Actores de Pasión y Poder
El reflector me quemaba la piel como un beso ardiente, mientras el camarógrafo ajustaba el ángulo. Estábamos en el set de Actores de Pasión y Poder, la telenovela que tenía a todo México al borde del asiento. Yo, Valeria, la protagonista feroz que luchaba por su imperio, y él, Diego, el galán con ojos de diablo y sonrisa que derretía acero. Neta, desde el primer día de ensayos, sentía esa electricidad entre nosotros, como si el guion se hubiera escrito para nosotros en la vida real.
—Corten —gritó el director, y el set se llenó de ese bullicio chido de luces apagándose y gente moviéndose. Diego se acercó, sudado, con la camisa entreabierta mostrando ese pecho moreno y marcado que hacía suspirar a las extras. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, un aroma que me ponía la piel de gallina.
¿Por qué carajos me mira así? Como si ya supiera cómo sabe mi boca.
—Buena toma, Vale —me dijo con esa voz ronca, extendiendo la mano para ayudarme a bajar del trono falso del palacio. Sus dedos rozaron los míos, y juro que un chispazo me recorrió el brazo hasta el ombligo. Era producer y actor principal, el wey con el poder de decidir quién brillaba y quién se jodía. Pero en sus ojos, no había arrogancia, solo hambre pura.
La tensión había empezado semanas atrás. En las lecturas, sus miradas se cruzaban más de lo necesario. En los ensayos de la escena de la primera noche de bodas, su aliento en mi cuello me había hecho temblar de verdad. Actores de pasión y poder, decían los titulares de las chismesas. Pero nadie sabía que la pasión era real, latiendo bajo la superficie como un volcán a punto de estallar.
Después del wrap, Diego me invitó a su penthouse en Polanco. —Ven, celebremos el capítulo —dijo, con esa sonrisa pícara. No pude decir que no. El tráfico de la CDMX era un caos, pero el chofer nos llevó rápido. Subimos en el elevador privado, solos, y el aire se cargó de ese silencio espeso. Su mano rozó mi cadera "por accidente", y yo no me aparté.
El penthouse era puro lujo: ventanales con vista al skyline, luces tenues, una botella de tequila reposado esperándonos. Sirvió dos shots, y brindamos. —Por actores de pasión y poder —dijo, clavándome los ojos. El tequila bajó quemándome la garganta, calentándome el vientre. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío.
Si no lo beso ahora, me voy a volver loca. ¿Y si es solo el personaje? No, wey, esto es real.
Empezamos hablando del guion, de cómo la historia reflejaba la nuestra: ella, una empresaria ambiciosa; él, el rival que la conquista con poder y deseo. Pero las palabras se volvieron susurros. Su mano subió por mi muslo, bajo el vestido corto que usaba del set. —Valeria, desde el día uno te quiero —murmuró, su aliento con sabor a tequila rozando mi oreja.
Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas. —Entonces demuéstramelo, Diego. Muéstrame tu poder. —Mis labios capturaron los suyos, un beso salvaje, lenguas enredándose como en la escena que habíamos filmado esa mañana. Sabía a hombre, a deseo crudo. Sus manos me apretaron las nalgas, firmes, posesivas, y gemí contra su boca.
La habitación giraba con olores a jazmín de su colonia y mi perfume floral. Me quitó el vestido con urgencia, exponiendo mi piel al aire fresco. Sus ojos devoraron mis senos, duros por la anticipación. —Eres una diosa, Vale —gruñó, lamiendo mi cuello, bajando hasta un pezón que chupó con fuerza. El placer me arqueó la espalda, un rayo directo al clítoris palpitante.
Lo desvestí, arañando su pecho. Su verga ya dura presionaba contra mis bragas húmedas. La saqué, gruesa, venosa, latiendo en mi mano. —Chingón —susurré, masturbándolo lento mientras él metía dedos en mi chatito empapado. Jadeé, moviéndome contra su palma. —Estás chorreando por mí —dijo, con voz de triunfador.
Nos movimos al piso alfombrado, cuerpos enredados. Él encima, besando cada centímetro: ombligo, caderas, interior de muslos. Su lengua encontró mi sexo, lamiendo despacio, saboreando mis jugos. —¡Órale, Diego! —grité, tirando de su pelo. El sonido de su succión era obsceno, delicioso, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes.
No pares, cabrón, me vas a hacer venir ya.
Pero se detuvo, sonriendo malicioso. —Aún no, mi reina. Quiero sentirte alrededor. —Me volteó, de rodillas, y entró de una estocada profunda. Llenándome por completo, estirándome con placer doloroso. Empecé a cabalgarlo, nalgas chocando contra sus caderas, piel sudada resbalando. El poder era mío ahora, controlando el ritmo, apretándolo con mis paredes.
Él gruñía, manos en mi cintura guiándome. —¡Más fuerte, Valeria! ¡Cógeme como en la telenovela! —Y lo hice, rebotando, senos saltando, hasta que el orgasmo me partió en dos. Grité su nombre, convulsionando, mientras él me seguía, llenándome con chorros calientes.
Jadeantes, colapsamos en la alfombra. Su semen goteaba de mí, cálido, pegajoso. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Besó mi frente. —Esto no es solo actuación, Vale. Eres mi pasión, mi poder.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo con ternura. En la cama king size, con sábanas de seda, hicimos el amor lento. Misionero, mirándonos a los ojos, sus embestidas profundas sincronizadas con mis caderas. Susurré guarradas al oído: —Fóllame más duro, pendejo, hazme tuya. —Y él obedeció, hasta que vinimos juntos otra vez, temblando en éxtasis compartido.
Desnudos bajo las estrellas de la ciudad, reflexioné. Actores de pasión y poder: no era solo el título de nuestra novela, era nosotros. Diego me había dado control, yo le había dado entrega. El poder no era dominar, sino compartirlo en la cama y en la vida.
Al amanecer, con su brazo alrededor, supe que esto era el principio. La telenovela seguía, pero nuestra historia apenas empezaba, llena de pasión que ardía más que cualquier reflector.