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Cancion de la Pasion Telenovela

6650 palabras

Cancion de la Pasion Telenovela

El estudio de Televisa bullía de vida esa tarde calurosa en el corazón de la Ciudad de México. Luces potentes iluminaban el set de La Pasión Eterna, la telenovela que me tenía al borde del estrellato. Yo, Ana López, la protagonista, vestida con un huipil escotado que realzaba mis curvas, sentía el aire cargado de anticipación. Frente a mí estaba Diego Ramos, el galán moreno de ojos verdes que hacía suspirar a medio México. Su camisa entreabierta dejaba ver el vello oscuro en su pecho, y olía a colonia fresca mezclada con sudor varonil.

¡Acción! —gritó el director.

La cancion de la pasion telenovela empezó a sonar, esa melodía ranchera sensual con guitarra y violines que erizaba la piel. Era el tema principal, compuesto para encender las emociones en cada capítulo. Diego me tomó de la cintura, sus manos grandes y cálidas presionando mi piel a través de la tela fina. Nuestros cuerpos se pegaron en el baile que el guion pedía: un vals prohibido bajo las estrellas falsas del foro.

¡Dios mío, qué hombre! Su aliento caliente en mi cuello me hace temblar de verdad. No es acting, esto es real. ¿Por qué mi corazón late como tambor?

—Te deseo desde el primer día, mi amor —recitó él, pero su voz ronca sonaba genuina, no como líneas aprendidas.

—Y yo a ti, aunque el destino nos separe —respondí, arqueando la espalda para que mis pechos rozaran su torso firme.

El roce fue eléctrico. Sentí su dureza crecer contra mi vientre, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. El olor a jazmín de mi perfume se mezclaba con su aroma almizclado. Sudábamos bajo las luces, el sonido de nuestros pasos en el piso de madera retumbando como latidos acelerados. ¡Corte! El director aplaudió, pero Diego no me soltó de inmediato. Sus ojos se clavaron en los míos, prometiendo más.

En el descanso, me refugié en mi camerino. El espejo reflejaba mis mejillas sonrojadas, labios hinchados por el beso ensayado. Me quité el huipil, quedando en bra de encaje negro y falda vaporosa. El ventilador zumbaba, pero el bochorno persistía. Recordaba la letra de la canción: "En tus brazos arde mi pasión, no hay cadenas que me detengan". ¿Y si era una señal?

Diego tocó la puerta. —Wey, Ana, ¿puedo pasar? Necesito repasar la escena de mañana.

Lo dejé entrar, el corazón en la garganta. Vestía jeans ajustados que marcaban su paquete generoso y una playera blanca pegada al cuerpo atlético. Se sentó en el sofá, tan cerca que sus rodillas rozaron las mías.

Es un chulo, neta. Ese cuerpazo de ranchero moderno me trae loca. ¿Y si le digo que lo quiero de verdad?

—La cancion de la pasion telenovela siempre me pone en mood —dijo él, sonriendo pícaro—. ¿A ti no?

—Me moja entera —confesé, riendo nerviosa. En México, entre actores, hablamos sin filtros.

Su mano subió por mi muslo, suave al principio, probando. —Órale, Ana, desde el primer ensayo te veo y se me para. Eres fuego puro.

No lo detuve. El deseo acumulado explotó. Me incliné y lo besé, no como en el guion, sino con hambre real. Sus labios sabían a menta y tequila de la pausa. Lenguas danzaron, húmedas y urgentes. Sus dedos desabrocharon mi bra, liberando mis tetas llenas. Las amasó con ternura experta, pulgares rozando pezones duros como piedras.

Qué ricas, nena —murmuró contra mi boca.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga tiesa presionando mi coño a través de la ropa. Me froté despacio, gimiendo bajito. El sonido de la canción aún retumbaba en mi cabeza, guiando el ritmo. Le quité la playera, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo. Olía a hombre en celo, ese musk que enloquece.

Él desató mi falda, dedos hundiéndose en mis bragas empapadas. —Estás chorreando, mi reina. Metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. Gemí fuerte, clavando uñas en sus hombros anchos.

¡Ay, cabrón, sabe tocar! Cada roce es un rayo de placer. Quiero que me folle ya, pero que dure.

Nos desnudamos febriles. Su pito saltó libre, grueso y venoso, cabeza brillante de precum. Lo tomé en mano, masturbándolo lento mientras lo besaba. Saboreé la gota salada en la punta, chupando como lolipop. Diego gruñó, caderas alzándose.

Vente pa'cá —me pidió, recostándome en el sofá. Separó mis piernas, admirando mi panocha depilada y mojada. Su lengua atacó el clítoris, lamiendo en círculos, succionando suave. El placer era cegador: chasquidos húmedos, mi jugo en su barbilla, olor a sexo llenando el aire confinado.

Me corrí primero, arqueándome, gritando su nombre. Olas de éxtasis me barrieron, piernas temblando. Él no paró, prolongando el orgasmo hasta que supliqué.

Entonces me penetró, despacio al inicio. Su verga me llenó, estirándome delicioso. —¡Qué apretadita, Ana! Te sientes como guante.

Empezamos a bombear, piel contra piel chapoteando. Sudor corría por su espalda, que lamí salado. Yo clavaba talones en su culo firme, urgiéndolo más hondo. La canción imaginaria marcaba el compás: lento, rápido, furioso.

Cambié de posición, de perrito sobre el sofá. Él embistió desde atrás, nalgadas suaves que ardían placenteras. Una mano en mi clítoris, otra tirando mi pelo. —¿Te gusta, putita mía? —preguntó juguetón.

Sí, pendejo, fóllame más duro —respondí, riendo entre gemidos. Era juguetón, consensual, puro fuego mutuo.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Su pito me raspa justo, voy a explotar otra vez.

El clímax llegó juntos. Él se hinchó dentro, corriéndose con rugido gutural, chorros calientes bañando mis paredes. Yo contraía alrededor, ordeñándolo, placer infinito.

Colapsamos jadeantes, enredados. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mi humedad en las sábanas del sofá. Besos suaves ahora, caricias perezosas. Olía a nosotros, a pasión consumada.

Esto no fue acting, ¿verdad? —susurró, acariciando mi mejilla.

Neta que no, Diego. La canción de la pasión telenovela nos unió de verdad.

Nos vestimos riendo, prometiendo discreción en el set pero dates reales fuera. Salimos del camerino como si nada, pero con un secreto ardiente. Esa noche, en mi depa de Polanco, la canción sonó en mi mente mientras planeaba nuestro próximo encuentro. La telenovela seguía, pero nuestra historia apenas empezaba, llena de pasión sin guion.

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