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Te Limpio con Pasion

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Te Limpio con Pasion

El sol de la tarde se colaba por las cortinas entreabiertas del departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a ciudad vibrante y a café recién hecho. Yo, Ana, cargaba mi cubeta con los trapos, el desinfectante y mi eterna sonrisa, lista para mi siguiente cita. Limpio con pasión, era mi lema, grabado en mi camiseta ajustada que dejaba ver justo lo suficiente para que los clientes varones me dejaran una buena propina. Pero hoy, al abrir la puerta, me encontré con él: Marco, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila añejo y una barba recortada que pedía a gritos que la rozara con los labios.

¡Órale, qué chulada de mujer! pensó él, pero en voz alta solo dijo: Pasa, Ana. Gracias por venir tan rápido. Su voz grave me erizó la piel, como si ya me estuviera acariciando. El depa era un desmadre: platos sucios en la cocina, ropa tirada en el sofá, polvo en los muebles de madera fina. Olía a hombre soltero: sudor fresco mezclado con colonia cara y un toque de pizza del día anterior.

Empecé por la cocina, inclinándome sobre el fregadero para fregar los platos. Sentía su mirada clavada en mi culo, envuelto en unos jeans ceñidos que se pegaban como segunda piel. No seas pendeja, Ana, concéntrate, me dije, pero el calor entre mis piernas ya empezaba a traicionarme. Él se acercó con una cerveza en la mano. ¿Quieres una fría? Su aliento olía a menta y algo más, algo masculino que me hacía salivar.

Sí, güey, gracias, respondí con mi acento chilango puro, guiñándole un ojo. Nuestros dedos se rozaron al pasarme la botella, y fue como una descarga eléctrica. Fresca, helada contra mi palma sudorosa. Bebí un trago largo, el gas picándome la garganta, mientras él se recargaba en la isla de granito, observándome. Te limpio con pasión, murmuré para mí, imaginando cómo sería pasar mi lengua por su pecho desnudo.

La tensión crecía como el vapor del agua caliente en el fregadero. Terminaba un plato y él soltaba un comentario: Eres buena en esto, Ana. Se nota que lo haces con... ganas. Su voz bajita, ronca, me ponía la piel chinita. Yo reía, moviendo las caderas al ritmo de la música ranchera que salía de su bocina: El Rey de Vicente Fernández, puro México en el aire.

Pasé al baño, arrodillándome para limpiar el piso de azulejos blancos. El aroma cítrico del limpiador se mezclaba con mi perfume de vainilla, dulce y tentador. De repente, lo vi en el espejo: Marco detrás de mí, con los brazos cruzados, su camisa blanca pegada al torso por el calor. ¿Necesitas ayuda? preguntó, y su sombra cubrió la mía. Me incorporé despacio, girándome hasta quedar a centímetros de él. Nuestros pechos casi se tocaban; sentía el calor de su cuerpo irradiando como un horno.

¿Y si lo beso? Neta, se muere por ello. Pero yo controlo esto, yo limpio con pasión, y hoy voy a limpiar cada rincón de él.

El segundo acto de esta danza empezó cuando mis manos, aún húmedas de jabón, rozaron su camisa. Mira, tienes una mancha aquí, mentí, pasando el trapo por su pecho. Él no se movió, solo jadeó bajito. Sigue, susurró, y yo obedecí. Desabotoné el primer botón, luego el segundo. Su piel bronceada olía a sal y deseo, con un vello oscuro que pinicaba mis yemas. Te limpio con pasión, le dije al oído, mi aliento caliente contra su cuello.

Marco me tomó de la cintura, fuerte pero suave, como si supiera que yo mandaba. ¿Estás segura, mamacita? Su acento norteño, de Monterrey, me volvía loca. Asentí, mordiéndome el labio, y lo empujé contra la pared del baño. Nuestros labios chocaron: su boca sabía a cerveza y urgencia, lengua invasora danzando con la mía en un beso húmedo, salvaje. Gemí contra él, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través de los pantalones.

Lo arrastré al cuarto, tirando la cubeta en el pasillo con un estruendo metálico que ahogó mi risa nerviosa. La cama king size nos esperaba, sábanas revueltas oliendo a su esencia. Me quité la camiseta de un tirón, mis tetas rebotando libres, pezones duros como piedras por el aire acondicionado. Él se lamió los labios, ojos devorándome. Qué chingonas, murmuró, y yo me subí encima, cabalgándolo sin prisa.

Mis manos exploraban: bajé su cremallera, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La envolví con dedos jabonosos aún, resbaladiza, y la apreté suave. Él gruñó, caderas arqueándose. Siente esto, cabrón, pensé, mientras lamía la punta, salada y almizclada, gimiendo al saborearlo. Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo. Chupé con pasión, lengua girando, succionando hasta que sus muslos temblaron.

Pero quería más. Me quité los jeans, quedando en tanga negra empapada. Él me volteó, boca hambrienta en mis tetas, mordisqueando pezones que dolían de placer. Te voy a limpiar yo a ti, dijo, y su lengua bajó por mi ombligo, hasta mi coño húmedo. Jadeé cuando lamió mi clítoris, hinchado y sensible, el sonido chupeteo húmedo llenando la habitación. Olía a sexo, a nosotrxs, sudor y jugos mezclados. Mis uñas en su espalda, arañando leve, mientras olas de calor me subían por las piernas.

La intensidad subía como el volumen de una rola de banda. Métemela ya, Marco, supliqué, voz ronca. Él se colocó, goma puesta –siempre responsable, qué chulo–, y empujó despacio. Llenándome, estirándome, un dolor placer que me hizo gritar. Neta, qué rico. Cabalgamos juntos: yo arriba primero, tetas rebotando con cada embestida, su verga golpeando profundo. Sonidos de carne contra carne, gemidos ahogados, el chirrido de la cama.

Cambié a perrito, él atrás, manos en mis caderas, jalándome fuerte. Sudor goteando por su pecho al mío cuando me volteó de nuevo. Besos desordenados, lenguas enredadas. Vente conmigo, jadeó, y lo hice: orgasmo explotando como fuegos artificiales en el Zócalo, coño contrayéndose alrededor de él, piernas temblando. Él gruñó, corriéndose dentro de la goma, cuerpo colapsando sobre el mío.

El afterglow fue puro México: abrazados, piel pegajosa, risas bajitas. El sol ya se había ido, dejando la habitación en penumbras con olor a sexo y limón del limpiador olvidado. Vuelve cuando quieras, Ana. Limpias de maravilla, dijo él, acariciándome el pelo. Yo sonreí, besándolo suave. Te limpio con pasión, siempre, respondí en mi mente, sabiendo que esto era solo el principio.

Me vestí despacio, él mirándome con ojos hambrientos. Le dejé mi número en un trapo limpio. La próxima, invito tacos al pastor. Salí al pasillo, piernas flojas, sonrisa pendeja en la cara. La ciudad bullía afuera, pero yo llevaba mi pasión limpia y encendida adentro.

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