Libro Pasión por las Almas
El tianguis de Coyoacán bullía de vida ese domingo por la mañana. El olor a tamales de olla y el humo de las antojiteras se mezclaba con el aroma dulce de las flores de cempasúchil que vendían las señoras en sus puestos. Yo, Ana, caminaba entre la gente con mi chamarra ligera, sintiendo el sol tibio en la piel y el roce de las bolsas de mandado contra mis piernas. Buscaba algo especial, no sé, un libro viejo que me hablara al alma, como esas novelas que te hacen sentir viva de adentro hacia afuera.
Ahí estaba, en un puesto chiquito lleno de reliquias polvorientas: Libro Pasión por las Almas. La tapa era de cuero desgastado, con letras doradas que brillaban como si guardaran un secreto ardiente. El vendedor, un viejo con bigote canoso y ojos pícaros, me dijo: "Órale, mija, este librito es puro fuego. Habla de pasiones que tocan el alma, de esas que te queman por dentro." Lo compré sin pensarlo dos veces, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como si ya supiera que iba a cambiarme la vida.
Llegué a mi departamentito en la Roma, con sus paredes blancas y el balcón que da a la calle ruidosa. Me tiré en la cama, abrí el libro y empecé a leer. Las páginas hablaban de almas gemelas que se encuentran en la oscuridad, de toques que despiertan el deseo más profundo. "La pasión por las almas no es solo carne, es el fuego que une dos espíritus en éxtasis eterno", decía una línea que me erizó la piel. Sentí un calor subiendo por mis muslos, mis pezones endureciéndose contra la blusa.
¿Qué carajos me pasa? Este libro me está poniendo caliente como diabla.Cerré los ojos, imaginando manos fuertes recorriendo mi cuerpo, un aliento cálido en mi cuello. Me toqué despacito, solo un roce, pero ya era demasiado. Dejé el libro a un lado y salí a caminar para despejarme.
Al día siguiente, en la cafetería de la esquina, lo vi. Se llamaba Diego, alto, moreno, con una sonrisa que te derretía los huesos. Estaba sentado con un café negro, hojeando un libro... ¡el mismo! Libro Pasión por las Almas. "Neta, carnal, ¿tú también lo tienes?" le pregunté, sentándome sin permiso. Él levantó la vista, sus ojos cafés profundos clavándose en los míos. "Sí, güey, este pinche libro me atrapó. Habla de almas que se buscan, de pasiones que no se apagan." Hablamos horas, riéndonos de chistes pendejos, compartiendo miradas que decían más que palabras. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me hacía mojarme sin remedio.
La tensión crecía con cada sorbo de café. Él rozó mi mano al pasarme el azúcar, y fue como electricidad pura.
Quiero que me bese ya, que me coma con los ojos y luego con la boca.Le invité a mi casa "para platicar más del libro", pero los dos sabíamos que era pretexto. En el elevador, su cuerpo pegado al mío, sentí su verga endureciéndose contra mi culo. "Estás cañona, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a menta. Yo solo gemí bajito: "Ven, cabrón, no te hagas."
Entramos y nos besamos como locos en la sala. Sus labios gruesos devorando los míos, lengua danzando con sabor a café y deseo. Le quité la playera, acariciando su pecho velludo, duro como piedra. Él me manoseó las tetas por encima de la blusa, pellizcando los pezones hasta que grité de placer. "Quítate todo, mami", ordenó con voz ronca. Me desnudé despacio, sintiendo sus ojos devorándome, el aire fresco erizando mi piel desnuda. Mi panocha ya chorreaba, el olor a excitación llenando el cuarto.
Me llevó a la cama, besando mi cuello, lamiendo hasta mis pechos. Chupó un pezón mientras metía dos dedos en mi coño empapado, moviéndolos lento al principio, luego rápido. "¡Ay, Diego, qué rico! No pares, pendejo", jadeé, arqueando la espalda. Él se rio: "Esto apenas empieza, preciosa. Tu alma me llama." Bajó la boca a mi entrepierna, lamiendo mi clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. El sonido de su lengua chapoteando, mis gemidos altos, el sabor salado de mi sudor en su piel cuando lo jalé del pelo... todo era puro fuego.
Siento que nuestras almas se tocan, como dice el libro. Esto no es solo follar, es fusionarnos.Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. Sentí la punta de su verga gorda presionando mi entrada. "Dime si quieres, Ana. Todo consensual, ¿eh?" "Sí, métemela ya, chulo. Quiero sentirte todo." Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el estirón delicioso, su calor palpitando dentro de mí. Empezó a bombear, lento primero, agarrándome las caderas, el sonido de piel contra piel resonando como tambores.
La intensidad subió. Me puse encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire, nuestros jadeos mezclándose con "¡Más duro!" y "¡Sí, así, cabrona!". Él se sentó, abrazándome fuerte, nuestros pechos pegados, besándonos mientras follábamos. Sentí su verga hinchándose, mi coño contrayéndose en espasmos. "Me vengo, Diego..." grité, explotando en orgasmos que me sacudían entera, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome de leche caliente, pulsos y pulsos hasta que quedamos temblando.
Nos quedamos abrazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El libro estaba en la mesita, abierto en la página que hablaba de almas unidas en pasión eterna. "Libro Pasión por las Almas, qué chingón eres", susurré, besando su pecho. Diego me acarició el pelo: "Neta, esto fue más que sexo. Sentí tu alma, Ana."
Después, en la ducha, nos enjabonamos mutuamente, riendo tontos, tocándonos con ternura. El agua caliente lavando el sudor, pero no el recuerdo. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos por delivery y platicamos hasta la madrugada sobre sueños, miedos, pasiones. No era solo un polvo; era conexión profunda, como prometía el libro.
Ahora, cada vez que lo veo, el deseo regresa, ardiente y puro. Ese Libro Pasión por las Almas no solo me dio una noche loca; me dio un carnal que entiende mi fuego interior. Y quién sabe, quizás siga escribiendo nuestra historia.