Oracion La Pasion de Cristo Carnal
Entré a la iglesia de Santa María la Mayor en el corazón de Puebla, con el sol del mediodía filtrándose por los vitrales como rayos de fuego divino. El aire estaba cargado de incienso dulce, ese olor que te envuelve como un abrazo pecaminoso, y el eco de las oraciones murmuradas por las viejitas devotas rebotaba en las paredes de cantera. Yo, Lucía, de treinta y tantos, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa que dejaba ver el encaje de mi sostén, no venía solo a rezar. Llevaba semanas sintiendo ese vacío ardiente entre las piernas, un deseo que las misas no calmaban. Hoy era Jueves Santo, y traía en los labios la oracion la pasion de cristo, esa plegaria que recitaba de niña pero que ahora me hacía imaginar cuerpos entrelazados en éxtasis.
Me arrodillé frente a la estación de la crucifixión, el Jesús de madera con sus músculos tensos bajo la piel pintada, y cerré los ojos. "Oh Jesús, por tu pasión santa, ten misericordia de nosotros", susurré, pero mi mente voló. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si alguien me observara. Abrí los ojos y ahí estaba él: alto, moreno, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes y velludos, pantalón de mezclilla que marcaba un bulto prometedor. Se llamaba Alejandro, lo supe después, pero en ese momento era solo un desconocido con ojos negros que me devoraban. Nuestras miradas chocaron, y un calor me subió por el pecho hasta los pezones, que se endurecieron contra la tela.
Él se acercó, fingiendo ajustar una vela. "¿También rezas la pasión?", murmuró con voz grave, como trueno lejano. Olía a jabón fresco y sudor masculino, un aroma que me mojó la panocha al instante. "Sí, carnal", respondí, usando esa palabra poblana que suena tan íntima. "Pero la mía quema por dentro". Sonrió, chulo, con dientes blancos. "La mía también, wey. ¿Quieres que te ayude a calmarla?". El corazón me latía como tambor en kermés, pero asentí. Era consensual, puro fuego mutuo, nada forzado.
Nos escabullimos a una capillita lateral, olvidada, con polvo en los bancos y el olor a cera quemada. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. Alejandro me tomó de la cintura, sus manos callosas rozando mi piel bajo la blusa. "Eres una mamacita deliciosa", dijo, y me besó. Sus labios eran calientes, ásperos, sabían a café y deseo. Gemí bajito, enredando mis dedos en su pelo negro azabache. El beso se profundizó, lenguas danzando como serpientes en el Edén, y sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y palpitante.
¿Qué estoy haciendo? Esto es la casa de Dios, pero este hombre es mi dios ahora. La oración la pasión de cristo resuena en mi cabeza, pero la transformo: "Por tu pasión, Jesús, dame esta pasión terrena".
Sus manos bajaron, amasando mis nalgas con fuerza juguetona. "¡Ay, qué rica estás, Lucía! Tu culo es pecado mortal", gruñó. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, pectorales duros como piedra volcánica. Él desabrochó mi blusa, liberando mis chichis grandes y firmes. Los chupó con hambre, mordisqueando pezones que dolían de placer. El sonido de succión húmeda llenaba la capillita, mezclado con mis jadeos. "¡Más, pendejo, no pares!", le supliqué, arañando su espalda.
Me recostó en el banco viejo, la madera fría contra mi piel caliente. Levantó mi falda, bajando las calzones empapadas. El aire fresco besó mi concha hinchada, reluciente de jugos. "Mira cómo te chorreaste por mí, reina", dijo admirando, y hundió la cara. Su lengua era fuego líquido, lamiendo mi clítoris con círculos lentos, chupando mis labios mayores como fruta madura. Saboreaba mi miel salada-dulce, gimiendo contra mi carne. Yo me arqueé, piernas temblando, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con su sudor. "¡Órale, qué rico! No pares, mi amor", grité, tirando de su pelo.
El deseo crecía como tormenta en el Popo. Lo jalé arriba, desabrochando su chamarra. Su verga saltó libre, venosa y enorme, goteando precum transparente. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándola lento. Él jadeaba, ojos vidriosos. "Te la meto ya, ¿o quieres jugar más?". "Métemela, carnal, rómpeme". Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer inicial dio paso a plenitud total, su pubis contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos prohibidos.
Nos movíamos en ritmo sagrado, sudando copiosamente. Su olor masculino me embriagaba, piel resbalosa bajo mis uñas. Yo le clavaba las caderas, cabalgándolo ahora encima, chichis rebotando. "¡Qué verga tan chingona! Me llenas toda", gemía. Él amasaba mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón. La tensión subía, ovillos en el vientre, pulsos acelerados. Recité mentalmente la oración, pero pervertida: "Por las llagas de tu pasión, dame orgasmos eternos". El clímax nos golpeó juntos. Yo exploté primero, concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando sus bolas. Él rugió, llenándome de semen espeso, caliente, desbordando.
Colapsamos jadeantes, abrazados en el banco. Su semen goteaba de mí, aroma almizclado flotando. Besos suaves post-coito, lenguas perezosas. "Eres mi Virgen María pecadora", murmuró riendo. Yo sonreí, acariciando su cara barbada. "Y tú mi Cristo vivo". Afuera, las campanas tañeron, llamando a la procesión. Nos vestimos entre risas, promesas de más noches ardientes.
Salí de la iglesia con piernas flojas, el sol calentándome la piel sonrojada. La oracion la pasion de cristo ya no era solo palabras; era carne, sudor, éxtasis compartido. En México, la fe y el fuego van de la mano, y yo había encontrado mi pasión verdadera. Caminé por la calle empedrada, sintiendo su semen secarse en mis muslos, un secreto delicioso. Mañana rezaría de nuevo, pero ahora sabía que Dios entiende los deseos del cuerpo.