Pasión Prohibida Capítulo 27 El Susurro Ardiente
Ana sintió el calor de la noche mexicana envolviéndola como un amante impaciente mientras caminaba por el pasillo del rancho familiar en las afueras de Guadalajara. El aire olía a jazmín fresco mezclado con el humo lejano de una fogata, y el sonido de las risas de la familia resonaba desde el patio principal. Era la cena de los Domínguez, una tradición que su esposo Carlos insistía en mantener cada fin de semana, pero esta vez, esta vez, todo se sentía diferente. Su cuñado Diego estaba ahí, con esa mirada que la desnudaba sin tocarla, esa que hacía que su piel se erizara como si miles de hormigas calientes recorrieran su espina dorsal.
¿Por qué carajos no puedo sacármelo de la cabeza? —pensó Ana, mordiéndose el labio inferior—. Es mi cuñado, neta, un pendejo prohibido, pero su boca... ay, Dios, su boca sabe a tequila y pecado.
Carlos charlaba animadamente con los tíos sobre el negocio de los agaves, ajeno a la tormenta que bullía en el pecho de su esposa. Ana se sirvió un poco más de ponche de granada, el dulzor ácido explotando en su lengua, mientras sus ojos se clavaban en Diego. Él estaba recargado contra la pared de adobe, con su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho, sudado por el calor bochornoso. Sus músculos se tensaban al mover la botella de cerveza, y Ana imaginó el sabor salado de su piel bajo su lengua.
La tensión había empezado meses atrás, en una de esas fiestas donde el mezcal fluye como río y las inhibiciones se evaporan. Un roce accidental en la cocina, una mirada demasiado larga, y de pronto, besos robados en el establo. Pasión prohibida, eso era lo que le susurraba su mente cada noche, capítulo tras capítulo de un secreto que la consumía. Este era el capítulo 27, el de la noche en que juraron no parar hasta que el deseo los quemara por completo.
Diego la vio mirándolo y sonrió con esa picardía tapatía que la volvía loca. Se excusó con un "voy por más leña, carnales" y desapareció hacia el fondo del rancho. Ana esperó unos minutos, el corazón latiéndole como tamborazo en las venas, antes de seguirlo. El crujido de la grava bajo sus sandalias era el único sonido que rompía el silencio de la noche, junto con el zumbido de los grillos y el ulular distante de un búho.
Lo encontró en el cobertizo, apilando troncos con movimientos fluidos, el sudor perlando su frente. El olor a madera fresca y a hombre la golpeó como una ola. —¿Qué haces aquí, nena? —preguntó él con voz ronca, sin voltear, pero sabiendo perfectamente que era ella.
—Vine a ver si necesitas ayuda, güey —mintió Ana, acercándose hasta que sus pechos rozaron la espalda de él. Sintió el calor irradiando de su cuerpo, el latido acelerado bajo su palma cuando la posó en su hombro—. O tal vez... a terminar lo que empezamos la semana pasada.
Diego se giró despacio, sus ojos cafés devorándola. Tomó su cintura con manos firmes pero tiernas, atrayéndola contra su pecho. —Sabes que esto es una locura, Ana. Carlos es mi hermano, pero pinche, no puedo dejar de pensar en cómo gimes cuando te toco.
El beso fue inevitable, como el trueno que precede a la lluvia torrencial. Sus labios se fundieron con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Ana probó el regusto amargo de la cerveza en su boca, mezclado con el dulzor de su propia saliva. Sus manos exploraron bajo la camisa de él, sintiendo la dureza de sus abdominales, el roce áspero del vello que le erizaba la yema de los dedos. Diego gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella, enviando chispas directamente a su entrepierna.
Esto es pasión prohibida capítulo 27 —se dijo Ana en silencio, mientras él la empujaba contra la pared de madera—. El capítulo donde me rindo por completo, donde el miedo se convierte en fuego.
