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Pasión Cap 67 Fuego en la Piel

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Pasión Cap 67 Fuego en la Piel

Ana caminaba por las calles empedradas de la Roma, con el sol de la tarde besando su piel morena. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba sus curvas como si fuera una segunda piel, y el aire cálido de México City le erizaba los vellos de los brazos. Hacía semanas que no sentía esa chispa, esa hambre que le mordía el estómago. Su vida era un torbellino de trabajo como escritora de novelas eróticas, pero últimamente las palabras no fluían. Necesitaba inspiración real, de carne y hueso.

Entonces lo vio. Marco, alto, con esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. Estaba afuera de un café, fumando un cigarro con esa pose de galán de telenovela. Sus ojos se cruzaron, y Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como si alguien hubiera encendido una fogata ahí adentro. ¿Qué wey tan chulo? pensó, mordiéndose el labio.

Órale, preciosa, ¿vienes a robarme el corazón o nomás a pedirme fuego?
le dijo él, con voz grave que vibraba en el aire cargado de jazmín y escape de coches.

Ana rio, un sonido ronco y juguetón. Neta, este pendejo sabe cómo entrarle. Se acercó, oliendo su colonia amaderada mezclada con tabaco, un aroma que le hacía agua la boca.

—Fuego no, pero si me convences, te doy algo mejor —respondió ella, guiñando un ojo.

Hablaron un rato, coqueteando como si el mundo se hubiera reducido a esa banqueta. Él era arquitecto, fan de sus libros. Pasión Cap 67, murmuró, era su capítulo favorito. Ana sintió un rush de calor; nadie había conectado tan rápido con su serie erótica en línea. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de manos. El deseo era un pulso constante, latiendo entre sus piernas.

Al atardecer, terminaron en su departamento en la Condesa, un lugar chido con ventanales que daban a los árboles frondosos. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el bochorno de afuera. Marco cerró la puerta y la miró como si fuera su cena.

Ven acá, mamacita
—susurró, jalándola por la cintura.

Sus labios se encontraron en un beso hambriento. Ana probó el sabor salado de su boca, mezclado con café y algo dulce, quizás tequila de la plática. Sus lenguas danzaban, explorando, mientras las manos de él subían por su espalda, desabrochando el vestido con dedos temblorosos de anticipación. Ella gemía bajito, el sonido ahogado contra su cuello, inhalando su sudor fresco.

El vestido cayó al piso con un susurro de tela. Ana quedó en lencería negra, sus pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas. Marco la devoraba con los ojos, sus pupilas dilatadas. Pinche hombre, me va a quemar viva, pensó ella, mientras le quitaba la camisa, sintiendo los músculos duros bajo sus palmas, calientes como brasas.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Marco besaba su cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se secaban al instante con su aliento. Ana arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros, oliendo el almizcle de su excitación que llenaba la habitación. Esto es Pasión Cap 67, neta, puro fuego, se dijo, recordando cómo lo describiría en su próximo capítulo.

Las manos de él bajaron, deslizándose por su vientre plano, rozando el encaje de las panties. Ella jadeaba, el corazón retumbando como tambores en una fiesta de pueblo.

¡Más, cabrón, no pares!
exigió, voz ronca de necesidad. Marco sonrió contra su piel, lamiendo un pezón endurecido, el sabor salado de su sudor en la lengua. Ana sintió la humedad crecer entre sus muslos, un calor líquido que la volvía loca.

Él se arrodilló, besando su ombligo, bajando lento, torturándola con cada centímetro. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso contra el interior de sus muslos. Cuando su boca llegó ahí, Ana gritó un ¡Ay, wey!, agarrando las sábanas. Su lengua era mágica, lamiendo, chupando, explorando cada pliegue con devoción. Ella olía su propio aroma almizclado, mezclado con el de él, embriagador. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, gemidos ahogados, el colchón crujiendo bajo sus caderas que se movían solas.

Pero Ana quería más, quería control. Lo empujó boca arriba, montándose a horcajadas. Ahora yo mando, guapo. Desabrochó su pantalón, liberando su verga dura, palpitante, venosa. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Marco gruñó, ojos entrecerrados de placer. Ella lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él juraba en voz baja:

¡Chingada madre, qué rica!

La tensión era insoportable, un nudo apretándose en su vientre. Ana se posicionó encima, guiándolo adentro con un suspiro largo. Lo sintió estirándola, llenándola por completo, un dolor placer que la hizo temblar. Empezó a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena contra sus paredes internas. El slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando entre ellos, oliendo a sexo puro.

Marco agarró sus caderas, ayudándola a cabalgar más rápido. Sus tetas rebotan hipnóticas, pensó él, pero Ana solo sentía el fuego subiendo, sus nervios en llamas. Gemía sin control, palabras sueltas: ¡Sí, así, pendejito, dame todo! Él respondía embistiendo desde abajo, profundo, golpeando ese punto que la volvía loca.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Ana aceleró, uñas en su pecho, dejando marcas rojas. El mundo se redujo a sensaciones: el latido de su corazón en los oídos, el sabor de su propio sudor en los labios, el olor penetrante de sus cuerpos unidos, el tacto resbaloso de pieles sudadas. Marco gruñó primero, tensándose, llenándola con chorros calientes que la empujaron al borde.

¡Me vengo, Ana, chula!
—rugió él.

Ella explotó segundos después, un grito gutural escapando mientras ondas de placer la sacudían, contrayéndose alrededor de él, milking cada gota. Colapsó sobre su pecho, respiraciones entrecortadas sincronizadas, piel pegajosa, corazones galopando.

Se quedaron así un rato, en el afterglow, caricias perezosas en la espalda. El cuarto olía a sexo y sábanas revueltas, la ciudad zumbaba afuera como un secreto lejano. Ana levantó la cabeza, besándolo suave.

Esto fue Pasión Cap 67 hecho realidad —murmuró ella, sonriendo.

Marco rio bajito, atrayéndola más cerca.

Neta, el mejor capítulo de tu vida, ¿o qué?

Ana sintió una paz profunda, el deseo saciado pero con brasas listas para reavivarse. Sabía que escribiría sobre esto, pero nada capturaría el calor real de su piel contra la suya, el eco de sus gemidos en su alma. En ese momento, México City parecía el paraíso, y ellos, los reyes de la pasión.

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