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La Pasión Canina Desatada

5952 palabras

La Pasión Canina Desatada

Era una noche calurosa en la colonia Roma, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen antojarte de algo fresco, o mejor aún, de alguien que te refresque de adentro hacia afuera. Yo, Ana, acababa de salir de mi chamba en la agencia de publicidad, con el estrés acumulado de toda la semana pesándome en los hombros. Decidí ir a un bar con unas amigas, un lugarcito hipster con luces tenues y reggaetón suave de fondo. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con esa mirada de lobo que te recorre el cuerpo sin disimulo. Me sonrió desde la barra, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi piel ya supiera lo que venía.

¿Qué carajos me pasa con este wey? pensé mientras me acercaba, fingiendo casualidad. Pidió una chela para mí sin preguntar, y empezamos a platicar de todo y nada: el pinche tráfico de la CDMX, las series que veíamos en Netflix, y de repente, soltó: "Neta, tienes una energía que me prende como fogata en el desierto". Su voz grave me erizó la nuca, y olí su colonia, una mezcla de madera y algo salvaje que me hizo imaginar sus manos en mi cintura.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental al pasar los tragos. Sus dedos rozaron los míos al darme el vaso, y juro que sentí chispas. "Quiere comerme viva", me dije, y la idea me mojó las panties sin remedio. Al rato, mis amigas se despidieron con guiños pícaros, y él propuso: "Vámonos a caminar, ¿no? El aire nocturno está chido". Caminamos por las calles empedradas, el bullicio de los taqueros y el olor a carne asada flotando en el aire. Su brazo rozaba el mío, y cada paso avivaba el fuego en mi entrepierna.

Llegamos a su depa, un loft moderno en una casa vieja remodelada, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared, su boca devorando la mía con hambre. Sabía a tequila y deseo puro. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda, y gemí bajito cuando sus dedos encontraron mi humedad. "Estás empapada, carnala", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel hasta que dolió rico. Yo le arañé la espalda, sintiendo sus músculos tensos bajo la camisa.

Nos fuimos desvistiendo a tropezones hacia la recámara, dejando un rastro de ropa por el piso. El aire olía a nosotros, a sudor fresco y excitación. Me tiró en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda contra mi piel desnuda. Se arrodilló entre mis piernas, mirándome con esos ojos oscuros que prometían pecado. "Es como un perro en celo, listo para montarme", pensé, y la idea me encendió más. Lamio mis pezones, chupándolos con fuerza, mientras sus dedos jugaban con mi clítoris, círculos lentos que me hacían arquear la espalda y soltar ay weys entre jadeos.

La pasión canina empezó a desatarse ahí, en ese momento en que perdí el control. Le empujé la cabeza hacia abajo, y su lengua se hundió en mí, lamiendo como si fuera su última comida. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos roncos, su respiración agitada contra mi carne hinchada. Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor salado. "¡Más, pendejo, no pares!" le grité, enredando mis dedos en su pelo revuelto. Me corrió así, con la boca, un orgasmo que me dejó temblando, las piernas flojas y el corazón latiéndome en la garganta.

Pero no paró. Me volteó como si fuera una muñeca, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga dura rozándome el culo, gruesa y caliente, palpitando contra mi piel. "Esto es la pasión canina pura, animal, sin frenos", se me cruzó por la mente mientras él se ponía un condón con manos temblorosas. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, y grité de placer mezclado con ese ardor delicioso. El slap-slap de su pelvis contra mis nalgas llenaba la habitación, sincronizado con nuestros jadeos. Sus manos me agarraban las caderas con fuerza, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido.

Me jalaba el pelo, arqueándome más, y mordía mi hombro como un lobo marcando territorio. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes internas. El sudor nos chorreaba, goteando en mi espalda, y el olor era embriagador: macho en calor, hembra enloquecida. "¡Sí, cabrón, así, fóllame como perra!" le solté, y él gruñó, acelerando el ritmo. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada embestida, mandándome ondas de placer que me nublaban la vista.

El clímax nos alcanzó juntos. Sentí su verga hincharse dentro de mí, y él rugió mi nombre mientras se vaciaba, pulsando fuerte. Yo exploté de nuevo, contrayéndome alrededor de él, un espasmo que me dejó sin aire, las lágrimas de puro éxtasis rodando por mis mejillas. Nos derrumbamos en la cama, enredados, respirando como si hubiéramos corrido un maratón. Su piel pegada a la mía, caliente y resbalosa, olía a nosotros, a esa pasión canina que nos había consumido.

Después, en la penumbra, con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas, fumamos un cigarro en silencio. Me acariciaba el pelo, suave ahora, y me besó la frente. "Eres increíble, Ana. Esa pasión tuya... es como algo salvaje, canino", dijo riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo un calorcito en el pecho que no era solo post-sexo. Neta, esto podría ser el inicio de algo cabrón, pensé, mientras su mano bajaba de nuevo por mi curva, prometiendo otra ronda.

Nos quedamos así hasta el amanecer, explorando cada centímetro del otro con lentitud, saboreando el afterglow. El sol entró tiñendo todo de dorado, y supe que esa noche había despertado algo primal en mí, una pasión canina que no se apaga fácil. Salí de ahí con las piernas temblando, el cuerpo marcado y el alma satisfecha, lista para volver cuando él llamara.

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