Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Escenas de Películas de Pasión en Carne Viva Escenas de Películas de Pasión en Carne Viva

Escenas de Películas de Pasión en Carne Viva

7561 palabras

Escenas de Películas de Pasión en Carne Viva

La pantalla del tele parpadeaba con esa luz tenue que tanto me gustaba en las noches de viernes. Estaba recostada en el sofá de mi depa en la Condesa, con las piernas sobre las de él, mi carnal Javier, ese morro alto y prieto que me traía loca desde que nos topamos en una fiesta en Polanco. Afuera, el ruido de los coches en Insurgentes se colaba por la ventana entreabierta, mezclado con el olor a elotes asados de la esquina. Pero adentro, el mundo se reducía a nosotros y a esa película gringa de los noventa, llena de besos robados y miradas que queman.

"Órale, mira esa escena", le dije, apretando su muslo con la mano. Javier volteó, con esa sonrisa pícara que le hacía unos hoyuelos chidos. "Sí, neta, como si fueran a comerse vivos". La actriz se arqueaba contra el pecho del galán, sus labios chocando en un beso que parecía eterno, las manos explorando curvas bajo la blusa. Sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que suben despacito hasta el pecho. Javier me jaló más cerca, su aliento cálido en mi cuello oliendo a cerveza Corona y a su colonia favorita, esa que me hacía agua la boca.

Yo, Daniela, de veintiocho pirulos, con mi pelo negro suelto y mi shortcito de mezclilla que apenas cubría el culo, no era de las que se queda viendo pasivamente.

¿Y si recreamos eso, pinche Javier? Como en esas escenas de películas de pasión que tanto nos prenden
, pensé, mientras mi mano subía por su pierna, rozando el bulto que ya se notaba en sus jeans. Él rio bajito, ese ronquido gutural que me erizaba la piel. "Tú mandas, mamacita".

La primera escena era en una playa al atardecer, pero nosotros la adaptamos al balcón. Salimos con la peli de fondo, el viento fresco de la noche mexicana revolviendo mi blusa ligera. Javier me acorraló contra la barandilla, sus manos grandes en mi cintura, apretando lo justo para que sintiera su fuerza sin agobiar. Olía a jazmín del jardín de abajo y a su sudor fresco, ese aroma macho que me volvía loca. "Eres más chula que cualquier actriz", murmuró, antes de besarme. Sus labios eran suaves al principio, probando, como si saboreara un mango maduro. Luego, la lengua entró juguetona, danzando con la mía, un sabor salado y dulce que me hizo gemir bajito.

Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, pum-pum contra sus dedos que ahora se colaban por debajo de mi blusa, rozando la piel de mi panza. Tocaba despacio, trazando círculos alrededor del ombligo, subiendo hasta el borde del bra. Qué chido se siente esto, pensé, arqueándome contra él. El sonido de la ciudad abajo –cláxones, risas lejanas– se mezclaba con nuestros jadeos suaves. Le mordí el labio inferior, tirando un poquito, y él gruñó, ese sonido animal que me humedecía entre las piernas.

Volvimos adentro porque la escena siguiente era en una cama deshecha, y la nuestra nos esperaba en el cuarto, con sábanas blancas revueltas de la siesta de la tarde. Javier me cargó como si no pesara nada, sus brazos duros de tanto gym en el Reforma. Me tiró suave sobre el colchón, y el olor a lavanda de las sábanas frescas me envolvió. Se quitó la playera de un jalón, mostrando ese torso moreno, pectorales marcados y un vientre plano que invitaba a lamerlo entero. Yo me incorporé de rodillas, besando su pecho, saboreando el salado de su piel con la lengua. "Pinche rico que estás", le dije, riendo coqueta, mientras mis uñas arañaban bajito su espalda.

Él se arrodilló frente a mí, desabrochando mi blusa con dedos temblorosos de ganas. Sus ojos cafés me devoraban, como si yo fuera la estrella de la película. "Estas escenas de películas de pasión no se comparan con lo que tú me haces sentir", susurró, bajando la cabeza para mamar mi teta derecha. Su boca caliente, la lengua girando alrededor del pezón endurecido, me sacó un quejido largo. Sentía el calor subiendo por mi espina, un fuego que se concentraba en mi clítoris palpitante. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca, oliendo su champú de hierbas.

La tensión crecía como tormenta en el Popo, gradual, inevitable. Javier besó bajando por mi panza, lamiendo el ombligo, hasta llegar al short. Me lo quitó despacio, besando el interior de mis muslos, donde la piel es tan sensible.

Ya no aguanto, carnal, méteme los dedos ya
, suplicó mi mente impaciente. Él lo supo, porque rozó mi panocha por encima de las tanguitas, notando lo mojada que estaba. "Estás chorreando, mi amor", dijo con voz ronca, metiendo la mano adentro. Dos dedos gruesos se deslizaron dentro, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Movía lento al principio, saliendo y entrando con sonidos chapoteantes que llenaban el cuarto, mezclados con mi respiración agitada.

Yo no me quedaba atrás. Le bajé los jeans, liberando su verga dura, venosa, apuntando al techo como un pinche mástil. La agarré con la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. "Qué mamalona está", le dije juguetona, masturbándolo despacio mientras él me comía con los ojos. Me incliné para lamer la punta, saboreando el pre-semen salado, ese gusto amargo que me enciende. Él jadeó fuerte, "¡Daniela, no pares!", y yo succioné más profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis fosas nasales.

Pero queríamos más, como en esas escenas épicas donde el clímax explota. Javier me volteó boca abajo, besando mi espalda desde las nalgas hasta la nuca, erizándome toda. Me puso de perrito, su verga rozando mi entrada húmeda. "Dime si quieres, mi reina", pidió, siempre tan consentidor, y yo empujé hacia atrás. "¡Sí, métela toda, pendejo caliente!". Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome completa, un placer que dolía chido. Empezó a bombear, lento primero, saliendo casi todo y embistiendo profundo, el sonido de piel contra piel retumbando como aplausos.

El sudor nos pegaba, oliendo a sexo puro, a deseo mexicano crudo. Mis tetas se mecían con cada empujón, sus manos en mis caderas guiándome. Aceleró, gruñendo en mi oído: "Te sientes tan rica, tan apretadita". Yo gemía sin control, mordiendo la almohada para no despertar a los vecinos, pero el placer era demasiado. El orgasmo se acercaba como ola en Acapulco, tensando mis músculos, mi clítoris rozando sus bolas con cada choque. "¡Me vengo, Javier, no pares!", grité, y exploté en espasmos, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por mis piernas.

Él aguantó un poco más, volteándome para mirarnos a los ojos. Misionero intenso, piernas enredadas, besos salvajes mientras me taladraba. Su rostro contraído de placer, venas del cuello saltando, me llevó al segundo pico. "¡Córrete adentro, amor!", le rogué, y él rugió, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

En el afterglow, con su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, el tele aún murmuraba la película olvidada. Olía a nosotros, a pasión vivida, no solo vista.

Estas escenas de películas de pasión palidecen al lado de lo nuestro
, pensé, acariciando su pelo. Javier levantó la cara, besándome la frente. "Eres mi película favorita, Daniela. Todos los días". Reímos bajito, envueltos en sábanas calientes, con la promesa de más noches así, en nuestra propia cinta erótica mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.