Andrea Bocelli Pasión Ardiente
La noche en el Auditorio Nacional estaba cargada de esa electricidad que solo se siente en los conciertos grandes. Yo, Ana, había llegado temprano, con el corazón latiéndome fuerte de pura emoción. Neta, cada vez que escucho a Andrea Bocelli, algo se despierta en mí, una pasión que me recorre la piel como un escalofrío caliente. Vestida con un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas, me acomodé en mi asiento de la zona VIP, el aire perfumado con colonia cara y el murmullo de la gente elegante.
Las luces bajaron y su voz empezó a llenar el lugar. Andrea Bocelli pasión pura, wey. Esa tenor grave y sensual vibraba en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la tela. Cantaba "Con te partirò" y yo cerré los ojos, imaginando unas manos fuertes explorando mi cuerpo al ritmo de esas notas. De repente, sentí una mirada. Abrí los ojos y ahí estaba él: un moreno alto, de unos treinta y tantos, con ojos oscuros que brillaban como carbones encendidos. Estaba dos filas adelante, volteando justo hacia mí. Nuestras miradas se engancharon y no pude soltarla. Sonrió, chulo, con esa confianza de quien sabe lo que provoca.
El concierto avanzó y cada canción avivaba el fuego. Sudor fino me perlaba la nuca, el aroma de mi perfume mezclado con el calor de los cuerpos alrededor. Él volteaba cada rato, y yo le devolvía la mirada, mordiéndome el labio sin querer.
¿Qué carajos me pasa? Este pendejo me está poniendo caliente sin tocarme, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.
Al final, aplausos ensordecedores. Bajé al lobby, el corazón martillándome. Ahí lo vi de nuevo, platicando con unos cuates. Me acerqué, fingiendo casualidad. "Órale, qué chingón estuvo Andrea Bocelli, ¿no? Esa pasión en su voz es de otro mundo", le dije, con voz ronca. Se giró, sonriendo amplio. "Sí, mami, me dejó con el alma en vilo. Soy Marco, ¿y tú?". Su voz era profunda, como un ronroneo, y olía a madera y cítricos, delicioso.
Platicamos un rato, coqueteando sin vergüenza. "Ven, vamos a un bar cerca pa' seguir la noche", me propuso. Neta, no lo pensé dos veces. Salimos al fresco de la noche capitalina, el ruido de los coches y el olor a taquería lejana. En el bar, luces tenues, jazz suave de fondo. Pedimos tequilas reposados, el líquido quemándonos la garganta, aflojándonos las lenguas. "Tú bailas con esa música en la cabeza, ¿verdad?", me dijo, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El toque fue eléctrico, piel contra piel, enviando chispas directo a mi centro.
Quiero que me bese ya, cabrón. La tensión crecía con cada sorbo. Hablamos de la vida, de cómo la voz de Bocelli nos había marcado. "Es como si cantara nuestra pasión oculta", murmuró, su mano ahora en mi muslo, subiendo despacio. Mi respiración se aceleró, el calor entre mis piernas húmedo e insistente. "Llévame a tu hotel", le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello.
En su suite del Four Seasons, el lujo nos envolvió: sábanas de mil hilos, vista a Reforma iluminada. Puertas cerradas, nos devoramos con los ojos. Marco me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso feroz. Saboreé el tequila en su lengua, salado y dulce, mientras sus manos grandes me amasaban los senos. Qué rico, gemí bajito, arqueándome contra él. Su erección dura presionaba mi vientre, prometiendo placer.
Me quitó el vestido con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel expuesta. "Eres preciosa, Ana", gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a mis pechos. Chupó un pezón, duro como piedra, tirando con los dientes lo justo para hacerme jadear. Olía a su sudor masculino mezclado con mi excitación, almizclada y pegajosa. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante. La apreté, sintiendo las venas hinchadas, el calor latiendo en mi palma.
Neta, esta verga es perfecta, quiero sentirla toda. Lo empujé a la cama, montándome encima. Bailé para él como en el concierto, meneando las caderas al ritmo imaginario de Bocelli. Él gemía, manos en mi panocha, dedos resbalando en mis jugos. "Estás chorreando, mami", dijo con voz ronca. Metió dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi clítoris hinchado. Grité, olas de placer subiendo por mi espina.
La intensidad crecía. Bajé, lamiendo su pecho velludo, bajando al ombligo, hasta engullir su verga. Sabía salado, viril, la cabecita suave en mi lengua. Lo chupé profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos animales. "Ay, wey, qué buena mamada", jadeó, enredando dedos en mi pelo. Pero quería más. Me subí, guiando su punta a mi entrada húmeda. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón!
Cabalgaba con furia ahora, senos rebotando, sudor goteando entre nosotros. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos altos, su respiración agitada. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras empujaba desde abajo, golpeando profundo. "Cógeme más fuerte, Marco", le rogué, uñas en su espalda. Cambiamos: él encima, piernas en sus hombros, penetrándome brutal pero consensual, ojos en los míos. Sentía cada vena, cada embestida rozando mis paredes, el placer acumulándose como tormenta.
"Me vengo, Ana", avisó, tenso. "Yo también, ¡ahora!". El orgasmo nos golpeó juntos: yo convulsionando, panocha apretándolo como puño, chorros de placer mojando las sábanas; él gruñendo, llenándome de semen caliente, pulsos interminables. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con su colonia.
Después, en afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, Reforma brillando abajo. Su brazo alrededor de mí, piel tibia contra tibia. "Gracias por esta noche, inspirada en la pasión de Andrea Bocelli", murmuró, besándome la sien. Sonreí, sintiendo una plenitud nueva. No era solo sexo; era conexión, fuego avivado por esa voz eterna.
Nos despedimos al amanecer, promesas de vernos. Caminé a mi coche, piernas flojas, sonrisa pícara.
La Andrea Bocelli pasión había desatado algo salvaje en mí, y qué rico saber que podía repetirse. La ciudad despertaba, pero yo llevaba el eco de gemidos y melodías en el alma.