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Diario de una Pasion Diary of a Passion

7062 palabras

Diario de una Pasion Diary of a Passion

Entrada del 15 de mayo

¡Neta que no lo puedo creer! Hoy empecé este diario de una pasion nombre en ingles Diary of a Passion porque siento que mi vida se está poniendo bien intensa. Me llamo Ana, tengo 28 años y vivo en el corazón de la CDMX, en la Condesa, donde todo huele a café recién molido y tacos al pastor asándose en la esquina. Llevo semanas sintiendo un vacío, como si mi cuerpo pidiera a gritos algo más que el trajín del trabajo en la agencia de diseño. Y entonces apareció él: Diego, mi carnal del gym, pero que de repente se me hace que no es tan carnal como pensaba.

Lo vi por primera vez hace un mes en la clase de crossfit. Sudoroso, con esa playera pegada al pecho marcado, oliendo a hombre puro, a feromonas mezcladas con el aroma del desodorante Axe que usan todos los weyes. Sus ojos cafés me clavaron cuando me ayudó con las pesas. "Órale, Ana, no te vayas a lastimar, déjame cargarte eso", me dijo con esa voz grave que me erizó la piel. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando chillonas. Desde ahí, cada vez que lo veo, mi mente se va a lugares prohibidos, imaginando sus manos grandes recorriendo mi espalda, bajando despacio hasta mis caderas.

Hoy después de la clase, nos quedamos platicando en la barra de jugos. El sol de la tarde pegaba fuerte, haciendo que el aire oliera a tierra mojada de la regadera cercana. "Eres bien chida, Ana, tienes una fuerza que no te imaginas", me soltó mientras me pasaba un smoothie de mango, frío y dulce en mis labios. Nuestros dedos se rozaron y ¡pum! Electricidad pura. Me miró fijo, y yo sentí que mis pezones se endurecían bajo el brasier deportivo. Quise besarlo ahí mismo, pero me contuve. Tranquila, Ana, no seas pendeja, ve despacio, me dije. Pero ya estoy perdida, wey.

Querido diario, esta pasión me está consumiendo. Quiero oler su cuello, probar su sudor salado, sentirlo dentro de mí hasta que grite su nombre.

Entrada del 22 de mayo

¡Ay, Dios mío! La tensión se está poniendo insoportable. Ayer lo invité a un cafecito en Roma Norte, después de una sesión brutal en el gym donde nos emparejaron para los burpees. Terminamos jadeando, cuerpos cerca, respiraciones entrecortadas. Él olía a esfuerzo, a testosterona cruda, y yo a mi perfume de vainilla que se mezclaba con el mío propio, ese aroma almizclado que sale cuando estoy excitada.

En la terraza del café, con el ruido de los carros y las risas de los hipsters de fondo, platicamos de todo: de lo chafa que es la vida sin pasión, de cómo él se divorció hace un año y ahora busca algo real. "Ana, contigo siento que puedo ser yo, sin máscaras", me confesó, y su mano rozó mi rodilla bajo la mesa. Fue como fuego líquido subiendo por mis muslos. Le sonreí, mordiéndome el labio, y le dije: "Yo también, Diego, neta que me pones". Sus ojos se oscurecieron, y supe que él también lo sentía. Caminamos después por las calles empedradas, el viento fresco acariciando mi piel expuesta en shorts cortos. Cada roce accidental –su brazo contra mi hombro, mi cadera contra la suya– era una promesa de lo que vendría.

En mi depa, sola, me toqué pensando en él. Mis dedos resbalando en mi humedad, imaginando su boca en mis senos, chupando suave al principio, luego con hambre. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes blancas de mi cuarto. No aguanto más, necesito que me folle como se merece una mujer en llamas.

Entrada del 29 de mayo

¡Lo hicimos! Todo explotó hoy, y fue mejor de lo que soñé. Me mandó mensaje: "Ven a mi casa, Ana, traigo ganas de ti". Vivo a unas cuadras en Polanco, un depa moderno con vista al skyline, olores a incienso y velas de coco flotando en el aire. Abrí la puerta en tanga y crop top, solo para provocarlo. Él estaba en pants, sin camisa, músculos brillando bajo la luz tenue.

"Eres una diosa, mamacita", gruñó, jalándome hacia él. Sus labios capturaron los míos, duros al principio, luego suaves, lengua danzando con la mía, sabor a menta y deseo. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna. "Te quiero tanto, Diego", susurré, mientras mis uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas que olían a su piel salada.

Me quitó la ropa despacio, besando cada centímetro: el cuello, donde mi pulso latía como tambor; los pechos, lamiendo pezones erectos hasta que arqueé la espalda gimiendo; el ombligo, bajando hasta mi monte de Venus húmedo. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, rica?", dijo con voz ronca, metiendo dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. El sonido de mi jugo era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos y el latido de mi corazón en los oídos.

¡Qué padre es esto! Su lengua en mi clítoris, chupando suave, círculos perfectos, mientras sus dedos follan mi coño empapado. Huelo mi excitación, dulce y fuerte, y la suya, ese olor masculino que me enloquece.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Su verga era gruesa, venosa, goteando precum que lamí como miel. "¡Métetela, Ana, no aguanto!", rogó. Me subí encima, guiándolo dentro de mí centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el roce de sus bolas contra mi culo. Luego más rápido, piel chocando piel, sudor goteando, olores intensos: sexo puro, almizcle, pasión desatada.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome profundo, mis piernas en sus hombros. "¡Sí, pendejo, así, más fuerte!", grité, clavando uñas en sus nalgas. El cuarto se llenó de nuestros gemidos, el colchón crujiendo, el aire pesado de nuestros alientos. Sentí el orgasmo venir, como ola gigante: contracciones, calor explosivo, gritando su nombre mientras él se corría dentro, chorros calientes llenándome, su rostro en éxtasis.

Después, abrazados, piel pegajosa, besos suaves. "Esto es el inicio, Ana", murmuró, oliendo mi cabello. Yo, con el cuerpo zumbando de placer residual, su semen escurrir lento por mis muslos, sonreí. Mi diario de una pasión por fin cobra vida.

Entrada del 5 de junio

Han pasado días de puro fuego. Cada encuentro es más intenso, más nuestro. Ayer en su jacuzzi, burbujas masajeando nuestra piel desnuda, el vapor subiendo con olor a sales de baño y nuestro sexo. Me folló de pie, agua salpicando, mis tetas rebotando contra su pecho. Grité tan fuerte que los vecinos debieron oír, pero ¡qué chingados! Es consensual, es nuestro, empoderador como la madre.

Ahora sé que esto no es solo físico. Hay conexión, risas, miradas que dicen todo. Diego me hace sentir reina, deseada, viva. Este diario guarda mi secreto más dulce, mi pasión hecha carne. Y seguirá, porque el deseo no se acaba, solo crece.

Fin de esta entrada, pero no de la pasión. Mañana más, wey. Besos mojados.

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