Pasión de Gavilanes Capítulo 110 Fuego en la Piel
Lucía se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. La pantalla del tele brillaba con Pasión de Gavilanes capítulo 110, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban a las hijas de los Jiménez con una tensión que cortaba el aliento. Neta, esa novela la traía loca desde el primer capítulo. El calor de la noche de junio se colaba por las rendijas de la ventana, mezclándose con el aroma a jazmín de su loción corporal. Marco, su carnal desde hace dos años, estaba a su lado, su pierna rozando la de ella con esa intención que ya conocía tan bien.
Qué chido ver esto juntitos, murmuró Marco, su voz grave como un ranchero en la radio. Lucía giró la cabeza, sus ojos cafés clavándose en los de él, negros y profundos como pozos de petróleo en el desierto de Chihuahua. En la tele, Sarita y Franco se miraban con fuego puro, el tipo de mirada que prometía más que palabras. Lucía sintió un cosquilleo en el estómago, bajando hasta sus muslos. Si esto sigue así, no respondo, pensó, mordiéndose el labio inferior.
La mano de Marco se posó en su rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo, bajo la falda corta de algodón que usaba para estar en casa. El roce de sus dedos callosos, de tanto trabajar en la constructora, le erizó la piel. Olía a jabón de sándalo y a ese sudor varonil que la volvía loca.
¿Ya te prendió la novela, mi reina?preguntó él, su aliento cálido contra su oreja. Lucía asintió, el corazón latiéndole como tamborazo en una fiesta de pueblo.
En Pasión de Gavilanes capítulo 110, los amantes se besaban por fin, con una pasión que hacía vibrar los parlantes. Lucía no aguantó más. Se volteó y capturó los labios de Marco, saboreando el dulzor de la chela que había tomado antes. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Ella le jaló la playera por la cabeza, revelando el pecho moreno y musculoso, cubierto de vello negro que le raspaba las palmas como terciopelo áspero.
Marco la recostó con cuidado, como si fuera una virgen en su noche de bodas. Te quiero tanto, Lucía, gruñó, besándole el cuello. El olor de su piel, mezcla de sal y deseo, la inundó. Ella arqueó la espalda, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la blusa delgada. Él los liberó con dedos hábiles, chupándolos uno a uno, el sonido húmedo de su boca llenando la sala. Lucía jadeó, un gemido que salió ronco, como si el aire se le escapara del cuerpo. ¡Ay, cabrón, no pares! suplicó, enredando los dedos en su cabello revuelto.
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Marco bajó la mano, deslizando la falda y las panties de encaje negro. El aire fresco besó su sexo húmedo, y ella tembló. Él se arrodilló entre sus piernas, inhalando su aroma almizclado, ese perfume íntimo que lo enloquecía.
Mmm, estás chingona mojada, mi amor, dijo con esa voz juguetona, mexicana hasta los huesos. Su lengua trazó círculos lentos en su clítoris, saboreándola como tamarindo maduro. Lucía se aferró al sofá, las uñas hundiéndose en la tela. Cada lamida era fuego líquido, enviando ondas de placer por su espina dorsal. Veía estrellas, oía su propio pulso retumbando, sentía el calor de su aliento en lo más profundo.
Pero quería más. Lo jaló hacia arriba, desabrochándole el cinturón con prisa. La verga de Marco saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. Ven, métemela ya, rogó en su mente, guiándolo hacia su entrada. Él se hundió despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y animal. El roce era exquisito, su humedad envolviéndolo como terciopelo caliente.
Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, como un son jarocho seductor. Marco embestía profundo, sus caderas chocando contra las de ella con un plaf húmedo que resonaba. Lucía clavaba las uñas en su espalda, oliendo el sudor que perlaba su piel, probando la sal en sus labios cuando lo besaba. ¡Más fuerte, wey, rómpeme! gritó, perdida en el vaivén. Él aceleró, sus músculos tensándose, el sofá crujiendo bajo ellos. Cada penetración rozaba ese punto dulce adentro, haciendo que sus paredes se contrajeran, ordeñándolo.
Los pensamientos de Lucía eran un torbellino. Esto es mejor que cualquier novela, neta. En Pasión de Gavilanes capítulo 110 ni se imaginan este fuego. Recordaba la escena de la tele, pero ahora era real, suyo. Marco le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, susurrando guarradas:
Tu panocha es la más rica del mundo, Lucía. Te voy a llenar de leche. El dirty talk la llevó al borde. Sentía el orgasmo creciendo, una ola gigante en el Pacífico, rompiendo poco a poco.
Él la volteó de lado, levantándole una pierna para entrar desde otro ángulo. El nuevo roce era demoledor, su glande golpeando justo donde dolía de placer. Lucía gritaba, sin control, el aroma a sexo impregnando el aire. Sus pechos rebotaban con cada estocada, el sudor chorreando entre ellos. Marco jadeaba como toro en rodeo, su mano bajando a frotarle el clítoris en círculos rápidos. No aguanto más, pensó ella, y explotó. El clímax la sacudió entera, ondas de éxtasis puro, contrayéndose alrededor de él como un puño de fuego. Gritos ahogados, temblores incontrolables, el mundo disolviéndose en blanco.
Marco la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Colapsaron juntos, pegajosos y exhaustos, el pecho de él aplastando sus senos. El tele seguía encendido, los créditos de Pasión de Gavilanes capítulo 110 rodando mudos. Lucía sonrió, acariciando su espalda húmeda. El olor a semen y jazmín flotaba, un perfume de victoria.
Te amo, pendejito, murmuró ella, besándole la frente. Marco rio bajito, su mano aún entre sus muslos, sintiendo las últimas pulsaciones. Esto fue mejor que la novela, ¿verdad? dijo. Lucía asintió, el cuerpo lánguido, satisfecho. En el afterglow, pensaron en el futuro: cenas en taquerías de la Condesa, fines en la playa de Puerto Vallarta, más noches como esta. La pasión no acababa con el episodio; apenas empezaba. Su conexión era real, ardiente, mexicana hasta el alma.
Se quedaron así, enredados, hasta que el sueño los venció, con el zumbido del aire como nana suave.