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Pasión del Cielo Facturación Ardiente

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Pasión del Cielo Facturación Ardiente

El bullicio del Aeropuerto Internacional de Cancún me envolvía como un abrazo caluroso y pegajoso. El aire acondicionado luchaba contra el calor caribeño que se colaba por las puertas automáticas, trayendo consigo el olor salino del mar y el perfume dulzón de las flores tropicales. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México para unas vacaciones que prometían sol, playa y, quién sabe, un poco de aventura. Mi vuelo con Pasión del Cielo había aterrizado sin problemas, pero ahora tocaba la facturación para el regreso, aunque mi boleto era de ida y vuelta, neta que no tenía prisa.

Me acerqué al mostrador de Pasión del Cielo facturación, con mi maleta rodando detrás como un perrito fiel. El tipo detrás del vidrio blindado era un moreno alto, de ojos negros como la noche maya y una sonrisa que iluminaba más que las luces LED del aeropuerto. Llevaba el uniforme impecable, camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y corbata floja, como si ya estuviera listo para la fiesta. "Buenas tardes, señorita. ¿En qué le puedo ayudar?" dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel de los brazos.

Le entregué mi pasaporte y boleto, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Sí, checa mi facturación para el vuelo de mañana a México", respondí, mordiéndome el labio sin darme cuenta. Él tecleó en la computadora, sus dedos largos y fuertes moviéndose con precisión. Olía a colonia fresca, mezclada con un toque de sudor masculino que me hizo imaginar cosas que no debería en un lugar público. "Todo en orden, Ana. Pero veo que hay un upgrade disponible a primera clase. ¿Le interesa?" Sus ojos se clavaron en los míos, y juro que vi un brillo juguetón ahí.

El deseo inicial fue como una brisa del mar: sutil, pero imposible de ignorar. Me quedé mirándolo, pensando

Órale, este wey está cañón. ¿Y si le sigo la corriente?
Le sonreí de vuelta. "¿Y qué incluye ese upgrade, guapo?" solté, coqueta, usando ese tono juguetón que siempre funciona en México.

Él se rió bajito, un sonido que vibró en mi pecho. "Todo lo que imagine, preciosa. Asientos reclinables, champán y... atención personalizada". Bajó la voz en la última parte, y sentí el calor subir por mis mejillas. La fila detrás de mí se movía lento, pero nadie parecía notar nuestra química eléctrica. El ruido de los anuncios por altavoz, el rodar de maletas y el zumbido de las impresoras se desvanecían; solo existía su mirada devorándome.

Acto uno cerrado: la tensión ya estaba plantada. Me dio mi boarding pass con un guiño. "Pase por la sala VIP si quiere más detalles. Yo termino mi turno en una hora". Mi pulso se aceleró. Neta, ¿voy o no?

La sala VIP de Pasión del Cielo era un oasis de lujo: sillones de piel suave, luces tenues y un bar con botanas de mariscos frescos. Me serví un margarita helado, el limón picante en la lengua contrastando con la sal del rim. El reloj tic-tacaba en mi mente, y cada sorbo avivaba el fuego en mi vientre. Pensaba en él, en cómo sus manos se sentirían en mi cintura, fuertes pero tiernas.

¿Estoy loca? Es un desconocido. Pero carajo, hace cuánto no siento esta chingadera de mariposas
.

Una hora después, ahí estaba, entrando con su chaqueta en la mano, corbata suelta. "¿Me esperaste?" preguntó, sentándose a mi lado tan cerca que su muslo rozó el mío. El contacto fue eléctrico, piel contra tela, calor irradiando. "Claro que sí, pendejo. ¿Pensaste que me iba a ir?" bromeé, y reímos juntos, rompiendo el hielo.

Se llamaba Marco, 32 años, piloto en entrenamiento para Pasión del Cielo. Hablamos de todo: de la playa en Tulum, de cómo el cielo nocturno en Quintana Roo parece infinito, de antojos carnales disfrazados de charlas inocentes. Su mano rozó mi rodilla "por accidente", y yo no la quité. El aroma de su piel, a sal y hombre, me embriagaba más que el tequila. "Eres preciosa, Ana. Desde que te vi en la facturación, no pude dejar de pensarte", murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

La escalada fue gradual, deliciosa. Le tomé la mano, entrelazando dedos, sintiendo las callosidades de sus palmas, evidencia de su fuerza. Nos besamos ahí mismo, en el rincón apartado de la sala VIP. Sus labios eran firmes, su lengua explorando con hambre contenida, sabor a menta y deseo. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, bajo la falda ligera, rozando la rendija de mi ropa interior ya húmeda. "Marco... aquí no", susurré, pero mis caderas se arquearon hacia él.

Me llevó a una oficina privada detrás del mostrador de facturación, un cuarto pequeño con escritorio y sillas, iluminado por una lámpara de escritorio. Cerró la puerta con llave, el clic resonando como una promesa. "¿Estás segura?" preguntó, ojos serios, respetuosos. "Sí, wey. Te quiero ya", respondí, jalándolo hacia mí.

Nos desvestimos con urgencia, pero saboreando cada botón desabrochado. Su camisa cayó, revelando un torso esculpido, piel bronceada oliendo a sol y océano. Besé su pecho, lamiendo el salado sudor, sintiendo su corazón latir desbocado bajo mi lengua. Él me quitó el blusa, sus manos grandes cubriendo mis senos, pulgares rozando pezones endurecidos que enviaban chispas directo a mi centro.

Caímos sobre el escritorio, papeles crujiendo bajo nosotros. Su boca descendió por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. "Eres tan mojada, Ana", gruñó al deslizar dedos entre mis pliegues, el sonido chapoteante de mi excitación llenando el cuarto. Gemí alto, arqueándome, el placer construyéndose como una ola en la playa. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi intimidad antes de que su lengua me invadiera, lamiendo con maestría, saboreándome como el mango más dulce. El olor almizclado de mi arousal se mezclaba con su colonia, embriagador.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. "Cógeme, Marco. Fuerte". Se colocó, su miembro grueso, palpitante, rozando mi entrada. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el roce de venas contra mis paredes enviando temblores. Luego, el ritmo aumentó: embestidas profundas, piel contra piel cacheteando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus manos en mis caderas, guiándome, yo clavando uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El escritorio temblaba, el aire cargado de jadeos, "¡Sí, así! ¡Más!" y "Eres una diosa".

La tensión psicológica explotó en oleadas físicas. Pensaba

Esto es el cielo, neta. Pasión del cielo en su máxima expresión
. Él me volteó, entrando por detrás, una mano en mi clítoris frotando en círculos perfectos. El orgasmo me golpeó como un trueno: visión borrosa, cuerpo convulsionando, grito ahogado contra su palma. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, calor líquido llenándome, pulsos sincronizados.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El afterglow fue dulce: besos suaves, risas cansadas. "¿Volverás a volar con Pasión del Cielo?" preguntó, trazando círculos en mi vientre. "Siempre, mi piloto", respondí, sintiendo una paz profunda, como si el cielo mismo nos hubiera bendecido.

Nos vestimos entre caricias, prometiendo números de teléfono y más aventuras. Salí del aeropuerto con el boarding pass en mano, pero el verdadero equipaje era el recuerdo ardiente de esa Pasión del Cielo facturación. El mar me esperaba, pero ahora sabía que el cielo también tenía sus pasiones terrenales.

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