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La Pasion de Cristo Escultura Despierta

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La Pasion de Cristo Escultura Despierta

En el corazón de la Catedral de Puebla, donde el sol se filtra por los vitrales teñidos de rojo y oro, Ana se detuvo frente a la pasión de Cristo escultura. Era una obra maestra del barroco mexicano, tallada en madera noble y policromada con tal maestría que los músculos del Cristo agonizante parecían palpitar bajo la piel pintada. Sus ojos, entreabiertos en un éxtasis de sufrimiento, miraban al vacío con una intensidad que erizaba la piel. Ana, una restauradora de arte de veintiocho años, había venido sola esa tarde de sábado, huyendo del bullicio de la ciudad. El aroma a incienso viejo y cera de vela la envolvía, mezclado con el leve olor a humedad de las piedras coloniales.

Se acercó más, sus dedos rozando el aire a centímetros de la figura. Qué chingón está este Cristo, pensó, sintiendo un calor traicionero subirle por el vientre. La escultura mostraba al Señor en el momento de la flagelación, el torso desnudo surcado por latigazos que resaltaban cada vena, cada tendón tenso. Ana imaginó el tacto de esa piel dura, áspera por el trabajo del escultor. Su respiración se aceleró, los pezones endureciéndose bajo la blusa de algodón ligera. Neta, ¿por qué me pone así una imagen religiosa? Pero no podía negar el pulso entre sus piernas, esa humedad que empezaba a empapar sus bragas de encaje.

De pronto, una voz grave rompió el silencio.

—Es impresionante, ¿verdad? Como si estuviera vivo.
Ana giró la cabeza y ahí estaba él: alto, moreno, con una camisa ajustada que marcaba un pecho ancho y brazos fuertes. Se llamaba Diego, un guía turístico local de treinta años, con ojos negros que brillaban como obsidiana pulida. Llevaba el cabello corto, un poco revuelto, y una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos.

—Sí, la pasión de Cristo escultura siempre me deja sin aliento —respondió ella, su voz ronca por la sorpresa. Se miraron un segundo de más, y el aire entre ellos se cargó de electricidad. Diego se acercó, oliendo a jabón fresco y un toque de colonia masculina. Hablaron de la historia de la pieza, de cómo el escultor había capturado el dolor como placer, pero pronto las palabras se volvieron coqueteos. Este wey está cañón, se dijo Ana, notando cómo su mirada bajaba a sus labios, a sus tetas que subían y bajaban con cada respiro.

La catedral estaba casi vacía, solo el eco distante de un monje rezando. Diego le contó que conocía rincones secretos del lugar, pasadizos olvidados de la época colonial.

—¿Quieres ver algo que no está en las guías?
Su mano rozó la de ella al gesto, un toque fugaz que envió chispas por su espina dorsal. Ana asintió, el corazón latiéndole como tambor. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien este riesgo.

La guió por un pasillo lateral, detrás de un altar secundario, hasta una capillita olvidada. Ahí, bajo una luz tenue de velas, estaba una réplica menor de la escultura, más íntima, como si los observara. Cerró la puerta de madera con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. El olor a madera encerada y flores marchitas los rodeó. Diego se volvió hacia ella, su cuerpo grande invadiendo su espacio personal de la forma más deliciosa.

—No aguanto verte así, mirándome con esos ojos hambrientos —murmuró, su aliento cálido en su cuello. Ana no se apartó; al contrario, levantó la cara, invitándolo. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo puro. Las manos de él subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras ella tiraba de su camisa, sintiendo el calor de su piel bajo las yemas de los dedos. Su pecho es como el de la escultura, duro, marcado, perfecto para lamer.

La tensión crecía como una tormenta. Diego la presionó contra la pared fría de piedra, contrastando con el fuego de sus cuerpos. Ana jadeaba, sus uñas clavándose en sus hombros mientras él besaba su cuello, mordisqueando la piel sensible.

—Estás mojada, ¿verdad, preciosa? Puedo olerte.
Ella rio bajito, un sonido ronco y juguetón.
—Ven y comprueba, cabrón.
Le bajó el zipper de los jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en su mano. El tacto era satinado, caliente, con una vena prominente que la hizo salivar. La escultura los vigilaba desde la penumbra, como testigo silencioso de su propia pasión profanada.

Se arrodilló, el piso duro lastimando sus rodillas, pero no le importaba. Tomó su verga en la boca, saboreando el gusto salado de la piel, el olor almizclado de su excitación. Diego gruñó, enredando los dedos en su cabello largo. Qué rico mamarle, sentirlo crecer en mi boca, pensó ella, chupando con hambre, la lengua girando alrededor del glande hinchado. Él la levantó pronto, impaciente, y la volteó contra la pared. Le bajó las pantaletas hasta los tobillos, exponiendo su culo redondo, su panocha empapada brillando en la luz de las velas.

Sus dedos exploraron primero, hundiéndose en su calor húmedo, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse.

—Estás chorreando, Ana. Tan lista para mí.
Ella gimió, empujando contra su mano. No pares, wey, me vas a volver loca. El sonido de sus dedos entrando y saliendo era obsceno, chapoteante, mezclado con sus respiraciones agitadas. Luego, sintió la punta de su verga presionando su entrada, lenta, torturante. Entró de un empujón suave, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, dolor-placer que la hizo gritar bajito.

Empezaron a moverse, ritmados, sus caderas chocando con palmadas húmedas. Diego la embestía profundo, una mano en su cadera, la otra pellizcando sus tetas, rodando los pezones duros. Ana se tocaba el clítoris, círculos rápidos que la acercaban al borde. El sudor les corría por la piel, el olor a sexo impregnando el aire sagrado. Como la escultura, su cuerpo tenso, agonizando en éxtasis. Miró de reojo la figura de Cristo, y la visión la encendió más, imaginando esa pasión eterna convertida en la suya.

La intensidad subió. Diego aceleró, gruñendo palabras sucias al oído:

—Te voy a llenar, mi reina. Córrete conmigo.
Ana sintió el orgasmo construyéndose, una ola ardiente desde el estómago. Sus paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo, mientras ondas de placer la sacudían. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, las piernas flaqueando. Él la siguió segundos después, eyaculando dentro con un rugido gutural, caliente y abundante.

Se quedaron unidos un rato, respirando pesado, el semen goteando por sus muslos. Diego la besó suave en la nuca, abrazándola protector. Qué pedo tan chido, nunca pensé que una iglesia me daría esto, reflexionó ella, sonriendo en la oscuridad. Se vistieron despacio, robándose besos perezosos, el eco de sus gemidos aún flotando.

Salieron de la capillita como si nada, pero con una complicidad nueva. Frente a la pasión de Cristo escultura, se tomaron de la mano.

—¿Vienes a mi casa? Tengo más pasiones que compartir.
Ana rio, asintiendo. La escultura parecía sonreírles, aprobando su propio despertar carnal. Esa noche, en la cama de Diego, revivieron el fuego, pero ahora sin testigos divinos, solo ellos dos, cuerpos enredados hasta el amanecer.

Al día siguiente, Ana volvió a la catedral sola, tocando la escultura con reverencia. Ya no era solo arte; era el catalizador de su deseo más vivo. Gracias, Cristo, por esta pasión que no se acaba. Y se fue, con el corazón lleno, lista para más aventuras en la ciudad de los ángeles.

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