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El Fuego de la Pasión La Rosa de Guadalupe

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El Fuego de la Pasión La Rosa de Guadalupe

Me sentaba en el sillón viejo de la sala, con el control remoto en la mano, viendo La Rosa de Guadalupe como todas las tardes. El aire olía a café de olla recién hecho, mezclado con el aroma dulce de las gardenias que mi abuelita plantaba en el patio. Era mi ritual, neta, después de un día de oficina en el centro de la Ciudad de México. Yo, Lupita, treinta y tantos, soltera por elección, pero con un fuego adentro que ni las novelas morales del programa podían apagar. Esa tarde, la historia era de una chava que resistía las tentaciones del mundo para encontrar la paz en la fe.

¿Y si el fuego de la pasión no se apaga con rezos?
pensé, mientras mi piel se erizaba bajo la blusa ligera. Afuera, el claxon de los taxis y el bullicio de la colonia Roma llenaban el aire cálido de atardecer.

Salí a la tiendita por cigarros –sí, sé que no es sano, pero a veces el vicio llama más fuerte que la conciencia–. Ahí estaba él, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz del sol poniente. Se llamaba Diego, un carpintero chulo que acababa de mudarse al edificio de enfrente. "¿Qué onda, güeyita? ¿Me das un aventón con la mirada?" me dijo con esa sonrisa pícara, mientras pagaba sus chelas. Su voz grave me recorrió la espina como un escalofrío. Olía a aserrín fresco y a hombre sudado después de un día de trabajo, un olor que me hacía apretar las piernas sin querer. Le contesté con un guiño: "Neta, carnal, si sigues mirándome así, te vas a quemar."

Regresé a casa con el corazón latiendo a mil, el paquete de Delicados olvidado en la bolsa. Me tiré en la cama, el ventilador zumbando perezosamente sobre mí. Recordé el capítulo de La Rosa de Guadalupe, pero en mi mente, la protagonista no rezaba; se rendía al el fuego de la pasión la rosa de Guadalupe, imaginando rosas rojas enredándose en cuerpos calientes. Mis manos bajaron solas por mi vientre, tocando la tela húmeda de mis panties. No, Lupita, contrólate, me dije, pero el deseo era un volcán listo para erupcionar.

Al día siguiente, Diego me invitó a su depa para "ver un partido". Mentira piadosa, los dos lo sabíamos. Subí las escaleras con el corazón en la garganta, mi falda plisada rozando mis muslos. Su lugar era chido: madera tallada por sus manos expertas, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con dulzor, y una botella de mezcal esperándonos. Nos sentamos en el sofá, piernas rozándose accidentalmente al principio. "Eres como una rosa, Lupita, pero con espinas que pinchan rico." murmuró, su aliento cálido en mi cuello. Yo reí, nerviosa, pero mi cuerpo ya ardía. Tomamos de la botella, el líquido ahumado bajando ardiente por mi garganta, despertando sabores prohibidos.

La charla fluyó como el agua del Churubusco en temporada de lluvias: de la ciudad, de sueños rotos, de cómo La Rosa de Guadalupe nos hacía creer en milagros, pero la neta es que los milagros pasan en la carne. Su mano grande cubrió la mía, callos ásperos contra mi piel suave. Sentí el pulso acelerado en sus venas, latiendo al ritmo del mío. ¿Esto es pecado o salvación? pensé, mientras él se acercaba. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al inicio, explorando como lenguas de fuego tímidas. Sabía a mezcal y a promesas, su lengua danzando con la mía, chupando mis labios hinchados de deseo.

Me levantó en brazos, fuerte como un toro de la charrería, y me llevó a su recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Mis pechos se liberaron, pezones duros como piedras de obsidiana bajo su mirada hambrienta. "Qué chingones tetas, mami. Quiero mamarlas hasta que grites." Su boca se cerró sobre uno, succionando con fuerza, dientes rozando lo justo para doler placer. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con águilas aztecas.

El calor subía, sudor perlando nuestras pieles. Le arranqué la playera, lamiendo su pecho ancho, saboreando la sal de su esfuerzo. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. ¡Madre santa, qué pinche armazón! La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándola lento mientras él jadeaba. "Así, güeyita, aprieta más. Neta me vas a volver loco." Olía a macho excitado, almizcle puro que me empapaba la concha.

Me tumbó boca arriba, separando mis piernas con rodillas firmes. Su lengua trazó caminos por mis muslos internos, mordisqueando hasta llegar al centro. Lamidas largas, profundas, chupando mi clítoris hinchado como si fuera un dulce de tamarindo. Grité su nombre, caderas arqueándose, el placer electrico recorriéndome como rayos en tormenta.

Esto es mejor que cualquier rosa milagrosa
, pensé entre espasmos. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, jugos chorreando por sus manos.

No aguanté más. "Chíngame ya, Diego. Métemela toda." Se posicionó, la punta rozando mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, completo, su pubis chocando contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. El fuego de la pasión la rosa de Guadalupe ardía en cada embestida, rosas imaginarias floreciendo en mi mente mientras su verga me follaba sin piedad. Aceleró, piel contra piel cacheteando, sudor volando, mis tetas rebotando con cada golpe. Gruñía como animal, "¡Qué rica concha, Lupita! Te voy a llenar."

Cambié de posición, montándolo como amazona en rodeo. Sus manos en mis caderas guiándome, yo rebotando fuerte, controlando el ritmo. Sentía su verga golpeando profundo, rozando mi cervix con cada bajada. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el humo de las velas. Mis paredes se contraían, orgasmo construyéndose como ola en la costa de Acapulco. Voy a venirme, cabrón. Él lo sintió, pellizcando mis pezones. Exploté, gritando, jugos salpicando su vientre, cuerpo temblando en éxtasis puro.

Diego se volteó encima, embistiendo salvaje las últimas veces. "¡Me vengo, puta hermosa!" Rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos. Colapsamos juntos, respiraciones agitadas sincronizadas, piel pegajosa y satisfecha. Me besó la frente, suave ahora, como si fuéramos amantes de toda la vida.

Después, envueltos en las sábanas, tomamos mezcal tibio. Afuera, la ciudad cantaba su nocturno: risas de vecinos, música de cumbia rebajada. "Neta, Lupita, eres mi milagro. Olvídate de esas rosas santas; el fuego de la pasión es nuestro." Reí bajito, acariciando su pecho. Por primera vez, no sentía culpa, solo empoderamiento. La Rosa de Guadalupe podía seguir con sus moralejas; yo había encontrado mi propia salvación en los brazos de este hombre. El deseo no era pecado, era vida, ardiente y eterna como el sol de México.

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