Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión por el Dibujo que Despierta la Carne Pasión por el Dibujo que Despierta la Carne

Pasión por el Dibujo que Despierta la Carne

6410 palabras

Pasión por el Dibujo que Despierta la Carne

Desde chiquito, mi pasión por el dibujo ha sido como un fuego que no se apaga. En el taller de mi casa en Coyoacán, con el olor a café de olla y el ruido de los vendedores ambulantes en la calle, agarro el lápiz y dejo que las líneas fluyan. Pero últimamente, esa pasión se ha mezclado con algo más carnal, un deseo que me quema las entrañas cada vez que imagino curvas vivas bajo mis dedos. Todo empezó con Ana, esa morra que conocí en la plaza, con su risa que suena como cascabeles y unos ojos cafés que te clavan hasta el alma.

Era un sábado soleado, de esos que en México te hacen sudar la gota gorda. Yo estaba sentado en una banca, garabateando en mi libreta el perfil de una chilanga que pasaba con su rebozo. De repente, siento una sombra y un perfume a jazmín que me eriza la piel. Levanto la vista y ahí está ella, Ana, con un vestido floreado que se pega a sus chichis generosas y marca sus caderas anchas. Órale, wey, esta es de las que no se olvidan, pienso mientras mi verga da un brinco en los chones.

"¿Qué dibujas, carnal?" me pregunta con esa voz ronca que parece un ronroneo. Le muestro el bosquejo y ella se ríe, sentándose a mi lado tan cerca que siento el calor de su muslo contra el mío. Hablamos de todo: de la neta de la vida en la Ciudad, de cómo el arte nos salva del pedo diario, de nuestra pasión por el dibujo. Resulta que ella también dibuja, pero en secreto, nudes que nunca ha mostrado a nadie. Mi corazón late como tamborazo en feria. "¿Y si un día me dejas posar para ti?" le suelto, medio en broma, pero con la garganta seca de pura calentura.

Al día siguiente, la invito a mi taller. Llego temprano, limpio el desmadre, pongo velitas y una rola de José Alfredo Jiménez bajito para ambientar. Cuando toca la puerta, mi pulso se acelera. Entra con jeans ajustados y una blusa suelta que deja ver el encaje de su bra. "¿Listo para capturar mi esencia?" dice guiñándome el ojo. Nos sentamos frente a frente, yo con mi carboncillo, ella recargada en el sofá viejo de cuero que cruje como susurro.

Pinche Ana, con esa piel morena que brilla bajo la luz del atardecer, parece una diosa azteca. Quiero trazar cada curva, lamer el sudor que le perla el cuello.

Empiezo por sus ojos, esos pozos de miel que me miran fijo, desafiantes. El lápiz raspa el papel con un sonido áspero que me pone la piel de gallina. Ella se acomoda, descruzando las piernas despacio, y juro que huelo su aroma, ese musk dulce de mujer que se despierta. "¿Te gusta lo que ves?" pregunta, mordiéndose el labio. Asiento, mudo, mientras dibujo sus labios carnosos, imaginando su sabor salado.

La tensión crece como tormenta en el Popo. Mis manos tiemblan un poco, no de nervios, sino de esa hambre que me roe. Ella nota y se para, quitándose la blusa con un movimiento fluido. "Así es más auténtico, ¿no?" Su bra negro contrasta con su piel canela, y sus tetas suben y bajan con cada respiro. Chingado, esto es mejor que cualquier porno. Sigo dibujando, pero ahora el carboncillo se desliza más rápido, capturando el valle entre sus pechos, el ombligo que invita a hundir la lengua.

"Ven, déjame verte a ti", dice de pronto, arrebatándome el lápiz. Se acerca, su aliento cálido en mi oreja, y me quita la playera. Sus dedos rozan mi pecho, erizándome los vellos. "Tú también tienes pasión por esto, se nota". Me dibuja el torso, sus uñas arañando leve mi piel, enviando chispas directo a mi entrepierna. Mi verga está dura como fierro, presionando los jeans. Ella lo nota y sonríe pícara. "¡Órale, qué monstruo traes ahí, pendejo!"

El aire se carga de electricidad. Nos besamos por primera vez, sus labios suaves y húmedos como mango maduro, su lengua danzando con la mía en un tango salvaje. Siento su corazón galopando contra mi pecho, el sabor a chicle de fresa en su boca. La cargo al sofá, desabrochándole el bra. Sus chichis saltan libres, pezones oscuros y tiesos como botones de cacao. Los chupo con hambre, oyendo sus gemidos roncos: "¡Ay, wey, sí, así!" Su piel sabe a sal y sol, un néctar que me embriaga.

Le bajo los jeans, revelando unas calzas de encaje que apenas cubren su concha depilada. Huelo su excitación, ese olor almizclado que me vuelve loco. Meto la mano, tocando su humedad caliente, resbalosa como miel de maguey. Ella jadea, arqueando la espalda, y me desabrocha el cinturón. Mi verga salta libre, venosa y palpitante. "Qué chingón, Javier, dame eso", murmura, envolviéndola con su mano suave. La acaricia despacio, el roce de su palma me hace gruñir.

Nos recargamos en el sofá, yo encima, frotándome contra su entrada. "Te quiero adentro, carnal", suplica. Empujo lento, sintiendo cómo su coño me aprieta, caliente y aterciopelado. Cada centímetro es éxtasis, sus paredes pulsando alrededor de mí. Empezamos a movernos, el sofá cruje rítmicamente, mezclado con nuestros jadeos y el slap-slap de piel contra piel. Sudamos, el olor a sexo llena el taller, intenso y adictivo.

Esto es mi obra maestra, no en papel, sino en carne viva. Mi pasión por el dibujo me trajo aquí, a follar como animales con esta diosa.

Acelero, embistiéndola profundo, sus uñas clavadas en mi espalda. Ella grita: "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!" Siento sus tetas rebotando contra mi pecho, sus muslos envolviéndome como tenazas. El clímax se acerca, un volcán rugiendo en mis huevos. Ella se tensa primero, su coño convulsionando, ordeñándome con espasmos. "¡Me vengo, Javier!" chilla, y yo exploto dentro, chorros calientes llenándola, mi visión nublándose de placer puro.

Caemos exhaustos, pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón que aún martillea. "Fue chido, wey. Tu pasión por el dibujo es contagiosa", susurra, besándome el cuello. Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, con el sol poniente tiñendo el taller de naranja. Mañana dibujaremos juntos, desnudos, eternizando este momento en líneas que arden.

Desde esa tarde, mi pasión por el dibujo ya no es solo arte. Es ella, su piel, su fuego. Y sé que esto apenas empieza.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.