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Imágenes de Pasión y Deseo con Movimiento

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Imágenes de Pasión y Deseo con Movimiento

Sofía se recostó en el sillón de su departamento en la Condesa, con el ventilador zumbando perezosamente sobre su cabeza. Afuera, el bullicio de la Ciudad de México se colaba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de chavos en la calle y el aroma a elotes asados flotando en el aire cálido de la tarde. Tenía el teléfono en la mano, navegando sin rumbo fijo, cuando de pronto apareció esa galería en su pantalla: imágenes de pasión y deseo con movimiento. Eran GIFs hipnóticos, cuerpos entrelazados en un baile frenético, pieles brillantes de sudor, labios entreabiertos en gemidos mudos. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera al ver cómo una mujer se arqueaba contra un hombre, sus caderas moviéndose en un ritmo que prometía éxtasis.

Órale, qué chido, pensó Sofía, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que sentí algo así? Diego, ese pendejo guapo que conocí en la fiesta de la semana pasada, ¿será capaz de hacerme moverme como en esas imágenes?

Justo entonces, sonó el timbre. Era él, Diego, con su sonrisa de cholito coqueto y una botella de mezcal en la mano. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta ajustada que marcaba sus pectorales firmes. Sofía abrió la puerta de un jalón, el corazón latiéndole como tambor en una fiesta de pueblo.

Neta, llegaste justo a tiempo, wey —dijo ella, jalándolo adentro y cerrando con el pie—. Mira esto, imágenes de pasión y deseo con movimiento. Me tienen bien prendida.

Diego se acercó, su cuerpo rozando el de ella accidentalmente —o no tanto—. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un perfume que la mareaba. Miró la pantalla por encima de su hombro, su aliento cálido en su cuello.

¡Ay, mamacita! —murmuró, con voz ronca—. Eso sí que es fuego puro. ¿Quieres que hagamos lo mismo, pero en vivo y a todo color?

Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Lo miró a los ojos, oscuros como el mezcal que traía, y asintió con una sonrisa pícara. El deseo inicial era como una chispa: sutil, pero lista para incendiar todo.

Se sentaron en el sillón, sirviéndose tragos en vasos chiquitos. El mezcal bajaba ardiente por su garganta, soltándole la lengua. Hablaron de la fiesta donde se conocieron, de cómo él la había visto bailar salsa con ese vestido rojo que le ceñía las curvas, de cómo ella lo había pillado mirándole las nalgas. La tensión crecía con cada sorbo, cada roce de rodillas, cada mirada que se prolongaba un segundo de más. Sofía cruzó las piernas, sintiendo la humedad empapando sus panties de encaje.

—Sabes qué, Diego —dijo ella, poniéndole la mano en el muslo—. Esas imágenes me hacen pensar en ti. En cómo sería sentirte encima, moviéndote así de intenso.

Él dejó el vaso y la tomó de la cintura, atrayéndola hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio, saboreando el mezcal en la boca del otro. Pero pronto se volvió voraz: lenguas enredándose, dientes mordisqueando labnios hinchados. Sofía gimió bajito, el sonido vibrando en su pecho. Las manos de Diego subieron por su espalda, desabrochando el brasier con maestría, mientras ella le arañaba el cuello con las uñas pintadas de rojo pasión.

El calor de la habitación se intensificaba, mezclado con el olor almizclado de sus cuerpos excitados. Sofía se quitó la blusa, dejando caer la prenda al suelo con un susurro sedoso. Sus senos libres, pezones duros como piedras preciosas, captaron la luz del atardecer que entraba por la ventana. Diego los miró con hambre, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con un chasquido húmedo que la hizo arquearse.

¡Carajo, qué rico! pensó ella. Su lengua es como fuego líquido, me está derritiendo por dentro.

Lo empujó hacia atrás en el sillón, montándose a horcajadas sobre él. Sintió su verga dura presionando contra su entrepierna a través de los jeans. Desabrochó su cinturón con dedos temblorosos de anticipación, liberando esa polla gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, acariciándola despacio, sintiendo el calor irradiando de la piel suave. Diego gruñó, un sonido gutural que le vibró en el vientre.

Chúpamela, Sofi, neta que te lo suplico —jadeó él, enredando los dedos en su cabello negro largo.

Ella sonrió maliciosa, bajando la cabeza. El sabor salado de su prepucio la invadió al lamer la punta, luego lo engulló centímetro a centímetro, hasta que la sintió golpearle la garganta. Movía la cabeza en un ritmo constante, succionando con fuerza, mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas. Diego se retorcía debajo de ella, sus caderas empujando involuntariamente, el sonido de saliva y gemidos llenando el aire. El olor a sexo crudo, a deseo puro, impregnaba todo.

Pero Sofía quería más. Se levantó, quitándose la falda y las panties de un tirón, quedando desnuda ante él. Su panocha depilada brillaba de jugos, hinchada de necesidad. Diego se desvistió rápido, su cuerpo atlético reluciendo de sudor. La levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama. La tiró sobre las sábanas frescas, y se posicionó entre sus piernas abiertas.

Te voy a follar como en esas imágenes, con todo el movimiento que quieras —prometió, frotando la cabeza de su verga contra su clítoris hinchado.

Sofía jadeó, las caderas elevándose para recibirlo. Entró despacio al principio, estirándola deliciosamente, centímetro a centímetro, hasta llenarla por completo. El placer era abrumador: la fricción caliente, el roce de su pubis contra el de ella, el latido compartido de sus corazones. Empezaron a moverse juntos, un vaivén lento que construía la tensión como una tormenta en el horizonte.

Él aceleró, embistiéndola con fuerza, el sonido de carne contra carne resonando como aplausos obscenos. Sofía clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, gritando su nombre entre jadeos. ¡Más duro, pendejo, dame todo! Sus tetas rebotaban con cada impacto, sudor goteando entre ellas. Diego la volteó de lado, levantándole una pierna para penetrarla más profundo, mordiendo su hombro mientras sus caderas chocaban en un frenesí.

La intensidad subía como el volumen de una rola de rock en un antro. Sofía sentía el orgasmo aproximándose, una ola gigante en su vientre. Tocó su clítoris con dedos frenéticos, lubricados por sus jugos. Diego gruñía en su oído:

Ven conmigo, nena, apriétame esa panocha rica.

El clímax la golpeó como un rayo: su cuerpo convulsionó, paredes internas estrujando su verga, un grito ronco escapando de su garganta. Diego la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con espasmos violentos, su semen caliente inundándola. Se quedaron unidos, temblando, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, en el afterglow, yacían enredados en las sábanas revueltas. Diego le acariciaba el cabello, besándole la frente con ternura inesperada. El cuarto olía a sexo satisfecho, a mezcal derramado y a ellos dos. Afuera, la noche caía sobre la ciudad, luces de neón parpadeando como estrellas artificiales.

Esto fue mejor que cualquier imagen, pensó Sofía, con una sonrisa perezosa. Pasión y deseo con movimiento real, de los que te dejan el alma en llamas.

¿Otra ronda, guapa? —preguntó él, con picardía en la voz.

Ella rio bajito, volteándose para besarlo de nuevo.

Órale, pero esta vez yo mando el ritmo.

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