paró. Me volteó, me puso en cuatro sobre el escritorio, y sentí la punta de su verga en mi entrada. —Dime que sí —pidió, su voz ronca.
—Sí, métemela toda, cabrón —rogué.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Llenándome como nadie. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando... olía a sexo puro, a nosotros.
Aceleró, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mi pezón. —Eres mi pasión, Laura. Tu misión es la mía ahora —jadeó, y yo respondí gimiendo su nombre.
Cambié de posición, lo monté en la silla. Sus manos en mi culo guiándome, yo rebotando, sintiendo cada vena, cada pulso. Nuestros ojos conectados, sudor goteando, bocas abiertas en éxtasis. El clímax llegó juntos: él se hinchó dentro, llenándome de calor líquido, y yo exploté otra vez, contrayéndome alrededor, ordeñándolo.
Colapsamos, jadeantes, su cabeza en mis tetas. El aire olía a semen y sudor, nuestros cuerpos pegajosos. Me besó suave, trazando círculos en mi espalda.
—Esto no fue solo un polvo. Es el inicio de algo grande —dijo.
Sonreí, sintiendo paz. Mi profesión, mi vocación, ahora tenían una nueva pasión: él. Mi misión se expandía, y qué chido se sentía.