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Pasión Cap 89 Noche de Fuego Incontrolable

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Pasión Cap 89 Noche de Fuego Incontrolable

Estaba sola en mi depa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a jazmín del difusor flotando en el aire. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas traviesas, pero adentro, yo ardía. Tenía entre las manos el último tomo de esa novela erótica que me tenía loca: Pasión Cap 89. La historia de esa pareja que se devoraba mutuamente en una playa de la Riviera Maya, con el salitre pegándose a sus pieles sudadas. Leí en voz alta: "Él la tomó por la cintura, sintiendo cómo su calor lo envolvía como una ola ardiente". Neta, mi cuerpo reaccionó al instante. Sentí un cosquilleo entre las piernas, mi panocha se humedeció solo de imaginarlo.

Me recargué en el sofá de piel suave, el roce contra mis muslos desnudos me erizó la piel. Llevaba solo una playera holgada y unos calzones de encaje negro que apenas cubrían nada. El tequila en mi vaso brillaba ámbar bajo la luz tenue, y di un trago largo, sintiendo el ardor bajar por mi garganta y avivar el fuego en mi vientre.

¿Por qué no puedo tener una noche así? Un wey que me haga temblar de verdad
, pensé, mientras mis dedos jugaban distraídos con el borde de la playera, rozando un pezón que ya estaba duro como piedrita.

Entonces sonó el celular. Era él, Alejandro, mi amor intermitente, el que siempre aparecía cuando más lo necesitaba. "Órale, preciosa, ¿estás sola? Voy para allá, no me esperes despierta... o sí, mejor sí", dijo con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Colgué y me levanté de un brinco, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Corrí al espejo del baño, me retoqué el labial rojo pasión y me pasé las manos por el cabello negro largo, ondulado. Olía a vainilla y deseo, mi perfume favorito.

No pasaron ni veinte minutos cuando tocó la puerta. Abrí y ahí estaba, alto, moreno, con esa sonrisa pícara y los ojos brillando como brasas. Llevaba una camisa blanca desabotonada a medias, dejando ver el pecho firme y un poco de vello que me daban ganas de lamer. "¡Ey, mamacita! ¿Qué traes?", murmuró, entrando y cerrando con el pie. Su olor a colonia fresca y hombre me golpeó como una ráfaga, y sin pensarlo, lo jalé hacia mí.

Acto primero: la chispa. Nos besamos en el umbral, lento al principio, saboreando el tequila en su lengua y el mío en la suya. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome un poquito para que sintiera su verga ya dura contra mi monte de Venus. "Neta, te extrañé, wey", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Caminamos tropezando hacia el sofá, dejando un rastro de ropa: su camisa cayó primero, revelando músculos tensos por el gym; luego mi playera, y mis chichis saltaron libres, pesados y sensibles.

Me sentó en sus piernas, y sentí el calor de su piel contra la mía, como si fuéramos dos fogatas juntándose. Sus dedos trazaron círculos en mi espalda, bajando hasta los calzones, que ya estaban empapados. "Estás chingona de mojada, ¿eh? ¿Qué estabas haciendo antes de que llegara tu rey?", preguntó con voz juguetona, mientras lamía mi cuello, dejando un rastro húmedo y caliente. Le mostré el libro: "Pasión Cap 89, carnal. Esta escena me prendió fuego". Él rio ronco, hojeándolo rápido. "Pues hagamos nuestra propia versión, pero mejor".

El beso se profundizó, lenguas enredándose como serpientes en celo. Yo gemía bajito, sintiendo su aliento caliente en mi boca, el sabor salado de su sudor mezclado con el mío. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, un dolor que se convertía en placer puro. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga palpitante bajo la tela. La apreté suave, y él jadeó: "¡Pinche diosa, vas a matarme!".

El medio: la hoguera crece. Lo empujé al sofá y me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Desabroché su jeans con dientes, oliendo su excitación masculina, ese aroma almizclado que me volvía loca. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La lamí de abajo arriba, despacio, saboreando la sal y el leve amargor. Él se arqueó, manos en mi pelo: "Órale, qué chido... chúpamela más profundo, amor". Obedecí, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más, el pulso latiendo contra mi lengua.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me subí encima, frotando mi panocha empapada contra su verga, sin penetrar aún. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rozando su piel suave. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Él me miró a los ojos, esos pozos oscuros: "Te quiero dentro, cabrón, pero hazme rogar". Jugamos así, torturándonos, mis jugos lubricando todo, el olor a sexo llenando el aire como incienso prohibido.

De pronto, me volteó boca abajo en el sofá, el cuero pegajoso contra mi piel ardiente. Sus dedos exploraron mi culo, bajando a la raja húmeda. "Estás chorreando, preciosa", dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Yo arqueé la espalda, gimiendo como loca: "¡Sí, así, no pares, pendejo caliente!". Él lamía mi espalda mientras follaba con los dedos, el sonido chapoteante mezclándose con nuestros jadeos. El clímax se acercaba, pero lo frené: "No aún, quiero sentirte todo".

Me puso de rodillas en el suelo, él detrás. Su verga presionó mi entrada, gruesa y caliente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Dios, qué grande estás!", grité, mientras él empezaba a bombear, lento primero, luego más rápido. El choque de piel contra piel era como palmadas en una pachanga, sudor goteando, mezclándose. Agarró mis chichis desde atrás, pellizcando, y yo empujaba hacia él, queriendo más.

Cambiámos de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis tetas rebotando con cada bajada. Lo veía, sudado, mordiéndose el labio, y pensé:

Este wey es mío, neta, puro fuego
. Aceleré, sintiendo el orgasmo crecer como marea, mis paredes apretándolo fuerte.

El final: la explosión. "Me vengo, amor, ¡me vengo!", aullé, y exploté en olas de placer, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas. Él gruñó profundo, embistiéndome una vez más, y sentí su leche caliente llenándome, pulsos y pulsos de semen espeso. Colapsamos juntos, él aún dentro, nuestros cuerpos temblando, pegajosos de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a nosotros.

Nos quedamos así, respirando agitados, su mano acariciando mi cabello. "Eso fue mejor que cualquier Pasión Cap 89", murmuró, besándome la sien. Yo sonreí, sintiendo el afterglow cálido en todo mi ser, el corazón latiendo en sintonía con el suyo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero adentro, habíamos creado nuestro propio mundo de pasión eterna. Me acurruqué contra su pecho, oyendo su corazón calmarse, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches así.

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