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Pasion Prohibida Capitulo 73 El Fuego que Arde en Secreto

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Pasion Prohibida Capitulo 73 El Fuego que Arde en Secreto

La noche en la Ciudad de México se sentía pesada, cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como un amante insistente. Ana caminaba por las calles empedradas del centro histórico, su vestido rojo ligero ondeando con la brisa que traía olor a tacos de canasta y jazmines de algún jardín cercano. Hacía meses que esta pasion prohibida la consumía, y esta noche, en lo que ella llamaba mentalmente su Pasion Prohibida Capitulo 73, todo iba a explotar.

En su mente, revivía cada encuentro con Marco, el mejor amigo de su esposo. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. ¿Por qué carajos tengo que esconder esto? Somos adultos, consentimos cada beso, cada caricia, se decía mientras aceleraba el paso hacia el hotel boutique en la colonia Roma. Su esposo, Roberto, estaba de viaje en Guadalajara por negocios, y eso le daba la excusa perfecta para esta locura.

El lobby del hotel olía a madera pulida y velas de vainilla. Ana se registró con un nombre falso, el corazón latiéndole como tamborazo en una fiesta de pueblo. Subió al ascensor, y al abrir la puerta de la suite, ahí estaba él. Marco, recostado en la cama king size, con camisa entreabierta dejando ver su pecho tatuado con un águila real. ¡Qué chulo se ve, el pinche cabrón!

Ven aquí, mamacita, te extrañé tanto que duele, murmuró él con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Sus manos temblaban al tocar su rostro, áspero por la barba de tres días. El beso empezó suave, labios rozándose como pluma, probando el sabor salado de su piel mezclado con el tequila que había bebido. Pero pronto se volvió feroz, lenguas enredándose, gemidos ahogados que resonaban en la habitación tenuemente iluminada por luces ámbar.

Acto uno completo: la introducción a su mundo secreto. Ana se apartó un segundo, jadeando, para mirarlo a los ojos. Esto es prohibido, pero qué rico se siente ser dueña de mi deseo. Marco la atrajo de nuevo, sus manos grandes deslizándose por su espalda, bajando el zipper del vestido con deliberada lentitud. La tela cayó al suelo con un susurro suave, dejando su cuerpo expuesto al aire fresco del acondicionado, pezones endureciéndose al instante.

Él la recorrió con la mirada, hambrienta. Qué guapa estás, mi reina, dijo, y ella sintió un calor líquido entre las piernas. Se tumbaron en la cama, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Marco besaba su cuello, succionando suavemente, dejando marcas que tendría que cubrir mañana. El olor de su colonia, madera y cítricos, se mezclaba con el almizcle natural de su excitación. Ana arqueó la espalda cuando sus labios llegaron a sus senos, lengua girando alrededor de un pezón, tirando con los dientes lo justo para hacerla gemir alto.

¡Ay, Marco, no pares, carnal! suplicó ella, clavando uñas en su espalda musculosa. Él rio bajito, ese sonido gutural que le vibraba en el pecho. Sus manos bajaron, explorando su vientre plano, deteniéndose en el encaje de sus bragas ya empapadas. Las deslizó con facilidad, dedos rozando su clítoris hinchado, haciendo que ella se retorciera.

En el medio del acto, la tensión subía como el volcán Popocatépetl en erupción. Ana quería más, necesitaba sentirlo dentro. Pero Marco jugaba, besando su interior de muslos, lengua lamiendo despacio, saboreando su néctar dulce y salado. Es como si me comiera el alma, este pendejo sabe cómo volverme loca, pensó ella mientras sus caderas se movían solas, presionando contra su boca. Gemidos llenaban la habitación, mezclados con el zumbido lejano del tráfico en Insurgentes. El placer crecía en oleadas, contrayendo sus músculos, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, gritando su nombre.

Pero no era suficiente. Ana lo empujó boca arriba, queriendo tomar control. Se subió a horcajadas, sintiendo su verga dura como piedra contra su entrada húmeda. Qué grande estás, amor, murmuró, guiándolo adentro con una lentitud tortuosa. Él gruñó, manos en sus caderas, guiándola en un ritmo que empezaba lento, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos.

El vaivén se aceleró, ella cabalgándolo con furia, senos rebotando, cabello revuelto pegándose a la frente. Marco se incorporó, succionando un pezón mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. Huele a sexo puro, a nosotros, pensó Ana, inhalando su aroma mezclado con el de las sábanas revueltas. Sus respiraciones se sincronizaban, jadeos entrecortados, ¡Más fuerte, cabrón, dame todo! exigía ella.

La intensidad psicológica ardía: recuerdos de su boda con Roberto, la culpa fugaz disuelta en placer puro. Esto es mío, esta pasion prohibida es mi Capítulo 73 de libertad. Marco la volteó, poniéndola de rodillas, entrando por detrás con un empujón que la hizo gritar de deleite. Sus nalgas contra su pelvis, cachetadas suaves que resonaban, dedos enredados en su melena mientras la follaba sin piedad, pero siempre con ese consentimiento implícito en cada mirada compartida.

El clímax se acercaba, sus bolas apretándose, ella sintiendo la presión en su vientre. ¡Me vengo, mi amor! rugió él, y Ana apretó alrededor de él, ordeñándolo en oleadas de éxtasis compartido. Calor inundándola, semen caliente derramándose dentro mientras ella colapsaba en otro orgasmo, cuerpo convulsionando, lágrimas de placer en los ojos.

En el final, el afterglow los envolvió como niebla suave. Yacían enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose, corazones latiendo al unísono. Marco la besaba la frente, suave ahora, tierno. Quédate conmigo esta noche, susurró. Ella sonrió, trazando patrones en su pecho. Solo esta noche, mi prohibido, antes de que regrese la realidad.

Se ducharon juntos, agua caliente cascando sobre ellos, jabón de lavanda llenando el baño de vapor aromático. Manos explorando sin urgencia, risas compartidas sobre tonterías mexicanas, como quién hace los mejores chilaquiles. Salieron envueltos en albornoz, pidiendo room service: tacos al pastor y micheladas heladas. Comieron en la cama, hablando de sueños imposibles, de una vida donde no tuvieran que esconderse.

Pero Ana sabía que era pasion prohibida, Capítulo 73 de un libro sin fin. Mañana volveré a ser la esposa perfecta, pero esta noche soy yo, salvaje y libre. Marco la abrazó por detrás mientras miraban las luces de la ciudad desde el balcón, brisa nocturna secando su cabello. El deseo latente, listo para el próximo capítulo.

Se durmieron así, cuerpos entrelazados, soñando con fuegos eternos que ningún secreto podía apagar.

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