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Barrabás La Pasión Desatada de Cristo

6471 palabras

Barrabás La Pasión Desatada de Cristo

Yo me llamo Lucía, y cada año en mi pueblo de Zacatecas, la Semana Santa se pone bien intensa con la obra callejera de Barrabás La Pasión de Cristo. Ese día el sol pegaba como plomo derretido, el aire cargado de incienso de las procesiones y el sudor de la gente amontonada en la plaza. Yo ayudaba con los vestuarios, cosiendo túnicas raídas y ajustando coronas de espinas de lata. Pero todo cambió cuando vi a él.

Barrabás. O sea, el actor que lo interpretaba. Un wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la piel curtida, tatuajes de dragones trepando por sus brazos y una barba espesa que le daba ese aire de bandido liberado. Salió encadenado en la escena, gritando improperios al romano, y la multitud rugió. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, como si su mirada rebelde me hubiera atravesado. Olía a tierra mojada y a hombre puro, ese aroma terroso que se mezcla con el humo de las fogatas cercanas.

¿Por qué carajos este pendejo me pone así? Es solo una obra, Lucía, cálmate, me dije mientras le pasaba la túnica por la cabeza, rozando sin querer su pecho ancho. Su piel ardía, salada al tacto.

Él me guiñó el ojo. “Gracias, morra. Sin ti, este Barrabás estaría todo desmadroso”. Su voz grave, con acento norteño, me erizó la nuca. Neta, quería que la obra terminara ya.

La función fue un desmadre: Jesús cargando la cruz, el látigo silbando en el aire, y Barrabás liberado entre vítores. Al final, cuando el telón imaginario cayó, la plaza estalló en aplausos y cohetes que retumbaban como truenos. Yo recogía props cuando él se acercó, aún con la cadena colgando del cuello como trofeo.

“Oye, Lucía, ¿vamos por un pulque fresco? Para celebrar que soltaron al malo del cuento”. Sus ojos negros brillaban con picardía, y su aliento olía a menta masticada. No pude decir que no. Caminamos por callecitas empedradas, lejos del bullicio, el eco de nuestras pisadas mezclándose con rancheras lejanas. El pulque en la pulquería era cremoso, dulce como melaza, bajando fresco por mi garganta mientras platicábamos. Se llamaba Rodrigo, pero todos lo conocían como Barrabás por las obras. Era carpintero de día, actor de pasión por las noches.

La charla fluyó como agua de pozo: de la obra Barrabás La Pasión de Cristo, que él adoraba por el morbo de ser el villano redimido, a chistes sobre curas hipócritas. Su risa era ronca, vibrando en mi pecho. Sentí su rodilla rozar la mía bajo la mesa de madera astillada, un toque eléctrico que me mojó las panties sin remedio.

Quiere algo, lo sé. Y yo también, cabrón. ¿Por qué no soltarnos como en la historia?

Salimos tambaleantes de tanto pulque, riendo como pendejos. La noche olía a jazmines y a asados de las fondas. Me jaló de la mano hacia un callejón oscuro, detrás de la iglesia, donde solo se oía el viento susurrando entre las campanas. “Lucía, desde que te vi cosiendo, no dejo de imaginarte”, murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el lazo de mi blusa huipil. Yo le clavé las uñas en los hombros, saboreando el salado de su cuello.

Nuestros labios chocaron, hambrientos. Su lengua invadió mi boca, probando a pulque y deseo puro. Gemí contra él, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través del pantalón raído. “Qué rico hueles, wey”, le dije, mordisqueando su labio inferior. Él gruñó, bajando las manos a mis nalgas, amasándolas con fuerza. El roce de su barba en mi piel sensible me hacía temblar.

Pero el callejón no bastaba. “Vamos a mi casa, está cerca”, jadeé. Corrimos como adolescentes, riendo, el corazón latiéndome en la concha. Su casa era humilde pero chida: adobe fresco, velas parpadeando, olor a sándalo quemado. Cerró la puerta y me empujó contra ella, quitándome la ropa con urgencia. Quedé desnuda, mis pechos turgentes expuestos al aire nocturno que entraba por la ventana. Él se desvistió, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo duro: abdomen marcado, verga gruesa y venosa, palpitando lista para mí.

Me cargó como si no pesara nada, depositándome en la cama de sábanas ásperas. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo hasta mis tetas. Chupó un pezón, tirando suave con los dientes, mientras su mano exploraba mi entrepierna. Estaba empapada, mis jugos resbalando por sus dedos. “Estás chingona de mojada, Lucía. Para mí”, ronroneó, metiendo dos dedos, curvándolos justo donde dolía rico. Yo arqueé la espalda, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Lamí su pecho, bajando por el feliz trail hasta su verga. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con hambre. Él jadeó, enredando dedos en mi pelo. “No mames, qué buena chupas”. Lo llevé al borde, pero lo detuve. “Ahora tú mandas, Barrabás”.

Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Su lengua primero: lamió mi clítoris hinchado, sorbiendo mis jugos como néctar. El placer era fuego líquido, mis muslos temblando, olor a sexo impregnando el cuarto. Luego, su verga entró despacio, estirándome delicioso. “¡Ay, sí, cabrón! Más adentro”. Embestía fuerte, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos como puercos, el aroma almizclado volviéndonos locos.

Cambié de posición, montándolo. Reboté sobre él, mis tetas saltando, sus manos guiándome. Miré sus ojos, perdidos en éxtasis. Este es mi Barrabás, liberado para follarme la pasión. El orgasmo llegó como avalancha: grité su nombre, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, leche caliente inundándome mientras él rugía, llenándome hasta rebosar.

Caímos exhaustos, enredados. Su corazón tronaba contra mi oreja, piel pegajosa de sudor. Besos suaves post-sexo, risas cansadas. “Eres mi redención, Lucía. Como si Cristo me hubiera soltado para esto”. Yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo. Afuera, las campanas tañían maitines, recordándonos la obra, pero aquí dentro solo existía nuestra pasión desatada.

Al amanecer, con el sol filtrándose rosado, nos despedimos con promesas de más. Salí caminando leve, el cuerpo aún vibrando. Barrabás La Pasión de Cristo había sido solo el principio; la neta pasión estaba en sus brazos, en esa noche donde el rebelde y yo nos liberamos por completo.

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