Las manos de Diego bajaron por sus caderas, levantando la falda floreada hasta revelar la piel suave de sus muslos. El aire fresco de la noche contrastaba con el ardor de sus palmas, que se colaron bajo la tela de sus bragas. Ana jadeó cuando sus dedos encontraron su humedad, resbaladizos y ansiosos. —Estás chingada de mojada, mi amor —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El olor de su colonia, terrosa y especiada, la embriagaba más que cualquier licor.
Ella respondió arqueándose, sus uñas clavándose en sus hombros. —Tócame más, Diego, no pares. Quiero sentirte todo. —Sus caderas se movían instintivamente contra su mano, el roce de sus dedos gruesos sobre su clítoris enviando ondas de placer que la hacían temblar. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el susurro del viento entre los árboles, creando una sinfonía privada y pecaminosa.
Diego la levantó con facilidad, sus brazos fuertes como los de un jinete domando un potro salvaje, y la sentó en una mesa de trabajo cubierta de herramientas oxidadas. Le quitó la blusa con urgencia, exponiendo sus senos plenos al aire nocturno. Sus pezones se endurecieron al instante, rosados y suplicantes. Él los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, el tirón dulce-doloroso haciendo que Ana arqueara la espalda y soltara un gemido ahogado. —¡Ay, cabrón! —susurró ella, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto—. Me vas a volver loca.
El conflicto interno la azotaba como latigazos: ¿Y si Carlos nos pilla? ¿Y si esto destruye todo? Pero el deseo era más fuerte, un torrente imparable. Diego se desabrochó el pantalón, liberando su erección dura y palpitante. Ana la tomó en su mano, sintiendo la seda caliente de la piel, las venas prominentes latiendo bajo sus dedos. Era grueso, perfecto, y el olor almizclado de su excitación la hizo salivar. Se inclinó para lamer la punta, saboreando la sal preeyaculatoria, mientras él gemía su nombre como una oración.
—No aguanto más, nena —gruñó Diego, posicionándose entre sus piernas. Ana abrió los muslos, invitándolo, guiándolo con la mano hasta su entrada húmeda. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El placer la invadió como una marea, el roce de su grosor contra sus paredes internas enviando explosiones de éxtasis. —Sí, así, métemela toda —rogó ella, clavando las uñas en su espalda.
El ritmo empezó lento, sensual, sus caderas chocando con un slap húmedo que resonaba en el cobertizo. Ana sentía cada embestida profunda, el roce de su pubis contra su clítoris, el sudor de sus cuerpos pegándose como miel caliente. Diego aceleró, sus gruñidos roncos mezclándose con sus jadeos agudos. El mundo se redujo a sensaciones: el sabor de su beso salado, el olor a sexo y madera, el tacto de sus músculos tensos bajo sus palmas, la vista de sus ojos fijos en los de ella, llenos de lujuria y algo más profundo, tierno.
La tensión creció como una olla a presión, sus cuerpos sincronizados en una danza frenética. Ana sintió el orgasmo aproximándose, un nudo apretándose en su vientre bajo. —Voy a venirme, Diego, no pares, ¡órale! —gritó ella en un susurro desesperado. Él la penetró más fuerte, su propia liberación cerca, hasta que el clímax los golpeó como un rayo. Ana se convulsionó alrededor de él, olas de placer puro recorriéndola, contrayendo sus músculos en espasmos que lo ordeñaban. Diego se derramó dentro de ella con un rugido gutural, caliente y abundante, colapsando sobre su pecho mientras ambos temblaban en la afterglow.
Se quedaron así un rato, jadeando, el sudor enfriándose en su piel. Diego besó su frente, suave, protector. —Eres lo mejor que me ha pasado, Ana, aunque sea prohibido.
Ella sonrió, pasando los dedos por su cabello húmedo.
Pasión prohibida capítulo 27: el del fuego que no se apaga, el que nos une en secreto.El conflicto aún latía, pero por ahora, la satisfacción era total, un bálsamo para el alma atormentada. Se arreglaron la ropa con prisas, robándose besos tiernos antes de volver a la fiesta como si nada. La noche continuaba, las risas familiares ajenas a su secreto ardiente, pero Ana sabía que habría un capítulo 28, y otro más, porque este fuego solo crecía.