Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión por Servir a Dios en la Carne Pasión por Servir a Dios en la Carne

Pasión por Servir a Dios en la Carne

6841 palabras

Pasión por Servir a Dios en la Carne

En el corazón de un pueblo jalisciense, donde el sol besa las tejas rojas y el aroma de las jacarandas impregna el aire, yo, María, llevaba años entregada a mi pasión por servir a Dios. Cada domingo, después de la misa en la iglesia de San Miguel, me quedaba barriendo el atrio, arreglando flores en el altar o ayudando a los ancianos con sus canastas. Mi fe era como un fuego que me ardía por dentro, puro y devorador. Tenía veintiocho años, soltera por elección divina, decían las chismosas del mercado, pero la neta era que ningún carnal me había despertado ese cosquilleo que une el alma con el cuerpo.

Alejandro llegó como un vendaval una tarde de jueves. Alto, moreno, con ojos color café que brillaban como el tequila bajo la luna. Era voluntario nuevo, venido de Guadalajara para ayudar con la remodelación del campanario. ¿Por qué este güey me pone la piel de gallina?, pensé mientras lo veía cargar sacos de cemento, sus músculos tensándose bajo la camisa sudada. El olor a tierra húmeda y a su sudor fresco me llegó como una tentación del demonio. Pero no, yo servía a Dios, no a los deseos carnales.

—Órale, María, ¿me pasas el martillo? —me dijo con esa sonrisa pícara que hacía que mi corazón latiera como tamborazo en fiesta.

Le extendí la herramienta, y nuestros dedos se rozaron. Fue como un chispazo eléctrico, directo a mi entrepierna. Me sonrojé, bajando la vista al suelo empedrado, donde las sombras de las campanas bailaban con el viento.

Dios mío, ¿es esto una prueba? Mi pasión por servirte no se apaga, pero este hombre... ay, Virgen de Guadalupe, dame fuerza.

Los días siguientes fueron un tormento dulce. Trabajábamos codo a codo, riendo de tonterías. Él contaba anécdotas de la perla tapatía, yo le hablaba de las tradiciones del pueblo, de las mañanitas y los tamales de elote. Cada roce accidental —su mano en mi cintura al pasar un balde, mi hombro contra su pecho— avivaba el fuego. Por las noches, en mi cuartito fresco de adobe, me tocaba pensando en él, imaginando su boca en mi cuello, su aliento caliente. No mames, María, contrólate. Esto es pecado, pero ¿por qué se siente tan chido?

Una noche, después de una tormenta que dejó el aire cargado de ozono y tierra mojada, nos quedamos solos en la sacristía. El trueno retumbaba afuera, y el olor a incienso viejo se mezclaba con el de nuestros cuerpos acalorados.

—María, neta que tú eres diferente. Esa pasión por servir a Dios que tienes... me enciende —murmuró, acercándose tanto que sentí el calor de su piel a través de la blusa.

Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando como olas en el lago de Chapala. Lo miré a los ojos, y ahí vi no lujuria sucia, sino un hambre igual a la mía, profunda, espiritual.

—Alejandro, yo... Dios nos puso aquí por algo. ¿Y si servirlo también es esto? —susurré, mi voz temblorosa como hoja de maíz.

Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia bendita. Sabían a sal y a promesas, su lengua explorando mi boca con ternura fiera. Me apretó contra él, y sentí su dureza presionando mi vientre. Gemí bajito, el sonido ahogado por el siguiente trueno. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza, y yo arqueé el cuerpo, entregándome.

Esto es servir, Dios. Con mi cuerpo, con mi alma. Qué rico se siente tu voluntad.

Me desvistió despacio, como quien desenvuelve un regalo sagrado. La blusa cayó al piso con un susurro de tela, dejando mis pechos libres al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de deseo al ver mis pezones endurecidos, rosados y ansiosos. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas de placer hasta mi centro húmedo. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me mareaba, y yo bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela.

—Quítatelo todo, carnal —le ordené, mi voz ronca, empoderada por primera vez.

Se desnudó, y qué vista: su cuerpo esculpido por el trabajo, vello oscuro bajando hasta esa verga orgullosa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Me arrodillé, no por sumisión, sino por adoración mutua. La tomé en mi boca, saboreando su sal marina, chupando con hambre santa. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo, empujando suave.

—Ay, María, qué chingona eres... no pares.

Me levantó, me sentó en la mesa de la sacristía, entre cirios apagados y biblias polvorientas. Sus dedos encontraron mi concha empapada, resbaladiza de jugos. Rozó mi clítoris hinchado, y grité, las uñas clavándose en sus hombros. Me metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba el aire, mezclado con nuestros jadeos.

La tensión crecía como tormenta perfecta. Me recostó sobre la madera dura, y él se posicionó entre mis piernas abiertas. Nuestros ojos se clavaron: consentimiento puro, fuego compartido.

—Entra en mí, Alejandro. Sirvámoslo juntos —supliqué.

Empujó despacio, su verga abriéndose paso en mi calor apretado. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el alma. Gemí largo, el placer doliendo rico. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver hondo, golpeando mi matriz. El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo, sudor y fe mezclados... era éxtasis.

Aceleró, mis tetas rebotando, sus bolas azotando mi culo. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, embistiéndome como animal bendito. Alcancé atrás, tocando sus muslos tensos, mientras mi clítoris palpitaba solo con el roce.

¡Dios, sí! Esta es mi pasión, servirte así, en la carne viva.

El clímax llegó como avalancha. Primero yo, convulsionando, chorros de placer mojando sus pelotas, gritando su nombre y el de la Virgen. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león en catedral. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas, el corazón latiendo en unisono.

Después, en el afterglow, nos abrazamos bajo la luz de la luna filtrándose por la ventana. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho, oyendo su pulso calmarse.

—María, esto no fue pecado. Fue... sagrado —dijo él, besando mi frente.

Yo sonreí, el cuerpo laxo y satisfecho, el alma en paz.

Gracias, Dios, por esta pasión por servirte en todos los sentidos. Neta que eres grande.

Desde esa noche, nuestra fe se profundizó, entrelazada con toques robados en el atrio, besos en la sombra del campanario. Servir a Dios ya no era solo oración; era amarnos con todo el ser, en la carne y el espíritu. Y qué chido se siente ser tan viva.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.