Dibujo de la Pasión de Cristo en Carne Viva
Entré al taller de Rodrigo en Coyoacán con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas. El aire olía a trementina y óleo fresco, ese aroma que siempre me ponía la piel chinita de emoción. Él estaba ahí, de pie frente al lienzo en blanco, con su camiseta ajustada manchada de pintura y esos ojos cafés que me miraban como si ya me estuviera desnudando. Neta, cada vez que venía a posar para él, sentía ese cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.
—Órale, mi amor, hoy va a ser especial —me dijo con esa voz ronca que me derretía—. Quiero hacer un dibujo de la Pasión de Cristo, pero no el de la iglesia, uno bien carnal, con tu cuerpo como la Virgen sufriente pero gozando en secreto.
Me reí bajito, quitándome la blusa despacio. La tela rozó mis pezones y ya se me pararon de pura anticipación. ¿Pasión de Cristo en mi piel? Ay, wey, esto va a estar chido, pensé mientras me desabrochaba el brasier. Rodrigo tragó saliva, su mirada fija en mis tetas que se liberaron al aire cálido del taller. Caminé hacia el catre que había improvisado como escenario, con telas rojas y doradas extendidas como un altar pagano.
—Ponte así, como si cargaras la cruz, pero con las caderas abiertas, invitando —me ordenó, y su voz tenía ese tono juguetón que me humedecía la panocha al instante.
Me acomodé, arqueando la espalda, sintiendo el roce áspero de las telas contra mis nalgas desnudas. El sudor ya empezaba a perlar mi piel, y el olor de mi propia excitación se mezclaba con los pigmentos. Él tomó el carboncillo, sus dedos manchados de negro rozando mi muslo para ajustar la pose. Pinche mano experta, cada toque era una chispa eléctrica que subía directo a mi entrepierna.
¿Por qué carajos me excita tanto esta pose religiosa? Como si mi cuerpo fuera un sacrificio delicioso, listo para ser devorado.
El dibujo de la Pasión de Cristo empezó a tomar forma en el papel grande que extendió a mis pies. Líneas curvas delineaban mis curvas, exagerando el sufrimiento en éxtasis: mis labios entreabiertos como en un gemido ahogado, mis manos atadas flojito con una cuerda de seda que él mismo me puso. Cada trazo del carboncillo era un sonido rasposo, shhh, shhh, que vibraba en el silencio del taller. Yo sentía mi pulso acelerado en las sienes, el calor subiendo por mi cuello.
—Estás preciosa, mamacita. Mira cómo tu piel brilla bajo la luz, como si el sol te bendijera para el pecado —murmuró, acercándose más. Su aliento cálido en mi oreja me erizó el vello de la nuca. Olía a café y a hombre sudado, ese perfume natural que me volvía loca.
Intenté mantenerme quieta, pero cuando su mano subió por mi muslo interior, fingiendo ajustar la pierna, no pude evitar un jadeo. Ya estaba empapada, la humedad resbalando entre mis labios hinchados. Él lo notó, porque sonrió pillo y dejó el carboncillo. Sus dedos trazaron el contorno de mi clítoris por encima, apenas rozando.
—Simón, déjame sentirte —le rogué, rompiendo la pose. Mi voz salió ronca, needy.
El beso vino como un rayo. Sus labios carnosos aplastaron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Lo jalé por la nuca, clavando mis uñas en su piel morena. Se quitó la camiseta de un tirón, revelando ese pecho tatuado con un águila chida que siempre me tentaba a lamer. Nuestros cuerpos chocaron, piel contra piel, sudor mezclándose en un olor almizclado que llenaba el taller.
En el medio del acto, la tensión era un nudo apretado en mi vientre. Rodrigo me levantó como si no pesara nada, sentándome en el borde del catre. Sus manos expertas amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. ¡Ay, cabrón! Grité bajito cuando su boca los succionó, lengua girando en círculos húmedos. El sonido de chupeteo obsceno resonaba, junto con mis gemidos que no podía contener.
—Te voy a pintar con mi leche, como el óleo final del dibujo —gruñó contra mi piel, bajando besos por mi panza temblorosa.
Me abrió las piernas con gentileza, pero firme, exponiendo mi panocha rosada y brillante. Su aliento caliente ahí me hizo arquearme. Lamida lenta primero, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, saboreando mis jugos salados. Delicioso, gemí, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, mientras su boca chupaba mi clítoris como un hombre poseído.
El placer subía en olas, mi respiración jadeante, el corazón latiéndome en los oídos. La Pasión de Cristo en mi carne, pensé febril, imaginando el dibujo cobrando vida con nuestros cuerpos entrelazados. Intenté aguantar, pero cuando aceleró el ritmo, dedos follando adentro y lengua vibrando, exploté. Un orgasmo brutal me sacudió, jugos salpicando su barbilla, grito ahogado que debió oírse en la calle.
Pinche paraíso, esto es mejor que cualquier iglesia.
No me dio tregua. Se paró, desabrochándose el jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada brillando de precum. ¡Qué chulada! La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero duro, masturbándolo lento mientras él jadeaba. Olía a macho excitado, ese musk que me hacía salivar.
—Cómela, morra —pidió, y yo obedecí con gusto. Boca abierta, lengua girando en la punta, saboreando el salado. Lo engullí hasta la garganta, sintiendo cómo palpitaba. Él agarró mi cabeza, follando mi boca con cuidado, gemidos roncos saliendo de su pecho.
Pero quería más. Lo empujé al catre, montándolo a horcajadas. Mi panocha resbaló sobre su verga, tragándosela centímetro a centímetro. ¡Ay, qué llenada! El estiramiento ardía delicioso, paredes internas apretándolo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor chorreando por mi espalda. Él clavó sus caderas arriba, encontrando mi ritmo, plaf, plaf, piel chocando húmeda.
Nos volteamos, él encima ahora, embistiéndome profundo. Cada thrust rozaba mi G, placer punzante acumulándose. Sus bolas peludas golpeaban mi culo, sonido obsceno. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos. Te amo, cabrón, pensé, mientras mis uñas rayaban su espalda.
—Me vengo, mi reina —avisó, y yo apreté las piernas.
—Adentro, lléname —supliqué.
Se corrió con un rugido, chorros calientes inundándome, semen mezclándose con mis jugos. Mi segundo orgasmo llegó en cadena, espasmos ordeñándolo hasta la última gota. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados.
Después, en el afterglow, Rodrigo me besó la frente, suave. Tomamos el lienzo del suelo, manchado de nuestros fluidos, y él sonrió.
—Mira, el dibujo de la Pasión de Cristo perfecto, con tu esencia.
Yo tracé sus labios con el dedo, sintiendo la paz tibia en el pecho. El taller olía a nosotros, a pasión cumplida. Afuera, la noche caía sobre Coyoacán, pero adentro, nuestro mundo brillaba eterno. Neta, esto era nuestra religión, carnal y verdadera.