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Leyendas de Pasión Reparto Ardiente

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Leyendas de Pasión Reparto Ardiente

Entré al set de Leyendas de Pasión con el corazón latiéndome como tambor en fiesta. El aire olía a café recién molido y a ese perfume dulzón que usan las maquillistas, mezclado con el sudor fresco de los reflectores calientes. Yo era la nueva, la chamaquita del reparto que todos miraban con ojos curiosos. Me llamo Ana, veintiocho años, curvas que no pasan desapercibidas y una sonrisa que desarma pendejos. Ese día, el director gritaba órdenes mientras el elenco se acomodaba para la escena de la hacienda.

Diego, el galán principal, estaba ahí de pie, con su camisa blanca entreabierta mostrando ese pecho moreno y musculoso que hacía suspirar a las extras. Alto, ojos negros como noche de tequila, y una voz ronca que cuando decía "acción" me ponía la piel chinita. Nuestras miradas se cruzaron mientras ensayábamos el diálogo. "Mi amor, no puedes irte", repetí, acercándome a él como pedía el guion. Su mano rozó mi cintura, y neta, sentí un chispazo que me recorrió hasta las nalgas. ¿Era el calor de las luces o qué pedo? Él sonrió de lado, ese guiño pillo que solo los weyes guapos saben hacer.

Después del corte, nos fuimos al descanso. El reparto de Leyendas de Pasión era un desmadre de chismes y coqueteos. Las chicas hablaban de quién se clavaba a quién en los trailers, pero yo solo pensaba en Diego. Me invitó un café en su camerino, "para platicar la escena, Ana", dijo con esa voz que suena a promesas sucias. Entré, el espacio chiquito olía a su colonia amaderada, como cedro y deseo. Cerró la puerta y ya estaba. "¿Sabes qué? Tienes fuego, carnala", murmuró, acercándose lento.

¿Y si esto es el error más chido de mi vida? Su aliento cálido en mi cuello, y yo ya sintiendo que mi cuerpo traiciona mi cabeza.

Acto uno del deseo real, no del guion. Mis manos subieron a su nuca, jalando su cabello negro revuelto. Nuestros labios chocaron suaves al principio, explorando como si fuéramos extraños en una cantina. Sabía a menta y a algo prohibido, su lengua juguetona me hacía gemir bajito. "Qué rico besas, Diego", le susurré, y él rio contra mi boca, manos firmes en mis caderas apretándome contra su dureza. Sentí su verga tiesa presionando mi vientre, dura como piedra prehispánica, y un calor líquido se me acumuló entre las piernas.

El camerino se volvió nuestro mundo. Lo empujé al sillón gastado, me subí a horcajadas sobre él, mi falda de la escena subiéndose sola. El roce de sus jeans contra mi piel desnuda bajo la tanga era eléctrico, como chispas de un cortocircuito. Olía a nuestra excitación, ese aroma almizclado que enloquece. "Quítate eso, mami", gruñó, rasgando botones de mi blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como balas, y él los chupó con hambre, lengua girando alrededor mientras yo arqueaba la espalda gimiendo. ¡Qué chido! Cada lamida era un rayo directo a mi clítoris palpitante.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, luchaba: Esto es el reparto de Leyendas de Pasión, no podemos cagarla con un escándalo. Él lo notó, paró un segundo, ojos fijos en los míos. "¿Quieres parar, Ana? Neta, dime". Su respeto me derritió más. "Ni madres, sigue, pendejo", contesté riendo, y eso rompió la tensión. Le bajé el zipper, saqué su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La apreté suave, sintiendo el pulso acelerado, y él jadeó, "¡Carajo, qué mano!". La lamí de abajo arriba, saboreando la sal de su piel, pre-semen dulce en la punta. Él me jaló el pelo suave, guiándome, pero siempre preguntando con la mirada si estaba bien.

La intensidad subía como tequila en vena. Me paré, me quité la falda y la tanga empapada, oliendo a mi propia excitación jugosa. Me senté en su cara, y su lengua encontró mi chochito como imán. Lamió lento, chupando labios hinchados, metiendo la punta adentro mientras yo me mecía, tetas rebotando. Sonidos húmedos llenaban el aire, mis gemidos ahogados contra mi mano para no alertar al crew afuera. "Sabes a miel, Ana, a pura pasión mexicana", murmuró entre lamidas, y yo exploté en su boca, orgasmos rodando como temblores, piernas temblando, jugos corriéndole por la barba.

Lo volteé, ahora él encima, protegiéndome con su cuerpo fuerte. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, wey, qué grande!", grité bajito, uñas clavadas en su espalda tatuada con un águila azteca. Empezó a bombear, ritmo pausado al principio, cada embestida rozando mi punto G, haciendo que viera estrellas. El sillón crujía, sudor nos pegaba piel con piel, slap-slap de carne contra carne. Olía a sexo crudo, a nosotros dos fundidos. En mi mente: Esto es mejor que cualquier leyenda de pasión, es nuestra propia telenovela.

Escaló, más rápido, más hondo. Yo envolví piernas en su cintura, clavándolo más. "Córrete conmigo, Diego", le rogué, y él aceleró, gruñendo como toro. Sentí sus bolas apretarse contra mí, mi chochito contrayéndose en espasmos. Gritamos juntos, él llenándome de calor espeso, yo ordeñándolo con contracciones que no paraban. Ondas de placer nos barrieron, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.

Después, el afterglow fue puro terciopelo. Yacimos enredados, su cabeza en mis tetas, dedos trazando círculos perezosos en mi vientre. El aire aún pesado con nuestro olor, pero ahora mezclado con risas suaves. "El reparto de Leyendas de Pasión nunca fue tan ardiente", bromeó él, besándome el hombro. Yo asentí, sintiendo una paz chida, como si hubiéramos grabado la escena perfecta.

Salimos del camerino como si nada, pero con un secreto que ardía entre nosotros. En el set, las miradas cómplices durante las tomas, toques "accidentales" que prometían más. Esa noche, en mi depa en Polanco, me mandó un mensaje: "Ronda 2 en mi casa, ¿leyenda o realidad?". Sonreí, sabiendo que esto apenas empezaba. La pasión no tiene guion, solo entrega total.

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