Pasión y Poder Capítulo 38 La Rendición Ardiente
Isabella se recargó en el amplio sofá de piel en su penthouse de Polanco, el aroma a jazmín de su vela favorita flotando en el aire cálido de la noche mexicana. La ciudad bullía allá abajo, con luces neón parpadeando como promesas rotas, pero aquí arriba, en su mundo de lujos, solo existía el neta placer de desconectarse. Alejandro, su carnal de tantos años, se acercó con dos copas de tequila reposado, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue del televisor. Llevaba esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y ella sintió un cosquilleo familiar en el vientre.
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murmuró él con esa voz ronca que la ponía como moto. Ella sonrió, pícaramente, cruzando las piernas enfundadas en medias de encaje negro. Sí, pendejo, pero esta vez no te vas a quedar solo mirando, pensó mientras tomaba la copa y el tequila bajaba ardiente por su garganta, despertando sabores a agave y limón.
El episodio empezó con la clásica música dramática, violines subiendo como un jadeo contenido. La protagonista, una mujer poderosa como ella, se enfrentaba a su amante en una hacienda lujosa, palabras cargadas de pasión y poder. Isabella sintió el pulso acelerarse; la tensión en pantalla era palpable, como el calor que subía entre sus muslos. Alejandro se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, piel contra piel a través de la falda corta. El roce era eléctrico, un chispazo que olía a colonia masculina y deseo reprimido todo el día en la oficina.
En la tele, los cuerpos se acercaban, miradas que prometían rendición. Qué chido sería si esto pasara de verdad, se dijo Isabella, girando la cabeza para ver a Alejandro. Él ya la devoraba con los ojos, la mano posándose en su rodilla, subiendo despacio, trazando círculos que erizaban la piel. Ella no se movió, dejando que el fuego creciera. El sonido de sus respiraciones se mezclaba con los gemidos lejanos de la telenovela, el corazón latiéndole en los oídos como tambores aztecas.
La mano de él avanzó, apartando la falda, dedos calientes encontrando la humedad entre sus piernas. Estás empapada, mi amor
, susurró, y ella mordió su labio, el sabor metálico de la anticipación en la boca. No aguanto más este jueguito. Lo jaló por la camisa, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un baile salvaje, tequila y saliva mezclándose en un elixir prohibido. Sus pechos se apretaban contra el torso duro de él, pezones endurecidos rozando la tela, enviando ondas de placer directo al centro de su ser.
Acto primero del verdadero drama: se levantaron del sofá sin soltar el beso, tropezando hacia la recámara con risas ahogadas. La alfombra persa amortiguaba sus pasos, el aire cargado de feromonas, olor a sexo inminente. Isabella lo empujó contra la pared, invirtiendo el poder por un momento. Eres mío esta noche, cabrón
, le dijo al oído, mordisqueando el lóbulo mientras sus manos bajaban la cremallera de sus pantalones. La verga de él saltó libre, gruesa y palpitante, venas marcadas como ríos de lava. Ella la acarició despacio, sintiendo el pulso bajo la piel aterciopelada, el calor irradiando a su palma.
Alejandro gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, y la volteó con facilidad, presionándola contra la pared fría. El contraste del mármol helado en su espalda ardiente la hizo arquearse. Pasión y poder, justo como en la novela, pensó, mientras él bajaba su blusa, liberando sus senos plenos. La boca de él se cerró sobre un pezón, succionando con fuerza, lengua girando en espirales que la hacían gemir alto, eco en la habitación amplia. El olor de su piel sudada, salado y adictivo, la volvía loca. Dedos expertos se colaron en su tanga, frotando el clítoris hinchado, círculos precisos que la llevaban al borde.
Pero no la dejó caer aún. La cargó en brazos, músculos flexionándose bajo sus nalgas, y la depositó en la cama king size, sábanas de satén negro susurrando bajo sus cuerpos. El medio acto escalaba: ella se arrodilló, ojos fijos en los de él, y tomó su verga en la boca. El sabor era puro macho, pre-semen salado deslizándose por su lengua mientras lo chupaba profundo, garganta relajada por práctica. Alejandro jadeaba, manos enredadas en su cabello oscuro, ¡Qué rica mamada, Isabella! Neta me vas a matar
. Ella aceleró, saliva goteando, el sonido obsceno de succiones llenando el cuarto, mezclado con sus gemidos roncos.
Él la detuvo, ojos brillando con dominio juguetón. Mi turno, preciosa
. La recostó, separando sus piernas temblorosas. El primer lametón fue fuego puro: lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando su esencia dulce y almizclada. Isabella gritó, uñas clavándose en las sábanas, caderas alzándose para más. Él devoraba su panocha como un hombre poseído, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. ¡Ay, Diosito, este pendejo sabe cómo hacerme volar! El orgasmo se acercaba, tensión enredada como resortes, pero él se apartó justo antes, sonriendo malicioso.
La tensión psicológica ardía ahora, interna y feroz. Isabella lo miró, suplicante, Por favor, métemela ya
. Él se posicionó, la punta rozando su entrada húmeda, torturándola con empujones superficiales. El olor a sexo impregnaba todo, sudor perlando sus cuerpos. Finalmente, embistió profundo, llenándola por completo. ¡Qué chingón se siente! Gritó ella, piernas envolviéndolo, talones clavándose en su culo firme. Ritmo salvaje: piel chocando contra piel, slap-slap ecoando, pechos rebotando con cada thrust.
El poder se intercambiaba; ella lo montó después, cabalgando como amazona, uñas arañando su pecho, controlando la profundidad. Él gemía debajo, manos amasando sus nalgas, ¡Muévete así, mi reina, qué poder tienes!
. El clímax se cernía, pulsos latiendo en sincronía, respiraciones entrecortadas. Ella sintió la ola romper primero, un tsunami de placer que la sacudió entera, paredes internas contrayéndose alrededor de él, chorros de jugos empapando las sábanas. Alejandro la siguió, gruñendo su nombre, semen caliente inundándola en chorros potentes.
Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y reluciente. El afterglow era puro éxtasis: besos suaves, caricias perezosas, el aroma a sexo y jazmín envolviéndolos como niebla. Isabella trazó círculos en su pecho, escuchando el latido calmarse.
En este capítulo de nuestra vida, la pasión y el poder siempre ganan, pensó, sonriendo contra su cuello. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en su nido de placer, todo era perfecto, un final que prometía más episodios ardientes.