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Diario de una Pasion Analisis (1)

6966 palabras

Diario de una Pasion Analisis

Hojeo las páginas amarillentas de mi diario de una pasión análisis, ese cuaderno viejo donde anotaba cada latido desbocado de mi corazón cuando él entró en mi vida. Era una noche calurosa en el corazón de la Ciudad de México, en un bar chido de la Condesa, con el olor a mezcal ahumado flotando en el aire y el sonido de una guitarra rasgueando corridos modernos. Yo, Valeria, treintañera con curvas que no escondía bajo blusas holgadas, sorbía mi tequila reposado cuando lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo las luces neón. Se llamaba Diego, un carnal que trabajaba en publicidad, con esa sonrisa pícara que dice neta, te voy a volver loca.

Me acerqué, coqueta, sintiendo el roce de mi falda ajustada contra mis muslos. "¿Qué onda, guapo? ¿Vienes solo o buscas compañía?" le dije, mi voz ronca por el humo del lugar. Él rio, un sonido grave que me erizó la piel, y me invitó a bailar. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, como si ya supiera cómo tocarme. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, un aroma que me hacía apretar las piernas bajo la mesa después. Esa noche no pasó nada más que miradas cargadas y roces accidentales, pero en mi mente ya lo desnudaba, imaginando el calor de su pecho contra el mío.

Primera entrada: Hoy conocí a Diego. Su mirada me quema. ¿Es solo deseo o algo más? Tengo que analizar esta pasión que me despierta. Neta, mi cuerpo responde como si lo esperara de toda la vida.

Los días siguientes fueron un juego de mensajes calientes. "Pienso en tus labios, Valeria", me escribía a media noche, y yo respondía con fotos sugerentes de mis senos apenas cubiertos por encaje negro. El diario de una pasión análisis se llenaba de confesiones: el pulso acelerado al ver su foto, el cosquilleo en mi entrepierna cuando recordaba su aliento en mi cuello. Organizamos una cita en mi depa de Polanco, con vistas a los edificios iluminados y el tráfico lejano como banda sonora urbana.

Llegó con una botella de mezcal artesanal, de Oaxaca, y flores silvestres que perfumaban la sala. Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de todo: de la pinche rutina del jale, de sueños locos como viajar a la playa de Tulum. Pero el aire se cargaba de electricidad. Su mano rozó mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo desnudo bajo la falda corta. Sentí el calor de sus dedos, ásperos por el trabajo, contrastando con mi piel suave. Órale, esto va en serio, pensé, mientras mi respiración se volvía jadeante.

"¿Quieres que pare?" murmuró, su voz un ronroneo contra mi oreja. "Ni madres, sigue", respondí, girándome para besarlo. Sus labios eran firmes, con sabor a sal y tequila, devorándome la boca mientras su lengua exploraba la mía. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso. Sus manos subieron a mis senos, amasándolos sobre la blusa, los pezones endureciéndose como piedritas bajo la tela. Olía su excitación, ese almizcle varonil que me volvía húmeda al instante. Me quitó la blusa con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos.

Segunda entrada: Su toque es fuego. Analizo cada sensación: el roce de sus dientes en mi piel, el latido de su verga contra mi cadera. Esta pasión no es solo carnal, es un pinche torbellino emocional. ¿Me enamoro o solo lo follo?

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su dureza presionando mi panocha a través de la tanga empapada. "Eres una diosa, wey", gruñó, mientras yo desabrochaba su camisa, lamiendo su pecho velludo, salado por el sudor. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, sus caderas alzándose, dedos enredados en mi pelo. "Chúpamela más, carnala", suplicó, y yo obedecí, succionando con hambre, el sonido húmedo de mi boca llenando la habitación.

Pero quería más. Me puse de pie, quitándome la falda y la tanga, exponiendo mi chocha depilada, hinchada de deseo. Él me miró con ojos oscuros de lujuria pura. "Ven aquí", dijo, jalándome a su regazo. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Madre santa, qué grande! Grité internamente, mientras mi cuerpo se adaptaba, jugos resbalando por sus bolas. Empecé a cabalgarlo, lento al principio, sintiendo cada roce de su glande contra mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclándose con la música ranchera suave de fondo.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en sus hombros, su boca chupando mi clítoris expuesto mientras yo rebotaba. "Más rápido, Valeria, neta me vas a matar", jadeó. Aceleré, mis senos botando, sudor perlando nuestras pieles. El olor a sexo impregnaba el aire: mi excitación dulce, su almizcle terroso. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre, pulsando en mi coño. Él me apretó las nalgas, embistiéndome desde abajo, su verga golpeando ese punto que me volvía loca.

Tercera entrada: En pleno análisis, su polla dentro de mí es revelación. Cada embestida desarma mis defensas. Esta pasión es adictiva, un vicio que no quiero curar. ¿Clímax o catarsis?

Exploté primero, un grito ronco escapando de mi garganta mientras ondas de placer me sacudían, mi panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "¡Sí, Diego, así!" chillé, lágrimas de éxtasis en los ojos. Él gruñó como animal, hinchándose dentro, y se corrió con fuerza, chorros calientes inundándome, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, su corazón martillando contra mi pecho. El afterglow fue dulce: besos perezosos, caricias en la espalda, el sabor de nosotros en su lengua cuando me besó de nuevo.

Nos duchamos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, resbalosas, provocaron otra ronda rápida contra la pared, pero suave, riendo como pendejos enamorados. Secos, envueltos en toallas, nos acostamos en mi cama king size, con sábanas de algodón egipcio oliendo a lavanda. Hablamos en susurros: de futuros viajes, de no etiquetar esto aún. Pero en mi mente, el diario de una pasión análisis ya dictaba la verdad.

Ahora, sola en mi recámara, con el amanecer tiñendo las cortinas, releo las entradas. Esta pasión no es fugaz; es un análisis constante de lo que Diego despierta en mí. El tacto fantasma de su piel en la mía, el eco de sus gemidos, el sabor persistente de su semen en mi boca. Neta, carnal, me cambiaste. Cierro el diario, sonriendo. Mañana lo veré otra vez, y el análisis continuará, página a página, embestida a embestida.

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